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Cuando el talento no era un fenómeno de masas

Nórdica Libros publica el ‘Correo literario’ de Szymborska, un desternillante y didáctico repaso a quienes se creen poetas

01 may 2018 / 19:09 h - Actualizado: 02 may 2018 / 09:23 h.
  • Cuando el talento no era un fenómeno de masas
  • Joanna Helander retrató en 1984 a la escritora Wislawa Szymborska con una foto de la que aquí se ofrece un fragmento y que ilustra la cubierta del libro.
    Joanna Helander retrató en 1984 a la escritora Wislawa Szymborska con una foto de la que aquí se ofrece un fragmento y que ilustra la cubierta del libro.

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«Nos han hecho soñar esos finos versos llenos de afectación cortesana. Si tuviéramos un castillo y las posesiones aledañas, desempeñaría usted el cargo de poetisa de la corte», escribe Wislawa Szymborska (1923-2012) en su respuesta a una tal Ata, de Kalisz. «Sus poemas, querida, son anticuados tanto en la forma como en el ámbito de las ideas. Es sorprendente en una joven de diecinueve años. ¿No serán versos copiados del álbum de recuerdos de su bisabuela?». Pero hay mucho más que una ironía corrosiva y aparentemente descorazonadora en las docenas de contestaciones de la poetisa a los escritores –mayormente novatos– que mandaban sus cosas al semanario polaco Vida literaria, en una sección que se mantuvo a tal efecto durante más de veinte años. Traducidas y publicadas ahora en España por Nórdica Libros bajo el título Correo literario, la que luego sería premio Nobel anota en ellas toda una especie de tratado involuntario sobre las claves de la literatura y de quienes aspiran insistentemente a formar parte de esta.

«Es una vieja tradición de las revistas literarias. Siempre ha sido necesario responder a algunos autores, sobre todo principiantes», comenta Szymborska con su gran amiga la catedrática Teresa Walas, que es precisamente quien recopila, selecciona y publica por primera vez estos textos. «Yo intentaba que entendieran cosas elementales, los animaba a que reflexionaran sobre el texto recién escrito, a que fueran mínimamente críticos consigo mismos. Y, lo más importante, los animaba a leer libros. Igual soy una ilusa, pero espero que algunos de ellos hayan conservado esa maravillosa costumbre toda la vida».

A uno que se identifica como Observador, de Cracovia, le responde de la siguiente manera: «Nos acusa usted de cortarles cortarles las alas a los jóvenes talentos literarios. A esos frágiles retoños –leemos– hay que criarlos entre algodones y no, como hacen ustedes, criticar su debilidad y su incapacidad de dar un fruto ya maduro. No somos partidarios de la cría en invernaderos de retoños literarios. Es necesario que crezcan en un ambiente natural y que se vayan adaptando desde un principio a sus condiciones. A veces, el retoño cree que va a ser un roble y nosotros vemos que no es más que una brizna de hierba. Ni el más atento de los cuidados será capaz de convertirlo en un roble. A veces, evidentemente, podemos equivocarnos en nuestro diagnóstico. ¿Pero acaso les prohibimos a esos retoños que crezcan, acaso los arrancamos de cuajo? Pueden seguir creciendo libremente para, en un futuro, dar testimonio de nuestra falibilidad. Nos encantará reconocer nuestro error. Es más, si leyera usted nuestra columna con mejor disposición, podría darse cuenta de que siempre que encontramos algo digno de elogio, intentamos subrayarlo. Que los elogios sean relativamente pocos ya no es culpa nuestra. El talento literario no es un fenómeno de masas». Unas palabras que entran en franca oposición no solo con cierto concepto televisivo muy de moda hoy, sino sobre todo con la creencia mayoritaria que lo permite.

Wislawa Szymborska no se regodea en la reprimenda sutil, no se divierte haciendo sufrir –de hecho, parece que su propósito confeso es lo contrario–: lo que ansía es la complicidad intelectual del otro, que es donde verdaderamente podrían hallarse rastros fiables de potencial literario. No siempre lo consigue: «Ha considerado usted nuestra respuesta una ofensa personal. sin ningún motivo, la verdad», responde a Z.Z., de Lodz, que por lo visto anda molesto por las críticas a su escasa imaginación. «¿Acaso es una afrenta decirle a un rubio que no es moreno, si encima es él quien lo pregunta? Persiste todavía la romántica idea de que ser poeta es el mayor de los honores y un gran prestigio. En realidad, el mayor honor y el mayor prestigio es hacer de forma intachable lo que uno sabe hacer. Nuestros mejores deseos».

Más allá de ideas divertidas e ingeniosas sobre los temores y las ingenuidades de los recién iniciados a las letras, la autora va soltando perlas sobre las verdades de escribir y de la poesía, sobre cómo se cuida o se descuida el talento, sobre el alma del escritor, la curiosidad, la sensibilidad, la perspectiva, la materia literaria, los adjetivos, la actitud, la autocrítica, la reflexión... sobre la necesidad o no de viajar y de tener grandes experiencias antes de coger la pluma, por ejemplo, cuando contesta a Eug. L., de Inowroclav: «Lo cierto es, sin embargo, que un escritor se forma en su interior, en el corazón y en la cabeza: gracias a una innata (lo subrayamos, innata) predisposición a abstraerse, a vivir de forma emocional las cosas más pequeñas, a asombrarse incluso ante aquello que a los demás les parece normal. ¿Viajar al extranjero? Se lo deseamos de todo corazón. En ocasiones, puede ayudar. Eso sí, antes de ir a Capri, le recomendamos que se acerque usted al primer pueblo perdido que encuentre. Si regresa usted de allí sin ninguna impresión digna de ser anotada, nos tememos que no va a haber grutas azules que valgan».

Ni siquiera Shakespeare se libra de su humor, en una respuesta a una presunta carta que le envía W.S., de Londres, y donde se burla de sí misma como crítica: «Es una lástima que antes de ponerse a escribir esta tragedia no haya usted estudiado con más detalle las relaciones sociales de la Dinamarca feudal. Desgraciadamente, ha renunciado usted a la verosimilitud e favor del sensacionalismo. Claro ejemplo de ello es el Fantasma del Padre, sin cuya manifiesta provocación toda esa sangrienta fábula no habría podido producirse de ninguna manera. Como materialistas estamos convencidos de que los fantasmas nunca dicen la verdad. Por eso nos resulta imposible creernos una intriga urdida en el más allá y las subsiguientes peripecias las seguimos con resignación. Le aconsejamos que lea más, que salga con mayor frecuencia y tenga más contacto con la realidad, y que escriba menos y que se haga solo aquellas preguntas a las que es posible dar respuesta».


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