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El reportaje literario

Chaves Nogales, el periodista de raza que España había olvidado (I)

La editorial Confluencias reedita la biografía del periodista sevillano que trazó María Isabel Cintas y que fue merecedora en 2011 del premio Antonio Domínguez Ortiz

Álvaro Romero @aromerobernal1 /
10 jul 2022 / 10:46 h - Actualizado: 10 jul 2022 / 10:54 h.
"Periodismo","El reportaje literario","Manuel Chaves Nogales"
  • Manuel Chaves Nogales (izda.).
    Manuel Chaves Nogales (izda.).

A finales del pasado siglo, que es como decir ayer por la mañana, en la Facultad de Periodismo de Sevilla, entonces llamada pomposamente de Ciencias de la Información, se estudiaba mucho a Tom Wolfe y otros artífices del Nuevo Periodismo norteamericano, pero ningún profesor ni profesora hacía referencia siquiera al gran periodista adelantado a su tiempo que había nacido en esta misma ciudad, hijo y sobrino de grandes periodistas, que fue Manuel Chaves Nogales. No era por desprecio, sino por pura ignorancia, pues en aquella época estaba fraguándose todavía el gran rescate que la profesora María Isabel Cintas Guillén, catedrática de Literatura, iba a promover en los años siguientes con la recopilación de su obra completa editada por la Diputación.

Ya en 2011, cuando la propia Facultad había bautizado una de sus principales aulas con el nombre del (de súbito) insigne periodista sevillano, la profesora responsable del rescate de su magnífica obra en cinco tomos recibió el premio de biografías Antonio Domínguez Ortiz de la Fundación Lara por su obra Chaves Nogales. El oficio de contar. Este año, la editorial Confluencias no solo ha reeditado el libro, sino que lo ha aumentado hasta sacarlo en dos volúmenes con nuevas aportaciones, notas y deliciosas fotografías que dan una idea completa y cabal de quién fue este periodista que hoy es considerado como el mejor del siglo XX español y cuya presencia en el panorama informativo actual goza del máximo respeto como ejemplo de buen hacer periodístico para las jóvenes generaciones de comunicadores, “al tiempo que transmite un mensaje de cordura, diálogo y conciliación en el panorama político español actual”, como señala la propia editorial. El primer tomo de esta completísima biografía titulada Andar y contar (el lema de Chaves Nogales), de más de 500 páginas, aporta tanta información, que será él solo el objeto del reportaje literario de este domingo. El segundo, que focaliza la vida del reportero una vez que sale al exilio en plena guerra civil española, hasta que muere en 1944, será abordado el domingo que viene.

Chaves Nogales, el periodista de raza que España había olvidado (I)
Chaves Nogales entrevistando.

Criado entre periodistas

Manuel Chaves Nogales podría no haber tenido relación alguna con el Periodismo, como les pasó a sus hermanos, pero lo cierto es que nació, el 7 de agosto de 1897, en el seno de una familia que tenía interiorizado el espíritu de la redacción. La primera calle de su domicilio familiar estuvo en el corazón viejo de Sevilla, “a las espaldas del palacio cuyo patio y huerto claro con limonero cantó Machado, en la calle Dueñas, 11”, como recuerda la biógrafa. Era el hijo mayor de Pilar Nogales Nogales, que llegó a ser concertista de piano, y Manuel Chaves Rey, destacado periodista de El Liberal y cronista oficial de Sevilla, muy respetado en la ciudad por sus publicaciones sobre el pasado de la urbe, como Historia y bibliografía de la prensa sevillana o una biografía de Larra. Su tío materno, José Nogales, de hecho, había sido el primer director de ese periódico en la ciudad. El abuelo de Chaves Nogales, José María Chaves Ortiz, había sido un célebre pintor de temas taurinos que realizó, entre otras cosas, el primer cartel de la Feria de Sevilla, allá por 1878. De modo que el niño Manuel podría haber sido cualquier otra cosa, pero muy pronto persiguió a su padre con notas a vuelapluma para la crónica o la columna del día y lleva a Cintas a titular uno de los primeros capítulos del libro con una evidencia: el periodismo en la sangre.

Chaves Nogales, el periodista de raza que España había olvidado (I)
Chaves Nogales y sus hijos.

En el histórico año de 1914 ocurren dos hechos trascendentes en la vida de Manuel: se matricula en la Facultad de Filosofía y Letras de Sevilla y muere su padre a los pocos meses. No totalmente por la coincidencia, pero el caso es que Manuel termina aprendiendo mucho más en las redacciones que en las aulas, que va abandonando para empezar a firmar no solo en El Liberal, sino también en El Noticiero sevillano, donde va pergeñando los temas que serían definitivos en su trabajo: su concepto de Andalucía, la ruptura de los tópicos tradicionales, la proyección latinoamericana de Sevilla, que se iba perfilando conforme se iba organizando, tan lentamente y a lo largo de una década, la Exposición Iberoamericana de 1929, cuando Manuel ya era un periodista totalmente consagrado que había superado los periódicos de Sevilla e incluso Córdoba y escribía ya en Madrid, después de haberse casado con Ana Pérez, una sevillana llena de gracia que lo enamora hasta el último de sus días y que había de fallecer tantos años después en Madrid, en plena efervescencia de la Expo’92.

