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El reportaje literario

El Caballero de Olmedo, cuatro siglos después

Una de las tragicomedias más brillantes de Lope de Vega, encrucijada de intertextualidades pasadas y futuras, debió de escribirse entre 1620 y 1625, aunque la obra no se publicó hasta 1641, después de la muerte del autor, al que había hechizado una canción popular

Álvaro Romero @aromerobernal1 /
05 jun 2022 / 05:13 h - Actualizado: 05 jun 2022 / 05:13 h.
"El reportaje literario"
  • El Caballero de Olmedo, cuatro siglos después

Como le ocurrió durante dos siglos al Alonso (Quijano) convertido en El Quijote de Cervantes, hasta que los románticos comenzaron a ver en la obra una profundidad humana que iba más allá de la comedia de un loco y su vecino, también el Alonso (Manrique) que protagoniza El Caballero de Olmedo de Lope de Vega cayó en el olvido hasta que la mirada de más largo alcance de Menéndez Pelayo atisbó las sabrosas referencias que tiene el binomio del amor y de la muerte en una encrucijada histórica para la Historia de la Literatura capaz, en manos del gran Lope, de relacionar una cancioncilla popular no solo con esa obra fundamental del final de la Edad Media que se titula La Celestina, sino con todas aquellas otras obras posteriores cuyos protagonistas estaban gloriosamente tocados por el fatum: desde el Don Juan de Tirso a Antoñito El Camborio de Lorca, por poner dos ejemplos muy extremos.

La canción le debió de resonar al más prolífico de los autores españoles en el cenit de su carrera, cuando la vida le había dado ya tantos amores funestos, tantas aventuras y tantos desengaños en esa carrera que fueron sus propios años desde el Renacimiento hasta el Barroco: “Que de noche le mataron / al caballero, / la gala de Medina, / la flor de Olmedo”.

A Lope le debió de gustar tanto la sencillez de la famosa seguidilla, el misterio que encerraba la relación con la leyenda amasada entre las localidades vallisoletanas de Olmedo y Medina del Campo, que no le hizo falta más que ponerse manos a la obra para convertir la incertidumbre de aquel caballero etéreo en una tragicomedia con cuyo protagonista pudiera identificarse. No se sabe con certeza cuándo la escribió, aunque debió de ser entre 1620 y 1625, hace ahora 400 años...

El título fue, directamente, El caballero de Olmedo y, en efecto, se inspiraba, a través de la canción, en un mito existente por lo menos un siglo antes. Habrá que llegar al siglo XX para que otro genio de la Literatura como Federico García Lorca convirtiese noticias de sucesos en universales dramas de amor. El 6 de noviembre de 1521, un tipo de Olmedo (Valladolid) llamado Miguel Ruiz mató a su vecino Juan de Vivero cuando regresaba de la fiesta de los toros de Medina del Campo. Al lugar del asesinato se le iba a conocer desde entonces como La cuesta del Caballero, y el suceso no solo derivaría en romances de boca en boca, sino incluso en una comedia anónima titulada El caballero de Olmedo y la viuda por casar, curiosamente escrita hacia 1606, que fue cuando la corte se había trasladado precisamente a Valladolid...

Esos son los ingredientes históricos. La obra de arte de Lope, totalmente escrita en verso, los magnifica para integrar incluso al rey Juan II y al condestable Álvaro de Luna en una feria de Medina al que llega el misterioso Alonso Manrique, con su criado Tello, para enamorarse de Doña Inés, de quien a su vez estaba ya enamorado Don Rodrigo. Otro caballero, Don Fernando, está enamorado de la hermana de la protagonista, Doña Leonor, pero esta pareja tiene mucha menos importancia en la obra. El padre de la dama, Don Pedro, no parece tener un papel tan decisivo como Fabia, una versión lopesca de la mismísima Celestina que consigue enlazar a la dama con el galán mediante el artificio de obligarle a escribir una carta sin conocer siquiera al destinatario.

