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El reportaje literario

80 años de Ocnos, la nostalgia derramada de Cernuda

Fue en la soledad de Glasgow (Escocia) donde el poeta sevillano se decidió a plasmar sus recuerdos de la infancia en un libro que transfiguró lo que hoy se entiende como prosa poética

Álvaro Romero @aromerobernal1 /
07 ago 2022 / 09:19 h - Actualizado: 07 ago 2022 / 09:19 h.
"El reportaje literario"
  • 80 años de Ocnos, la nostalgia derramada de Cernuda

Ya no hay dioses que nos devuelvan compasivos lo que perdimos, sino un azar ciego que va trazando torcidamente, con paso de borracho, el rumbo estúpido de nuestra vida”. Así se expresa Luis Cernuda (Sevilla, 1902-México, 1963) en uno de los libros más intensos, líricos y profundos que publicó jamás, hace ahora justamente 80 años, y que escribió empapado de lecturas de Schopenhauer y Kierkegaard allá en su soledad de Glasgow comenzada ya la II Guerra Mundial, y que tituló Ocnos, con mítica explicación del propio Goethe a modo de prólogo: “Cosa tan natural era para Ocnos trenzar sus juncos como para el asno comérselos. Podía dejar de trenzarlos, pero entonces, ¿a qué se dedicaría? Prefiere por eso trenzar los juncos, para ocuparse en algo; y por eso se come el asno los juncos trenzados, aunque si no lo estuviesen habría de comérselos igualmente. Es posible que así sepan mejor, o sean más sustanciosos. Y pudiera decirse, hasta cierto punto, que de ese modo Ocnos halla en su asno una manera de pasatiempo”.

Cernuda, el hipersensible poeta al que hirieron las malas críticas de su primer libro, Perfil del aire, parido en la imprenta de sus amigos malagueños Emilio Prados y Manuel Altolaguirre aquel mismo año en que prefirió no salir en la foto de la Generación del 27; el mismo poeta que había sido alumno de Pedro Salinas y compañero de tertulias de Joaquín Romero Murube e Higinio Capote; el autor de los poemarios Un río, un amor y Los placeres prohibidos, que rezumaban más dolor contenido que surrealismo; el muchacho que había sorteado en soledad la férrea educación de su casa, tan militarizada, y que se había volcado después de un primer exilio francés en la causa de las Misiones Pedagógicas de la II República, primero en la sección de Bibliotecas y luego en la de Museos ambulantes; el profesor y crítico literario que había llorado el asesinato de Federico tras publicar aquel poemario de elegía amorosa titulado Donde habite el olvido; que había reunido casi toda su poesía en La realidad y el deseo y que había participado activamente en el II Congreso de Intelectuales Antifascistas de Valencia, vivió una transición en todos los órdenes de su vida en Glasgow, en cuya universidad trabajaba como lector de español, y mucho antes de su exilio definitivo a América fue presa de una transfiguración que lo llevó a recordar su infancia en Sevilla sin necesidad de nombrarla, pero convencido, como habría de sentenciar Antonio Gala tantos años después, de que escribir era su modo más eficiente de pensar. Y escribió un libro de 95 textos cortos, auténticos poemas en prosa, donde pudo soltarse con ritmo y una armonía cadenciosa envidiable alrededor de todo lo divino y lo humano en una suerte de enciclopedia anárquica que arrastra al lector por los vericuetos de su propio razonamiento sentimental.

El descubrimiento de la vida

Lo primero que llama la atención de aquel libro publicado por primera vez en Londres en 1942 es lo que tiene de lírica constatación de cómo el yo poético había ido descubriendo la vida misma. Durante años, muchos expertos han insistido en que Cernuda hablaba de su añorada Sevilla natal, pero otros han afirmado que esta especie de memorias que evoca desde el sombrío Glasgow son “extensibles a cualquier lugar que se encuentre en un período luminoso previo a las tinieblas de la guerra”. Todo ello es verdad, y más que nada, que consigue regalar a la Literatura universal un monumento literario sobre asuntos tan aparentemente sencillos como el tiempo, los mitos, el amor, el placer prohibido de los amantes, el miedo, el descubrimiento de Bécquer cuando trasladan sus restos desde Madrid, la inspiración de la música del piano, las campanas de la catedral, una riada en la ciudad o la naturaleza en sus múltiples formas...