Chaves Nogales, el periodista de raza que España había olvidado (I)
Chaves Nogales en su labor de periodista.

Periodista y escritor

Fue en 1920 cuando se traslada a Córdoba para trabajar como redactor del nuevo diario La Voz, aunque todavía hiciera sus pinitos en obras teatrales como la que escribió junto al director de aquel periódico, Las inquietudes de Ernestina o Rescoldo que se hace llama, una afición que le venía directa de su padre. Su escritura había interiorizado ya, sin embargo, el afán de diferenciarse de la literatura como tal y hacerse más periodística en ese sentido de la brevedad, la frescura y el análisis que él mismo le va imprimiendo a cuanto escribe con la firme voluntad de que no hace literatura, sino periodismo. “El único momento en que dudo de mi vocación de escritor es aquel en que me sorprendo en flagrante delito de indiferencia ante los grandes problemas del mundo, que en nuestra edad no son ya más que problemas políticos”, dijo en una entrevista en La Gaceta Literaria. Años después, en Estampa, también merece la pena reproducir sus reflexiones: “He hecho obra de periodista. Esto de obra periodística, al no profesional se le alcanza difícilmente. Para la gente hay solo el literato que escribe en los periódicos, al que se le respeta (se entiende por respetar el no leer), y el antiliterato, es decir, el repórter, una especie de agente iletrado que acarrea noticias. Esta es opinión no solo del vulgo, sino de hombres como Baroja, que no hace mucho establecía aquella injusta división de los periodistas en ‘periodistas de mesa y periodistas de patas’. Esto acaso fuese cierto en el periodismo de hace veinte años, cuando en las redacciones había unos tipos de literatoides o politicoides que querían ser académicos o directores generales sin fuerzas para ello, y navegaban en el periódico asistidos por unos pobres diablos menesterosos que les llenaban las hojas acarreando noticias redactadas con una prosa auténticamente vil, que se retribuía con quince duros de sueldo al mes. El periodismo ya no es esto. Parece mentira que aun sea necesario decirlo. Pero todavía, cuando se habla de virtudes periodísticas, la gente que es incapaz de aquilatarlas piensa en virtudes embozadamente literarias. Y es substancialmente distinto”.

Chaves Nogales, el periodista de raza que España había olvidado (I)
Una imagen de la época.

Su primer libro, agavillado con artículos previos, se tituló La ciudad, y continuaba, aunque con novedades en sus planteamientos, la costumbre de la divagación que habían inaugurado antes Manuel Machado o José María Izquierdo y que iban a continuar años después Joaquín Romero Murube o Rafael Laffón, entre otros. Por supuesto que en junio de 1922, cuando se celebra en Granada el primer Concurso de Cante Jondo, allí estaba Chaves Nogales hablando sobre flamenco con Falla, Lorca, Edgar Neville o Las Niña de los Peines... Fue aquel mismo año cuando aterriza ya en Madrid con su esposa y su primera hija, Pilar, en la Ciudad Lineal que le permitía ir al trabajo, la redacción del Heraldo de Madrid, en tranvía. Fue en aquellos años cuando ultimó la confección de un libro que traía casi completo de Córdoba: Narraciones Maravillosas y biografías ejemplares de algunos grandes hombres humildes y desconocidos, que iba a ser una novela de la condición humana pero que terminó pareciéndose a ese género tan suyo –tan irónico, por otro lado- de construir fragmentos de lo humano, despersonalizando al héroe para humanizarlo. La costumbre de alternar sus escritos en los periódicos con la publicación de cuentos editados incluso en libros se incrementa cuando, ya en plena dictadura de Primo de Rivera, el directorio acuerda suspender la censura de los libros y mantener la de los trabajos de prensa.

Reportero de altos vuelos

Todavía como redactor del Heraldo de Madrid, Chaves Nogales abandonó definitivamente su condición de periodista de mesa para convertirse en el periodista de patas al que se había referido Baroja. Fue con motivo del regreso triunfante de los aviadores Franco, Ruiz de Alda, Rada y Durán después de haber atravesado el Atlántico a bordo del Plus Ultra. El periodista acude a Huelva, junto a “legiones de periodistas”, como diría él en su crónica, e inicia así su interés por el avión como medio de desplazamiento en los tiempos modernos que él había inaugurado ya. Llegó a ganar el premio de periodismo más prestigioso, el Mariano de Cavia, precisamente con el reportaje La llegada de Ruth Elder a Madrid, que había sido la primera mujer en cruzar en solitaria el océano Atlántico en un avión. Desde Lisboa a Madrid, Chaves no solo tuvo el atrevimiento de acompañar en el vuelo a la norteamericana, sino de transmitir crónicas desde el cielo, y aquella novedad no solo le daría para que su periódico le permitiese irse de corresponsal a París, sino para hacer crónicas por medio continente y para que la editorial Mundo Latino, a continuación, le publicase el libro La vuelta a Europa en avión. Un pequeño burgués en la Rusia roja.