El caso es que Alonso, al comienzo del segundo acto, está absolutamente entregado a la causa de casarse con doña Inés, cueste lo que le cueste: “Tello, un verdadero amor / en ningún peligro advierte. / Quiso mi contraria suerte / que hubiese competidor, / y que trate, enamorado, / casarse con doña Inés; / pues ¿qué he de hacer, si me ves / celoso y desesperado?”, dirá. Y a continuación se transmutará en una especie de Calisto pero sin la sombra de la bobería del personaje de Rojas, sino con la solemnidad que solo Lope de Vega podría imprimirle por experiencia propia: “No creo en hechicerías, / que todas son vanidades; / quien concierta voluntades, / son méritos y porfías. / Inés me quiere, yo adoro / a Inés, yo vivo en Inés; / todo lo que Inés no es / desprecio, aborrezco, ignoro. / Inés es mi bien, yo soy / esclavo de Inés; no puedo / vivir sin Inés; de Olmedo / a Medina vengo y voy, / porque Inés mi dueño es / para vivir o morir”.

Inés en su propia celda

Enamoradísima como está ya doña Inés de don Alonso, cuando la sorprende el padre a altas horas de la madrugada, esta le miente con que estaba rezando, que quiere ser repentinamente monja y aprender con una profesora de canto y un maestro de latín... El enredo está servido, y las risas también. La profesora será, caracterizada como solo las alcahuetas saben, Fabia. Y Tello aprovechará las cartas que van y vienen para simular que le enseña latín. Como las monjas no van a la feria, doña Inés no puede ver a don Alonso triunfando como destacado picador de toros que incluso le salva la vida a don Rodrigo, para desesperación de este, que ya se la tiene jurada.

Don Alonso tiene sueños premonitorios, pero apenas les presta atención y vuelve a enviar a Tello a casa de su amada para que le comunique que parte hacia Olmedo para ver a sus padres. Y a mitad del camino, se encuentra con su propia sombra, como un prólogo de su propia muerte anunciada. Incluso un labrador canturrea la conocida canción: “...la gala de Medina, la flor de Olmedo”, como un coro que vaticina el desenlace, en ese instante presente convertido en futuro ineluctable. Al momento distingue a don Rodrigo, don Fernando y al criado Mendo, quien lo mata de un disparo. Es Tello quien se lo encuentra en un charco de sangre, todavía vivo, y lo lleva ante sus padres.

Fama eterna

A todo esto, doña Inés ya ha desvelado la verdad de su corazón a su padre, a quien le parece estupenda la boda, aunque son Don Rodrigo y Don Fernando quienes se presentan allí para pedirles las manos de sus hijas. También acude Tello, para contar la verdad: “Aquí, gran señor, no puedo / ni hacer resistencia al llanto, / ni decir el sentimiento. / En el caballo le puse / tan animoso, que creo / que pensaban sus contrarios / que no le dejaban muerto. / A Olmedo llegó con vida, / cuanto fue bastante, ¡ay, cielo!, / para oír la bendición / de dos miserables viejos, / que enjugaban las heridas / con lágrimas y con besos. / Cubrió de luto su casa / y su patria, cuyo entierro / será el del fénix, Señor, / después de muerto viviendo / en las lenguas de la fama, / a quien conceden respeto / la mudanza de los hombres / y los olvidos del tiempo”.

Cuando el rey pregunta por los traidores, Tello le contesta que están presentes. Y el monarca, justiciero, no lo duda: “Prendedlos, / y en un teatro mañana / cortad sus infames cuellos: / fin de la trágica historia / del Caballero de Olmedo”.

Lope de Vega había dejado, veinte años atrás y en otras páginas, un soneto, de los miles que escribió, que resumía ya esa modernidad platónica que consistía en subrayar la manriqueña vida de la fama por encima de cualquier circunstancia vital:

La muerte para aquél será terrible
con cuya vida acaba su memoria,
no para aquél cuya alabanza y gloria
con la muerte morir es imposible.

Sueño es la muerte y paso irremisible,
que en nuestra universal humana historia
pasó con felicísima vitoria
un hombre que fue Dios incorruptible.

Nunca de suyo fue mala y culpable
la muerte a quien la vida no resiste;
al malo, aborrecible; al bueno, amable.

No la miseria en el morir consiste;
solo el camino es triste y miserable,
y si es vivir, la vida sola es triste.


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