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El reportaje literario

Crónica sin Virgen de la aldea de El Rocío

Juan Villa y José María Martín Boixo firman ‘El Rocío antes del alba’, donde cuentan la historia de la famosa aldea, especialmente desde que hace menos de un siglo era todavía un lugar atávico y lleno de chozas entre la civilización y el mar

Álvaro Romero @aromerobernal1 /
10 oct 2021 / 12:14 h - Actualizado: 10 oct 2021 / 12:39 h.
"El reportaje literario"
  • Crónica sin Virgen de la aldea de El Rocío

A estas alturas del siglo XXI tiene mucho mérito pretender escribir un libro sobre la historia de la aldea de El Rocío (Almonte, Huelva) no con la intención de glosar las glorias de la Virgen sino las aventuras de sus habitantes de carne y hueso, desde los primeros que cometieron la osadía de asentarse por allí. Tiene más mérito aún haberlo conseguido y cumplir así con la palabra de sus vecinos oriundos, los pocos que quedan, quienes regalaron sus valiosos testimonios para un inconcluso proyecto anterior (Doñana antes del alba) y que finalmente han servido para sazonar este, El Rocío antes del alba, una obra de Juan Villa y José María Martín Boixo, almonteño y rociero, respectivamente, y que ha publicado la editorial onubense Niebla. Ya va por su tercera edición.

El libro está dedicado a los habitantes de la aldea que, “mediado el siglo pasado, vieron asombrados cómo llegó la carretera A-483”. La dedicatoria no es baladí, porque aquella vía civilizatoria lo cambió todo. Aquella carretera fue el cordón umbilical definitivo que unió El Rocío con el mundo y con el mar. Y este libro es una obra imprescindible que focaliza un tiempo que se habría perdido irremisiblemente si Villa y Boixo no se hubieran empeñado en ponerle voz a esa gente de poco hablar que sobrevivió durante más de un siglo en las chozas de un mundo atávico en el que la caza no tenía aún esos apellidos de legal o furtiva; en el que la miseria doméstica se transmutaba en solidaridad social; en que la propia aldea se dividía imaginariamente en la parte permanente del Acebuchal -donde sus vecinos miraban más hacia el Coto o la marisma- y la parte contingente del Real, cuyas primeras chozas eran propiedad de hermandades pero eran habitadas y cuidadas por gente que ni siquiera poseía muebles.

Crónica sin Virgen de la aldea de El Rocío

El libro, exquisitamente editado, lleva unos dibujos muy sugerentes de Daniel Bilbao y una cartografía igualmente inspiradora de Rafael Llácer y Águeda Villa. Además, dispone de un álbum fotográfico final en el que aparecen algunos de sus protagonistas, personas que no solo no hubieran aparecido en ninguna publicación de no ser por esta o esa página de Facebook titulada El Rocío y su gente de siempre, sino que habrían sido testigos, desde el olvido más absoluto, de cómo sus duras vivencias en la protohistoria rociera se hubieran ido consumiendo como las velas del santuario, en torno al cual hubo al principio de sus tiempos unas calles cuyos habitantes primitivos aparecen recogidos aquí también en un anexo titulado “Empadronamiento municipal en 31 de diciembre de 1950”, calle por calle, casa por casa, nombre por nombre.

De cuando se hablaba por fanegas y leguas

El libro da cuenta, por supuesto, de aquella ermita erigida en medio de la naturaleza bravía a finales del siglo XIII y que se llamó Santa María de las Rocinas. Por divagar –un gusto muy de sus autores-, se bucea en siglos anteriores porque muy cerca de la aldea se localizó un asentamiento, La Ronquilla, relacionado con el comercio de la plata cuando los fenicios y los tartesios, al borde del luego Lago Ligustino... Y se refiere la primera aparición documentada del topónimo El Rocío, allá por 1335, referido a un camino que va justamente hasta el lugar; y el lugar de paso que era El Rocío cuando el pescado viajaba desde las playas castellanas hasta la ciudad de Sevilla... En 1587, el indiano Baltasar Tercero funda en la ermita una capellanía y eso posibilita la presencia de un santero... La denominada Feria del Rocío data del ilustrado año de 1772, la misma época en que el gobierno, todavía infructuosamente, intentó con la Nueva Población del Rocío convertir a los nómadas cazadores del entorno en gente sedentaria y agricultora. Del mismo año de la Revolución Francesa, 1789, data el primer asiento de una choza construida por uno de los seis bollulleros seleccionados por los ilustrados de entonces... Cuando Napoleón entró en España, aquellos pocos colones huyeron despavoridos por las malas tierras, los asaltos de los ganaderos, la temprana desconsideración de las autoridades que ya los consideraban “panzurrinos” –un despectivo gentilicio del que se reflexiona ampliamente en la obra... Hacia 1850 se nombra, desde Almonte, el primer alcalde pedáneo, llamado alcalde del Barrio del Rocío.