Llega un momento en la vida cuando el tiempo nos alcanza”, escribe. “¿Cuántos siglos caben en las horas de un niño? (...) En el absoluto silencio estival, subrayado por el rumor del agua, los ojos abiertos a una clara penumbra que realzaba la vida misteriosa de las cosas, he visto cómo las horas quedaban inmóviles, suspensas en el aire, tal la nube que oculta un dios, puras y aéreas, sin pasar”. Y después de sembrar unas plantas, “qué alegría cuando veía las hojas romper al fin, y su color tierno, que a fuerza de transparencia casi parecía luminoso, acusando en relieve las venas, oscurecerse poco a poco con la savia más fuerte”. El niño sentía “como si él mismo hubiese obrado el milagro de dar vida, de despertar sobre la tierra fundamental, tal un dios, la forma antes dormida en el sueño de lo inexistente”.

80 años de Ocnos, la nostalgia derramada de Cernuda

Su homosexualidad en el espejo

Tanto tiempo después, y desde tan lejos, Luis Cernuda recuerda con memoria fotográfica lo que retrata en el capítulo titulado “El escándalo”: “En las largas tardes del verano, ya regadas las puertas, ya pasado el vendedor de jazmines, aparecían ellos, solos a veces, emparejados casi siempre. Iban vestidos con blanca chaqueta almidonada, ceñido pantalón negro de alpaca, zapatos rechinantes como el cantar de un grillo, y en la cabeza una gorrilla ladeada, que dejaba escapar algún rizo negro o rubio. Se contoneaban con gracia felina, ufanos de algo que solo ellos conocían, pareciendo guardarlo secreto, aunque el placer que en ese secreto hallaban desbordaba a pesar de ellos sobre las gentes”. Y en el capítulo “Ciudad Caledonia” dirá: “Esta ciudad ha sido cárcel tuya varios años, excepto para el trabajo, inútiles en tu vida, agostando y consumiendo la juventud que aún te quedaba, sin recreo ni estímulo exterior, igual aridez en los seres y en las cosas. (...) Divinidad de dos caras, utilitarismo, puritanismo, es aquella a que pueden rendir culto tales gentes, para quienes pecado resulta cuanto no devenga un provecho tangible”.

El libro está henchido de rutilante placer a través de un manejo exquisito de la palabra: “Entre la sombra de la playa anduve largo rato, lleno de dicha, de embriaguez, de vida. Pero nunca diré por qué”, dice en “El amante”, y continúa: “Es locura querer expresar lo inexpresable. ¿Puede decirse con palabras lo que es la llama y su divino ardor a quien no la ve ni la siente?”. El final de ese pequeño relato, que bien sintetiza el sentido último de la realidad y el deseo con que él bautizó todo lo que escribió en vida, es de lo mejor de la obra, en una simbiosis perfecta de lo que narra y del lirismo que solo Cernuda sabe imprimir al recuerdo: “Al fin me lancé al agua, que apenas agitada por el oleaje, con movimiento tranquilo me fue llevando mar adentro. Vi a lo lejos la línea grisácea de la playa, y en ella la mancha blanca de mis ropas caídas. Cuando ellos volvieron, llamando mi nombre entre la noche, buscándome junto a la envoltura, inerte como cuerpo vacío, yo les contemplaba invisible en la oscuridad, tal desde otro mundo y otra vida pudiéramos contemplar, ya sin nosotros, el lugar y los cuerpos que amábamos”.

