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El reportaje literario

Ángel González: el poeta destinado a Sevilla que solo mandó sus versos por el aire

Mañana cumpliría años el poeta más accesible de la Generación del 50, que aunque fue destinado a la capital hispalense cuando aprobó sus oposiciones de técnico de Obras Públicas, pidió una excedencia para tejer una obra lírica empapada de intimismo y compromiso social

Álvaro Romero @aromerobernal1 /
05 sep 2021 / 04:31 h - Actualizado: 05 sep 2021 / 09:20 h.
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Si en el último medio siglo surgió un poeta español por el que la gente de la calle ha sentido una especial predilección, ese es Ángel González Muñiz. La razón de que, a pesar de haber practicado un género tan minoritario como la poesía, llegue al corazón de la inmensa mayoría es que sus versos se entienden: tienen ese latido cómplice de la lengua coloquial, ese pulso callejero de las cosas cotidianas y esa profundidad humana que el resto de los humanos hubieran dicho exactamente así de haber encontrado la palabra exacta, sin solemnidades, sin alharacas, sin traza alguna de neopopularismo. Es significativo que le preguntaran, en una entrevista, cuándo supo que era poeta y él contestara: “Cuando me lo dijeron”.

A esa búsqueda se dedicó toda su vida este poeta nacido en Oviedo (Asturias) el 6 de septiembre de 1925 y que murió, en 2008, de la única amenaza que lo estuvo persiguiendo toda su vida: una insuficiencia respiratoria crónica. Desde luego la poesía lo ayudó a respirar. “Para que yo me llame Ángel González, / para que mi ser pese sobre el suelo, / fue necesario un ancho espacio / y un largo tiempo: / hombres de todo mar y toda tierra, / fértiles vientres de mujer, y cuerpos / y más cuerpos, fundiéndose incesantes / en otro cuerpo nuevo”, escribirá al principio de aquel primer poemario, Áspero mundo, que consiguió un accésit del Premio Adonáis. Corría entonces el año 1956 y el todavía joven poeta procedía, en efecto, de un mundo áspero y sin padre, que había fallecido en el poético año de 1927, cuando él solo tenía dieciocho meses... Todavía un niño (un niño de la guerra, como todos aquellos de la Generación del 50 a la que había de pertenecer), el pequeño de su casa con hermanos ya mayores, ocurrió “una revolución”, la de 1934 en la Asturias de su infancia. “Luego una guerra”, dirá en “Ciudad cero”, tantos años después, en su poemario de 1967 Tratado de urbanismo... “Todo pasó, / todo es borroso ahora, todo / menos eso que apenas percibía / en aquel tiempo / y que, años más tarde, / resurgió en mi interior, ya para siempre: / este miedo difuso, / esta ira repentina, / estas imprevisibles / y verdaderas ganas de llorar”.

Desde luego, aunque su primera infancia fuera feliz, lo cierto es que la guerra le estalló en plena inocencia. “Pero como tal niño, / la guerra, para mí, era tan solo: / suspensión de las clases escolares, / Isabelita en bragas en el sótano, / cementerios de coches, pisos / abandonados, hambre indefinible, / sangre descubierta / en la tierra o las losas de la calle, / un terror que duraba / lo que el frágil rumor de los cristales / después de la explosión, / y el casi incomprensible / dolor de los adultos, / sus lágrimas, su miedo, / su ira sofocada, / que, por algún resquicio, entraban en mi alma...”.

