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El periodismo y la vida, entre dos crisis

Libros del Asteroide saca la segunda edición de ‘Ya sentarás cabeza’, de Ignacio Peyró, actual director del Instituto Cervantes en Londres, una delicia de diario infinito en el que su autor, en la mejor tradición de Pla o Umbral, es capaz de hechizarnos sin necesidad de una trama fija

Álvaro Romero @aromerobernal1 /
03 abr 2021 / 17:24 h - Actualizado: 03 abr 2021 / 17:25 h.
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  • Fotos: Rita. Á. Tudela
    Fotos: Rita. Á. Tudela

A estas alturas en que la gente solo lee redes sociales o novelones históricos de miles de páginas, es un mérito en peligro de extinción no solo publicar un exquisito diario en el que hablar de todo y de nada, y sobre todo de uno mismo, en esa transición entre la juventud soñadora y la madurez capaz de soñar mientras se sigue escribiendo, sino que una colección como la de Libros del Asteroide, que publica joyas de Chaves Nogales para arriba, acabe de sacar la segunda edición de Ya sentarás cabeza. Cuando fuimos periodistas (2006-2011). Su autor, el todavía joven Ignacio Peyró (Madrid, 1980) ha recibido los nuevos ejemplares en el Londres confinado donde ejerce nada menos que de director del Instituto Cervantes, y es uno de esos raros ejemplares de prosista cultísimo capaz de tenerte pegado a sus páginas no por el inquietante argumento de una historia, sino por la cantidad de argumentos en las miles de historias que componen el rompecabezas de una realidad infinita cada vez más parecida a aquel callejón de los espejos en el Madrid donde se cuece todo: la cultura, la política, la gastronomía, el periodismo y esa variante cazurra que se llama televisión, la vida.

En efecto, el lustro al que corresponde este dietario de casi seiscientas páginas se extiende entre aquella época delirante en que Zapatero soñaba con la Alianza de Civilizaciones mientras el poder fáctico del país se entendía con el taco de cada cual y aquel otro momento en que Rajoy aterriza por la Moncloa y todo el país ha asumido ya que la crisis más profunda ha sido no haberla visto venir. Entre 2006 y 2011, a Ignacio Peyró le da tiempo a soñar con ser periodista, serlo de ese modo precario en que solo se puede ejercer incluso en los periódicos más nacionales de este país, como cronista parlamentario, como jefe de Cultura, como editorialista; hacer sus pinitos en la televisión de la derecha; subir escalafones en las redacciones a pesar de los compañeros y el rencor preventivo de ciertos jefes; y terminar escribiéndole discursos a la Cospedal antes de que lo llamaran de Moncloa para ganar más e imaginar menos. Pero todo se vive con la versatilidad que da la capital del reino en plena soltería: “El Madrid de la prensa ofrece estas curiosidades: uno empieza el día en el Ritz, al mediodía está en el Intercontinental, termina la tarde en el Palace y –por supuesto- sigue siendo igual de pobre”.

Ya sentarás cabeza, a pesar de su extensión, se lee rápido, sobre todo, por lo bien escrito que está. Da gusto resbalarse por sus páginas que componen años (seis en total), por esos párrafos heterogéneos en los que lo mismo te encuentras con una prosa poética sobre el abuelo muerto que con un análisis finísimo de la esencia de una ciudad, por ejemplo la nuestra, Sevilla, a cuenta de la torre Pelli: “Que una caja y un alcalde decidan que, como el prodigioso horizonte urbano de la ciudad no ha cambiado desde el Siglo de Oro, ya es hora de demostrar que somos mucho más avispados que nuestros antecesores. Esa paletería, la necesidad decir que a modernos no nos gana nadie, no ha sido infrecuente en España –ni fuera-, y en su propio patetismo lleva su condena: del mismo modo que nadie espera un aeropuerto que sea una obra de arte, sea en Barcelona o en Ciudad Real, cualquier rascacielos en Sevilla parecerá un tachón en la piel de la ciudad”, escribe Peyró ya en las páginas correspondientes a 2011, evocándonos sin pretenderlo qué hubiera dicho aquí Romero Murube si no llevara medio siglo muerto, y añade: “Sin embargo, hay algo peor: lo grave de la torre Pelli es que solo puede ser algo, solo puede llamar la atención y hacerse un nombre porque comparte perspectiva con la Giralda. Por nada más”.

La inteligencia, la sátira y hasta el fino humor –empezando por sí mismo- de Peyró, siempre al límite de la cruel observación de quien conoce el pálpito de sus semejantes –desde el ambiente del opus al de casi todas las periferias-, nos lleva a doblar la esquina de incontables páginas por su profundidad filosófica, o por su lirismo, o por de su desparpajo hilarante, o por todo a la vez.