José María Izquierdo

Acostumbrado él mismo a la indiferencia o a la ignorancia que los demás habían practicado con sus primeros versos, no deja de ser significativo el capítulo que Cernuda le dedica al creador de la Cabalgata de Reyes Magos de Sevilla, José María Izquierdo, de cuya muerte se cumple este año precisamente un siglo. Las palabras del autor de Desolación de la quimera siguen, desgraciadamente, de actualidad: “Su amor por la poesía, por la música, ¿cómo podía conllevar aquellas gentes que le rodeaban? Con menos talento y cultura, con inferiores cualidades espirituales, otros le han oscurecido ante el público español. ¿Por qué se obstinó alicortado en su rincón provinciano, pendón de bandería regional para unos cuantos compadres que no podían comprenderle?”. Y él mismo se contesta: “Hoy, distantes aquellos días y aquella tierra, creo que de todo fue causa un error de amor: el amor a la ciudad de espléndido pasado, cuyo espíritu acaso quiso él resucitar, dando para ello lo mejor que tenía, sacrificando su nombre y su obra”.

Destino

Cernuda es considerado hoy por buena parte de la crítica como el abanderado de toda la Generación del 27, como el más sensible de sus poetas y el eslabón imprescindible entre Garcilaso y Bécquer, por un lado, y poetas del medio siglo como Gil de Biedma, por otro. Precisamente este último y Francisco Brines y más recientemente Juan Lamillar han publicado, con los últimos tiempos, acertadísimos estudios sobre Ocnos y sobre su autor, que durante tanto tiempo estuvo arrinconado donde habitaba justamente el olvido... Hoy, en Andalucía, el único poeta por el que se le puede preguntar al alumnado en la PEVAU es Luis Cernuda, de quien se estudia toda su obra. En el capítulo titulado “El destino”, escribe: “Mas aquel problema mezquino, ¿qué valor tenía cuando te veías arrastrado en el avanzar incesante del tiempo, ascendiendo con una generación de hombres para caer luego, perdiéndote con ellos en la sombra? Privado de gozo, de placer y de libertad, como tantos otros, comprendiste entonces que acaso la sociedad ha cubierto con falsos problemas materiales los verdaderos problemas del hombre, para evitarle que reconozca la melancolía de su destino o la desesperación de su impotencia”.

Hacia el paraíso

En 1942, cuando se publicó por primera vez Ocnos –mucho antes de que volviera a editarse con el añadido de Variaciones sobre tema mexicano- a Cernuda le faltaban aún veinte años de intensa producción en EEUU y México, donde terminó el exilio eterno en el que convirtió su vida y del que dio magistral testimonio en aquel poema archiconocido y titulado “Peregrino”: “¿Volver? Vuelva el que tenga, / Tras largos años, tras un largo viaje, / Cansancio del camino y la codicia / De su tierra, su casa, sus amigos, / Del amor que al regreso fiel le espere. / Mas, ¿tú? ¿Volver? Regresar no piensas, / Sino seguir libre adelante, / Disponible por siempre, mozo o viejo, / Sin hijo que te busque, como a Ulises, / Sin Ítaca que aguarde y sin Penélope”.

Precisamente Ulises Bidou se llamaba el abuelo de Luis Cernuda, de origen francés y que se instaló como droguero en Sevilla y castellanizó su apellido como “Bidón”. El poeta había de recuperar su apellido original al hacer el viaje inverso, sin saber aún ese destino de peregrino que se descubrió a sí mismo ya en tierras mexicanas. En Ocnos, hay un capítulo –de los últimos- titulado “Biblioteca” y que daría para un debate con Borges, que imaginó así el paraíso... “Cuántos libros. Hileras de libros, galerías de libros, perspectivas de libros en este vasto cementerio del pensamiento, donde ya todo es igual, y que el pensamiento muera no importa”, escribe Cernuda. “Porque también mueren los libros, aunque nadie parezca apercibirse del olor (quizá abunda por aquí literatura francesa, con sus modas que solo contienen muerte) exhalado por tantos volúmenes corrompiéndose lentamente en sus nichos. ¿Era esto lo que ellos, sus autores, esperaban?”. Al continuar, parece estar hablando del mismísimo libro de Ocnos: “Un libro debe ser cosa viva, y su lectura revelación maravillada tras de la cual quien leyó ya no es el mismo, o lo es más de como antes lo era. De no ser así el libro, para poco sirve su conocimiento, pues el saber ocupa lugar, tanto que puede desplazar a la inteligencia, como esta biblioteca al campo que antes aquí había”.



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