Su hermano Manolo murió a manos del bando nacional nada más empezar la guerra civil. Su hermano Pedro tuvo que exiliarse a Chile por sus actividades republicanas. Su hermana Maruja, maestra de profesión, fue depurada como tantos docentes que creían en la libertad y, aunque luego fue rehabilitada, tuvo que ejercer a 150 kilómetros de su casa, en Páramo del Sil, y fue por ello por lo que Ángel terminó en aquel pueblecito leonés nada más estrenar mayoría de edad y una enfermedad que precisaba del aire puro: la tuberculosis. Allí pasó tres años, hasta que se recuperó por completo, aunque empezara a arrastrar ya la insuficiencia respiratoria que terminaría con su vida, ya anciano. Seguramente ya era poeta, aunque no hubiera publicada nada: “Ayer fue miércoles toda la mañana. / Por la tarde cambió: se puso casi lunes, / la tristeza invadió los corazones / y un hubo un claro / movimiento de pánico hacia los / tranvías / que llevan los bañistas hasta el río”, había de escribir años después, en su segundo poemario, el que verdaderamente le concedió tique de entrada para aquella Generación, la del 50, que se conformó ante la tumba exiliada de Antonio Machado. De aquel libro, Sin esperanza, con convencimiento (1961), se cumplen ahora 60 años.

Nunca llegó a Sevilla

Recuperado de la tuberculosis, decidió estudiar Derecho en la Universidad de Oviedo. También hizo Magisterio. Y así continuó una tradición familiar que venía desde su abuelo. En 1950, se fue a Madrid para estudiar en la Escuela Oficial de Periodismo. En 1954, opositó para técnico de administración civil de Obras Públicas y lo destinaron a Sevilla, pero no tardó en pedir una excedencia y se marchó a Barcelona para ejercer de algo que seguramente no había estado hasta entonces en los planes de su familia: corrector de estilo de varias editoriales. Aquello fue providencial para que entablara amistad con el círculo de poetas de la ciudad condal, en cuya tertulia de Carlos Barral se integra con Jaime Gil de Biedma y José Agustín Goytisolo, entre otros. Al volver a Madrid para incorporarse a su trabajo en la Administración Pública, conoció a los otros poetas de su misma generación: su querido Juan García Hortelano, Gabriel Celaya o el jerezano José Manuel Caballero Bonald.

Juntos, con sus voces distintas pero con la misma admiración hacia el autor de Campos de Castilla, participaron en Colliure (Francia) en los actos de homenaje por el 20º aniversario de la muerte del sevillano Antonio Machado. Ninguno de ellos –ni Claudio Rodríguez, ni Francisco Brines, ni José Ángel Valente- sabía entonces que habían conformado una generación. Pero lo habían hecho. “Aquí paz, / después gloria. / Aquí, / a orillas de Francia, / en donde Cataluña no muere todavía (...)”, dirá en su poema “Camposanto en Collioure” (de Grado elemental, 1962). “Dramático destino / triste suerte / morir aquí –paz / y después...- / perdido, / abandonado / y liberado a un tiempo / (ya sin tiempo) / de una patria sombría e inclemente. / Sí; después gloria”.

Después, profesor en EEUU

En 1962, por aquel poemario fue galardonado precisamente en Colliure con el Premio Antonio Machado, de la editorial parisina Ruedo Ibérico. En aquella década se consagró Ángel González con una obra creciente que mezclaba el intimismo y la poesía social, sobre un fondo ético que cantaba a la solidaridad y a la libertad, como no había hecho nadie exactamente hasta entonces. Muchos años después, el escritor mexicano Alfredo Bryce Echenique habría de afirmar: “He admirado en Ángel la poesía que nombra la cotidianidad –que basta con que la nombre a su manera y arte mayor- y la vuelve de inmediato inolvidable”.

Absolutamente antológico es ese poema amoroso de Palabra sobre palabra, de 1965, titulado “Me basta así”: “Si yo fuese Dios / y tuviese el secreto, / haría / un ser exacto a ti; / lo probaría (a la manera de los panaderos / cuando prueban el pan, es decir: con la boca) / y si ese sabor fue / igual al tuyo, o sea / tu mismo olor, y tu manera / de sonreír, / y de guardar silencio, / y de estrecha mi mano estrictamente, / y de besarnos sin hacernos daño / -de esto sí estoy seguro: pongo / tanta atención cuando te beso-; / entonces / si yo fuese Dios, / podría repetirte y repetirte, / siempre la misma y siempre diferente...”.