Peyró habla de todo, y sin complejos: “En nuestros días, casi nadie puede vivir el toreo con la naturalidad de antes –de ahí que sea reducto para el neomajismo de quienes van a lucir chaquetita o Cohiba a la plaza y que ni siquiera son ya una horda del sur enriquecida y boba, sino una póstuma aspiración a serlo”, concluye tras varias páginas dedicadas a la tauromaquia, por ejemplo. En 2009, ya escribió que “alguien vaticinó el final del felipismo cuando González apareció en las fotos fumándose no el puro de la victoria sino los cigarrillos de la ansiedad”, y añade, tan profético entonces: “De aquellas corrupciones a esta crisis, cuentan que Rodríguez Zapatero vuelve a fumar esos pitillos que nunca abandonó y que en este momento son ya los únicos no le abandonan”.

En sus páginas hay lugar para muchos nombres. “Víctor Márquez Reviriego. He venido varias veces a verle simplemente por el placer de oírle”, escribe, y añade: “Leí algunos libros suyos –ese de la conquista andaluza de España- en los noventa. Muy lector, como los periodistas de antes. Era un cronista espléndido. Nadie se acuerda de él y, lo peor, nadie se acuerda de esa maravilla”.

Peyró asiste a la party incesante de aquellos años en que él transitaba todavía entre la universidad a la que volvía como observador y el Congreso donde observaba aún con aire universitario lo que encerraba de impúdicamente mundano, que era casi todo. El narrador, unas veces más cuentista y otras más argumentador, no se guarda nada con respecto a personajes que ya nos parecen muy de otra época, aunque tuvieran su momento hace solo una década: José Bono, Boadella, Rubalcaba, López Aguilar, Moragas, Moratinos, Álvarez Cascos, Tomás Gómez, María Teresa Fernández de la Vega, Martínez Pujalte, Tezanos en otra versión de sí mismo... Y es capaz de vislumbrar en 2009 el fin de una era con una foto fija: “Un síntoma visible de la crisis es la desaparición, en los restaurantes, de ‘la mesa de los constructores’, que incluía también a concejales y arquitectos. Ha sido el último teatro de costumbres. Todo empezaba con gambas rojas y terminaba con pocillos de Cardhu, bocanadas de puro y una partida de cartas con mucho billete, algo así como la vida bohemia cuando uno tiene cincuenta años, la mujer en el taxidermista y una secretaria que trabaja por nosotros”.

El periodismo y la vida, entre dos crisis

De esa apabullante época de transiciones entre dos crisis distintas, data su participación en La Noria, aquel programa de Jordi González al que le levantaban la audiencia “perros viejos” como Jaime Peñafiel y María Antonio Iglesias y al que el novato en todo Peyró no renuncia a ir porque eran mil euros. “Solo sabemos que la vida va en serio cuando comienza a vengarse de nosotros”, dirá, corrigiendo con dolor a Gil de Biedma, el cronista de su propio ascenso sin abandonar nunca los periódicos, hasta que un día de 2011, al salir de El gato al agua -aquel programa de Intereconomía, cuyo patrón, Julio Ariza, es tan minuciosamente radiografiado en el libro- le proponen que “por qué no escribe para ellos, es decir, para el gabinete de Cospedal.

Peyró, que confiesa que “los políticos no saben lo bien que se lo pasan sus escritores de discursos –y sus gabinetes- a costa de ellos”, se estrena entonces en un acto de mayores en Toledo. “En el texto mencioné que aquí en Castilla-La Mancha sabemos mucho del valor de los mayores porque Cervantes, al escribir el Quijote, era un viejo. Lo decía en bonito, claro. Al parecer la cosa gustó”, recuerda, antes de ir concluyendo que “habrá sido un síntoma del zapaterismo el pasar de la generación del mileurismo a la generación que ya quisiera rozar los mil euros al mes”.

Ya de esta última época nos suenan más cercanos otros personajes: “Tal vez Luis Bárcenas no sea un corrupto”, aventura con retranca, “del mismo modo que quizá Nicolas Sarkozy tenga la humildad de una clarisa o Silvio Berlusconi sea, en el fondo, un hombre tímido y apocado, con problemas para socializar con las mujeres”.

El también autor de Comimos y bebimos. Notas de cocina y vida (Libros del Asteroide, 2018) asegura que este extenso diario “no es un libro, sino un hombre”. Y después de estas dos ediciones en apenas medio año, asegura con esa pasmosa naturalidad de quien parece –solo parece- no despeinarse jamás que espera ofrecer más entregas de este tipo. Desde luego, la lucidez de su prosa inconfudible, su dandismo ilustrado y la elegancia en sus críticas observaciones nos vendrían como agua de mayo en este secarral de crisis solapadas al que también la pandemia nos ha venido a acostumbrar.


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