Y más o menos por entonces, termina la prehistoria de la aldea, porque el primer año del siglo XX vivían ya como 200 personas en unas cincuenta viviendas, entre casas y chozas... Y en 1919, cuando se corona a la Virgen, se construye un grupo importante de casas en torno a la ermita... hasta el punto de que, en 1925, un grupo de aldeanos llega a pedir incluso la independencia de El Rocío, aunque solo consiguieran un teléfono municipal de uso público, la visita regular de un médico y la creación de una escuela no demasiado fija. Cuando en 1930 se hizo el primer censo de la aldea, se contabilizaron un total de 37 viviendas y 196 habitantes. La II República quiso promocionar ya la Romería con fines turísticos... Y ahí empezaba a comenzar ya otra historia, la que ya empezaba a hablar de kilómetros y no de leguas; de hectáreas y no de fanegas...

El paraíso

Los primeros habitantes de aquella especie de paraje al este del Edén han coincidido, según los autores del libro, en resumir sus recuerdos con esa frase: “¡Aquello era el paraíso!”. La nostalgia hace lo suyo, pero también es cierto que buena parte de los primeros pobladores de aquel punto fascinante por la llana naturaleza entre los antiguos reinos de Niebla y Sevilla pertenecían a las clases altas y medias de Almonte y alrededores, propietarios de tierras y ganado, como los Moreno y los Acevedo.

Entre los propietarios y los braceros, también empezaron a aterrizar por el lugar europeos que estudiaban los lagartos y las serpientes de Doñana, como ese Toni, sueco, que aparece en una fotografía con Ángel Díaz en la puerta de su casa y que muchos años después contó que aquellos bichos estaban expuestos en un museo de Estocolmo.

El furtiveo

El libro, que se extiende por sus calles –su único paseo, El Pinichi- y personajes oriundos allá por 1950, establece varias veces las categorías de caza que solo la modernidad podía establecer en un mundo de privilegiados y braceros, de gente de fuera y de dentro, de señoritos y sobrevivientes. “En aquellos días se podía salir a la marisma y a los cotos a tirarle a la pluma, ánsares y patos..., y al pelo menor, conejos y liebres, pero no al mayor, venados, gamos y jabalíes, que estaban reservados para los dueños de las fincas y sus amistades”. Por eso existían los furtivos de diverso pelaje: los que no gastaba armas, pues se apañaban con sus trampas, sus lazos y sus perros, y los que sí, la élite que tenía sus escopetas para ciervos, gamos y jabatos.

Crónica sin Virgen de la aldea de El Rocío

Personajes para varias novelas

El libro está poblado de personajes que darían, cada uno, para una novela. Uno de ellos es Francisco Hervás Coronel, conocido como Curro el Turco, un hombre taciturno que no trabajó jamás sino en ese vicio atávico que lo dominaba: la caza furtiva, no para él, sino para quienes lo contrataban en la penumbra de las ilegalidades, por lo que siempre vivió entre los fangales de esa marisma que se conocía incluso de noche como la palma de su mano, su casa –adonde solo llegaba para dormir la borrachera- y la cárcel.

Por lo demás, el libro ofrece una galería de personajes entre la dura realidad que vivieron hace un siglo, o casi, y la posibilidad de ficcionar sus experiencias, como esa pareja conformada por Doña María y Rodolfo, los primeros maestros en la desmirriada escuela de entonces; María la Pirula, que vivió siempre de casera en la choza que tuvo la Hermandad de Triana; Rosario La Rabúa, casera de la Hermandad de Coria del Río, y cuyos pavos por El Real conformaban también una estampa de otro tiempo; Mariquita la Chíchara, propietaria de un horno de pan, como Rosario la del Cunero; Josefita la Calva y su puesto de chucherías; Juana la Vele, que de otro puesto de golosinas terminó montando un bar y una pensión; Antonia María La Cachuela, matarife y carnicera; Antoñita Triana, valiente para convertirse en la enfermera del lugar; Franquista Mesa, hija de maestra sin ejercer que ejerció siempre como maestra pese a no haber estudiado magisterio; o José Boixo, que de niño responsable de un centenar de yeguas llegó a guarda mayor de la recién nacida entonces Reserva Biológica de Doñana, desde cuyo puesto se ocupó del alcornocal casi perdido y al pie de uno de cuyos ejemplares quiere que se entierren sus propias cenizas...


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