En 1970, fue invitado por la Universidad de Nuevo México, en Albuquerque, para dar conferencias sobre literatura. Luego extendieron la invitación a un semestre como profesor, y eso que hizo que fijara su residencia en Estados Unidos, porque ya fue combinando su condición de profesor invitado con la de profesor titular de Literatura Española Contemporáneo por las Universidades de Utah, Maryland, Texas, y otra vez Albuquerque... “Amo el campus / universitario, / sin cabras, / con muchachas / que pax / pacem / en latín”, escribirá por entonces. “que meriendan / pas pasa pan / con chocolate / en griego / que saben lenguas vivas / y se dejan besar / en el crepúsculo (también en las rodillas) / y usan / la coca cola como anticonceptivo”.

Allí se casó con Sirley Magnini, profesora de Literatura Española en la Universidad de California de Long Bech. Y escribió, siguió escribiendo mucho, entre las clases y entre la vida. “Cuando nada sucede, / y el verano se ha ido, / y las hojas comienzan a caer de los árboles, / el frío oxida el borde los ríos / y hace más lento el curso de las aguas (...) / entonces, / ya se sabe, / es lo que pasa: / esas hojas, los pájaros, las nubes, / las palabras, dispersas, las nubes, / las palabras, dispersas y los ríos, / nos llenan de inquietud súbitamente / y de desesperanza”.

Susana Rivera le cambió la vida

Definitivamente convertido en un poeta del tiempo, a la manera machadiana, a Ángel González le pasó un poco como a Pedro Salinas medio siglo antes: que terminó enamorándose de una alumna. La chica, una mexicana a la que conoció en Cuba -cuando él formaba parte del jurado del Premio Casa de la Américas de Poesía en 1979- se llamaba Susana Rivera, y ni siquiera ellos mismos, tan cómplices en todo a partir de entonces, hubieran imaginado que le quedaban juntos 14 años antes de casarse (lo hicieron en 1993, al jubilarse él) y otros 14 años después, cuando el poeta murió después de unas Navidades en España, sin conocer aún a su familia política... Susi, como él la llamó hasta su muerte, le alegró definitivamente la vida, estudió profundamente sus libros y compatibilizó su papel de experta en la obra de González con sus clases como profesora del departamento de Español de la Universidad de Nuevo México, la misma en la que había enseñado también Ángel, que vivió con ella en Albuquerque algunas de las épocas más felices de su vida.

La consagración

En 1985, cuando el poeta tenía 60 años y estaba en el momento más lúcido de su carrera literaria, le concedieron el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. Seis años después, ganó el Premio Internacional Salerno de Poesía. “Aquello. / Lo que está en el umbral / de mi fortuna. / Nunca llamado, nunca / esperado siquiera; / solo presencia que no ocupa espacio, / sombra o luz fiel al borde de mí mismo / que ni el viento arrebata, ni la lluvia disuelve, / ni el sol marchita, ni la noche apaga. / Tenue cabo de brisa / que me ataba a la vida dulcemente. / Aquello / que quizá hubiese sido / posible, / que sería posible todavía / hoy o mañana si no fuese / un sueño”, escribirá en Deixis en fantasma, una de sus últimas obras, de 1992.

En 1996, propuesto por los ya académicos Gregorio Salvador, Emilio Alarcos y Miguel Delibes, fue elegido miembro de la Real Academia Española. Recibe entonces el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. Y en 2004 se convirtió en el primer ganador del Premio Internacional de Poesía Federico García Lorca. Y, a partir de entonces, todo son loas, admiraciones y homenajes.

El lío de la Fundación que iba a llevar su nombre daría para otro reportaje que no debiera ensuciar este, dedicado a alentar a que nuevos lectores se zambullan en esa poesía de Ángel González de tono confidente, de conversación informal que parece que no dice nada y, de súbito, te suelta una verdad gigante capaz de cambiarte la vida. O de ayudarte a seguir viviéndola. “Cuando el hombre se extinga, / cuando la estirpe humana al fin se acabe, / todo lo que ha creado / comenzará a agitarse, / a ser nuevo, / a comportarse libremente / -como / los niños que se quedan / solos en casa / cuando sus padres salen por la noche”.


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