Chaves Nogales, el periodista de raza que España había olvidado (I)
El libro sobre María Isabel Cintas sobre Chaves Nogales.

Todavía como corresponsal del Heraldo –aunque también colaboraba con Estampa- Chaves escribe desde París interesantes reportajes sobre la base de sus entrevistas con decenas de emigrados rusos de los dos millones que tuvieron que salir tras la sangrienta revolución. De allí saldría igualmente el gran reportaje convertido luego en libro El maestro Martínez que estaba allí, sobre la visión sin intereses que tenía un bailaor flamenco y su esposa en la Rusia bolchevique que desde la España comunista se admiraba tanto... Su interesante actividad periodística se extendió igualmente por Alemania e Italia, que él recorrió para escribir “Cómo se vive en los países de régimen fascista”.

El reportaje titulado “Lo que ha quedado del imperio de los zares” apareció ya en el periódico cuyo propietario, Luis Montiel, fue a buscarlo a la capital francesa para ofrecerle el sueldo astronómico de 3.000 pesetas mensuales y una vivienda para toda su familia de tres hijos ya en la planta alta del edificio de la redacción: el diario Ahora. Invitado a comer a aquella vivienda de la Cuesta de San Vicente acudió algunas veces Pío Baroja: “Amigo, ¡vaya casa que tiene usted! ¡Qué panorama! Yo creo que viviendo en una casa así no saldría a la calle nunca”, le dijo el novelista al periodista.

En aquel periódico madrileño, Chaves quiso contar con las mejores plumas del momento, a las que pagaba también extraordinariamente: Pío Baroja, Miguel de Unamuno, los hermanos Machado, Eugenio D’Ors, Ramón Gómez de la Serna, Concha Espina, Francisco Villaespesa o Azorín, entre otros. Valle-Inclán, tan amigo de Chaves desde siempre y hasta su muerte (el 5 de enero de 1936), no solo colaboró con el periódico, sino que publicó en él una póstuma e inédita novela, El trueno dorado.

Entrevistador histórico

Chaves hizo en Ahora el periodismo que quiso en una de las épocas más interesantes que ha conocido la historia de nuestro país: la de la II República, donde no solo entrevistó en un formato muy novedoso (con fotografía en portada) a todo el primer gobierno provisional, desde el presidente, Niceto Alcalá-Zamora hasta el ministro de Guerra, Manuel Azaña, pasando por Fernando de los Ríos, Alejandro Lerroux o Indalecio Prieto, sino a otros muchísimos grandes personajes del panorama internacional: primeros ministros como Churchill, emperadores como Haile Selassie, reyes como Alfonso XIII, príncipes como Umberto de Saboya o artistas consagrados como Chevalier, por no mencionar al torero cuyo biografía trazada por él iba a convertirse en un best seller de su tiempo: Juan Belmonte.

Desde luego, el periodista de patas que era ya Chaves Nogales no se conformaba con entrevistas de despacho, sino que acudió al campo andaluz para analizar desde el tajo el objeto de legislación que había focalizado la reforma agraria. A finales de 1931, Chaves se patea Utrera, Carmona y otros campos de Sevilla, además de Cádiz y otros pueblos de Córdoba como Bujalance o Villafranca de Córdoba. Hablando con los campesinos se daba cuenta de que el campo andaluz era un polvorín que ningún gobierno inteligente debería permitirse. Es interesante el análisis que hace del señorito andaluz: “Toda esta buena gente no tiene, sin embargo, contra el amo un verdadero odio de clase; se dejan llevar fácilmente por los tópicos de una propaganda demagógica que les halaga; pero sin ninguna convicción, sin esa dureza y ese odio inextinguible del verdadero marxista. Todos exhiben razones sentimentales, todos envidian al señorito; todos quisieran ser como el señorito”. También acude a La Rinconada para analizar aquel amago de comunismo libertario que no llegó a ser, el mismo que se desinfló en La Rioja: “La perplejidad de ver sobre el terreno que sus utopías eran irrealizables debió de paralizar la acción de estos hombres, duros y enconados, que, siendo capaces de todo, no veían la manera de hacer nada”, escribió.

En Sevilla se ocupó de la suspensión de la Semana Santa en 1932; en Asturias, de su revolución en 1934; y en El Rocío, de su multitudinaria romería a solo 37 días del estallido de la Guerra Civil, mucho antes de que él saliera de España, el mismo día que el Gobierno legítimo, el 6 de noviembre de 1936. “Me fui cuando tuve la íntima convicción de que todo estaba perdido y ya no había nada que salvar, cuando el terror no me dejaba vivir y la sangre me ahogaba. ¡Cuidado! En mi deserción pesaba tanto la sangre derramada por las cuadrillas de asesinos que ejercían el terror rojo en Madrid como la que vertían los aviones de Franco, asesinando mujeres y niños inocentes. Y tanto más miedo tenía a la barbarie de los moros, los bandidos del Tercio y los asesinos de la Falange, que a la de los analfabetos anarquistas o comunistas”.

La historia del exilio de Chaves Nogales le ha dado a la profesora Cintas para otro volumen. Y a nosotros para otro reportaje el domingo que viene...


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