lunes, 17 mayo 2021
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Chloé Zhao y Frances McDormand conquistan Oscarland

Nomadland pone fin a su larga colección de premios alzándose con la estatuilla a mejor película, además del Óscar a Mejor director y Mejor actriz

Julio Mármol julmarand /
26 abr 2021 / 12:22 h - Actualizado: 26 abr 2021 / 13:58 h.
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  • Chloé Zhao y Frances McDormand conquistan Oscarland
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La gala fue una película (o algo parecido) de Steven Soderbergh que, como una película de Steven Soderberg, erró en el clímax final. Pero a eso ya se llegará más tarde. El director de la profética Contagio se había propuesto salvar el cine en esta ceremonia, y tuvo que ser Glenn Close quien, desinhibida y sin aparente señal de abatimiento porque, por octava vez, se iba a casa sin estatuilla (aunque, al fin y al cabo, es actriz, así que estas cosas nunca se saben con certeza), a golpe de cadera, lo salvase. O algo parecido.

Monótona, la 93º edición de los Óscar adoleció de una apatía generalizada, incluso en los discursos reivindicativos que, se esperaban, fuesen la guinda, o guindilla, de la noche. Daniel Kaluuya, Óscar a Mejor actor de reparto por su interpretación de un líder de los Panteras Negras, demostró cuánto se lo merecía al subir a recogerlo, pues cualquier parecido entre él y un líder revolucionario de la comunidad negra es sólo fruto de su trabajo. El actor londinense agradeció su Óscar entre titubeante y patoso, y se marchó por donde había venido ante los aplausos (también titubeantes) de su madre. El apabullante Fred Hampton de Judas y el Mesías negro se había quedado en los estudios angelinos de Participant.

Todo transcurrió tal y como estaba previsto porque los votantes de la Academia decidieron que el mundo ya había tenido suficientes sorpresas en el último año. Nomadland ganó el Óscar a Mejor Película y Chloé Zhao, el de Mejor director. Desde Kathryn Bigelow por En tierra hostil (y no hay precedente a su estatuilla), ninguna mujer resultaba premiada. Tampoco había antecedentes para el Óscar de Youn Yuh-jung, primer intérprete asiático en hacerse con uno. La actriz coreana se alzó con el hombrecillo dorado a Mejor actriz de reparto y, de paso, alzó un poco la gala, comportándose como la descarada anciana de Minari que le valió el galardón al decirle, a Brad Pitt, que dónde se había metido él mientras ella actuaba. Una vez desapareció Youn Yu-Jung, la ceremonia volvió a adormecerse. Todas las esperanzas estaban puestas en el final: el premio a Mejor actor.

El favorito era Chadwick Boseman, fallecido en agosto, por su papel en La madre del Blues. Hasta el propio Sodebergh lo pensaba así, pues alteró la sacrosanta escaleta de los Óscar para que el último premio en otorgarse fuese, en lugar del de Mejor película (pocas dudas había sobre este), el de Mejor actor. Terminar engarrotando la garganta de los espectadores con el recuerdo de Boseman era la única carta que a la gala le quedaba por jugar. Y, en su lugar, el último plano de la ceremonia fue para Anthony Hopkins. O, exactamente, para una fotografía de Anthony Hopkins, porque el actor británico no había cruzado el Atlántico, y es posible que llevase ya un par de horas en la cama para entonces. Su segunda estatuilla, en un año en el que se conmemoraba el trigésimo aniversario de la primera por El silencio de los corderos, fue envasada en un vacío de aplausos y estupefacción. Y ahí terminó la gala.

Antes, Frances McDormand había pasado a engrosar el selectísimo grupo de actrices con tres Óscar, convirtiéndose en camarada de Ingrid Bergman y Meryl Streep. La estadounidense contó en una entrevista que, hace ya unos años, todas sus colegas de profesión se hicieron la cirugía estética. “Te vas a quedar sin trabajo”, le advirtieron. La industria del cine es así, no hay hierba sino su esplendor. Pero McDormand les contestó que, con tanta operación y tanta juventud anacrónica, nadie quedaría para interpretar a una normal mujer de mediana edad. Tres Óscar más tarde (los dos últimos, conseguidos en menos de cinco años), parece que Frances llevaba razón.

Tampoco andaba desencaminada Emerald Fennell al escribir una historia tan rompedora (caben otros adjetivos aquí, no todos favorecedores) como la que narra en Una joven prometedora, que le ha conducido al Óscar a Mejor guion original. El de Guion adaptado ha sido para Florian Zeller, al convertir en cine su obra de teatro El padre. Thomas Vinteberg, por su parte, se ha tomado la última tras el embriagador cortejo de premios a Mejor Película que ha cosechado Otra ronda. El drama nórdico sobre alcoholismo y vacío existencial , por el que también había sido candidato a Mejor director, ha recibido el Óscar a Mejor película internacional, y Vinteberg se lo ha dedicado a su hija Ida, que murió en un accidente apenas unas semanas antes de que comenzase a filmar la película. Su psiquiatra, explicó Vinteberg, le recomendó que siguiese adelante con el rodaje. La vida es a veces así. Trágica, y el cine es, a veces, así, el único remedio capaz de hacernos sobrevivir a ella.


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