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Música

Canciones a la luna

Las preciosas y poco divulgadas canciones de Dvorák recibieron del dúo formado por Marta Infante y Jorge Robaina una interpretación exquisita y excelente

07 sep 2019 / 10:33 h - Actualizado: 07 sep 2019 / 11:13 h.
  • Un momento del magnífico concierto que ofrecieron ayer Marta Infante y Jorge Robaina en los Jardines del Alcázar. Foto: Actidea.
    Un momento del magnífico concierto que ofrecieron ayer Marta Infante y Jorge Robaina en los Jardines del Alcázar. Foto: Actidea.

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MARTA INFANTE Y JORGE ROBAINA *****

20ª Edición Noches en los Jardines del Alcázar. Marta Infante, mezzosoprano. Jorge Robaina, piano. Programa: Selección de canciones de los ciclos In Folk Tone Op. 73, 4 Lieder Op. 82 y Canciones gitanas Op. 55, de Dvorák; Selección de Lieder de Schumann y Schubert. Viernes 6 de septiembre de 2019

Poca atención se le ha prestado nunca a la música vocal de Antonin Dvorák. Su obra sinfónica y camerística ha eclipsado incluso a la generosa cantidad de ópera que compuso, de la que apenas ha trascendido Rusalka. Su famosísima aria Canción de la luna y la grandiosa interpretación que de ella hizo en su día Lucia Popp, entre otras muchas grandes sopranos que la han abordado, a la que podemos considerar una de las pocas grandes voces que han prestado atención a los ciclos de canciones y lieder que compuso el músico checo, marcaron en cierto modo el tono y el estilo con el que Marta Infante se acercó a este fascinante universo más allá del nacionalismo checo con el que el compositor de la Sinfonía del Nuevo Mundo suele identificarse.

La enorme dificultad del idioma puede haber sido uno de los principales escollos a la hora de frecuentar este repertorio por otro lado tan hermoso y variado. Pero para Marta Infante esto no parece ser un obstáculo. Su prodigioso dominio de la lengua, cultivada durante años de residencia en la República Checa, le han permitido acercarse a la música vocal de Dvorák con notable naturalidad y sentido del equilibrio, como muy bien demostró en este singular recital en los Jardines del Alcázar. Un jardín y una luna a las que poder brindar estas exquisitas canciones, interpretadas de continuo, sin interludios instrumentales con los que descansar la voz, fueron el escenario ideal para disfrutar de la belleza de un programa que mezzo y pianista han grabado para la posteridad bajo el sello granadino Ibs Classical; un registro imprescindible para acercarse a esta maravillosa música en el mejor de los vehículos pensable.

Tal fue la excelencia con la que Infante, a quien habitualmente hemos disfrutado en territorios muy distintos, especialmente el barroco, y la prodigiosa fusión alcanzada con su acompañante al piano, nos ofrecieron piezas tan delicadas como ese Dobrou Noc (Buenas noches) con el que empezó este particular viaje por la nostalgia y la belleza de la tierra añorada, o la conmovedora Kéz duch muj sám (Mi alma solitaria) de las Cuatro canciones Op. 82, que la mezzo ilerdense entonó con delicadeza, naturalidad, un fraseo limpio y una vocalización nítida, hipnotizándonos con su rutilante voz, grave y aterciopelada, conmovedora al apianar y segura y precisa en todo momento. Parte de ese tono elegante y exquisito que disfrutó en todo momento la exhibición se debió por supuesto a la simbiótica interpretación del pianista canario.

El dúo brilló incluso en las canciones más coloristas y de tono más folclórico, como Zalo devca (Segaba la niña) o Struna Naladena (La cuerda bien afinada), que Infante cantó con autoridad y un fuerte componente racial que haría palidecer a cualquier paisana del autor. De igual forma acertaron en su capacidad para transmitir dulzura con piezas clave como Kdyz mne stará matka (Canciones que me enseñó mi madre) del ciclo de Canciones gitanas. Y para enmarcar estas composiciones en la gran tradición europea de la que sin duda bebió Dvorák a la hora de escribir estas sensacionales piezas, se incluyeron en el programa dos lieder de Schumann del ciclo Mirtos y otros dos de Schubert, incluido el muy trágico y visceral Der Zwerg (El enano), que Infante entonó con proverbial acierto y perfecta adaptación de estilo, si bien la larga duración del muy reiterativo Viola podría haberse evitado dando lugar por ejemplo a no sacrificar dos de los Cuatro Lieder de Dvorák. Y es que aunque tuvieron el acierto de hacer, con gran alarde comunicativo, una sinopsis de cada canción, la de Schubert pierde parte de su sentido si no se sigue al pie de la letra. Con todo, una sensacional cita de esas que nunca se olvidan, y un motivo de satisfacción que emerja de aquí una manifestación tan espléndida de una música surgida tan lejos y en tan distintas condiciones.


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