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El último poemario de Gallardoski: a punto de saber quién es

El sanluqueño Juan Antonio Gallardo publica ‘Pronto sabré quién soy’, una profunda introspección en la que el verso de Borges se antoja más amenaza que ilusión

Álvaro Romero @aromerobernal1 /
13 jul 2022 / 16:58 h - Actualizado: 13 jul 2022 / 17:00 h.
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Juan Antonio Gallardo no nació en Sanlúcar de Barrameda (Cádiz), sino en la orilla de enfrente, Huelva, y sin embargo fue la ciudad de la manzanilla la que hizo de él un poeta siempre en busca de sí mismo. Tal vez fue Doñana, tan legendaria y en la mano, o las amistades con otros tantos poetas en similar estado, o la posibilidad del rock para un hombre que se ha ganado la vida con los números. Pero el caso es que, a estas alturas de su vida –tan larga como la del rey-, tiene una obra considerable, especialmente en verso, y que ha ido creciendo en los últimos 30 años: La parábola más falsa (1994), Pasto de las llamas (2003), La tristeza de los días laborables (2016), Correspondencias (2018), ¿Te acuerdas de nosotros? (2019) o Cuadernos de los poemas de mañana (2020), entre otros. También ha indagado últimamente en el relato corto y la novela (Rara avis, o Parada y fonda y Estos días). Un escritor que no puede dejar de ejercer lo suele demostrar en sus permanentes artículos, y también Gallardoski –ese seudónimo entre bolchevique y simpático que usa desde hace tanto- ha escrito en prensa lo suyo.

Con este último poemario, titulado con un verso de Jorge Luis Borges, y presentado la semana pasada en una bodega sanluqueña, hace una profunda introspección en sí mismo con la amenaza velada de descubrirse, como sentencia en el epílogo: “No creas que protesto tu presencia, / no pienses que desprecio el atavismo, / solo al cielo exijo, pido a la tierra / que me permita un día ser yo mismo”. Al fin y al cabo, la condena más íntima de todo poeta es ir espulgando entre heterónimos para dar exactamente con el íntegro Pessoa que se lleva dentro. A la palabra le habla cuando escribe: “Tu llegada, a veces, tenía forma / de poema, prosa caótica otras, / ordenada canción, paisajes, notas / los versos, en fin, cautivos en su horma. / Me has perseguido así, toda mi vida, / tal vez gracias a ti soy quien hoy soy”.

El libro, publicado por la editorial mallorquín La Lucerna, está dividido en tres partes: “Fundación”, “Sala y alcoba” y “Éramos pocos”. En la primera parte –que el autor llama libro primero-, bucea por algunos motivos trascendentes de su propia poética. “De los pájaros envidio más que el vuelo, la perspectiva”, dirá al principio, como una antesala que explicaría no solamente el título de todo el poemario, sino su íntima torpeza existencial: “Algunos han conseguido construir herramientas / modelando las ramas de su nido. Yo no sabría / -no he sabido- construir un nido confortable”, dirá, mucho antes de reflexionar frente a un nido abandonado de golondrinas: “¿Comenzará, en fin, desde la mierda, otra vez / la vida? Hay que ver, cómo está el mundo, y uno / aquí; hablando de un nido de golondrinas que esta / mañana, abandonado ya por ellas, pareciera que nos deja / el día más solitario y a nosotros un poco más / melancólicos”. Y ya en el epílogo le reconoce a su apego a la palabra su propia autoconstrucción, en deliciosos endecasílabos que contrastan adrede con la libertad métrica casi el resto: “Me diste paz, amigos, libertades, / pero el sustento vino en los despachos, / contable, como Bernardo Soares / los números me dieron un salario. / Y me dieron esta melancolía / que ya no culpa a nadie de su suerte, / mi prosa, mi canción, mis poesías / puede que solo fueran accidentes / y como tantos otros de mi estirpe / debiera haber mi tiempo aprovechado / para ganar dinero y convertirme / en un experto en algo, afortunado”.

En el poema “Tribu” aparece ya esa sentencia becqueriana de que seguirá habiendo poesía, a pesar de la gramática, de la física, de Mozart, de los viajes al espacio y de la muerte: “Si a todo eso hacemos caso, nos acaba pareciendo / que la creación del mundo y el nacimiento de la vida / fiándolo todo a la evolución o al azar, fue bastante / rudimentaria, una especie de chapuza que / perpetró a sus anchas el buen dios, cuando era niño. / Y, pese a todo, los que hemos visto el amanecer / esta mañana, su belleza, nos miramos / los unos a los otros como si conociéramos / un secreto que es solo nuestro”. En esa fundación se entrevé la influencia de Pedro Salinas que asoma a veces tan límpida en el libro, con los estragos de casi un siglo de por medio: “Porque guardo en el bolsillo / arena del espejismo / y también guardé el recuerdo / de tu cuerpo bello y joven / posando tras la palmera / ¡Existe! dice la foto / que esgrimo como una prueba / de que no fue todo un sueño”.

El último poemario de Gallardoski: a punto de saber quién es

Narrativa del recuerdo

La parte central del libro hace honor a esa condición en todos los sentidos. Se titula como el primer poema, “Sala y alcoba”, y por ahí transitan la abuela, la madre, la hija, la prima, algunos primeros amores, los amigos, los bares y hasta su admirada Gloria Fuertes. De aquel tiempo pretérito valora: “No era fácil quererse, quien lo vivió lo sabe. / La felicidad que ahora se ha puesto tan de moda / era un sueño inasible para nuestros abuelos / que pasaron la vida en las casas de vecinos / y en aquellos tugurios de la sala y la alcoba”. Igualmente valora su nacimiento a la poesía, con el endecasílabo otra vez por bandera: “Yo comencé a escribir contra mí mismo / cuando me descubrí mirando al cielo / sin la palabra exacta y sin medida. / Cuando la angustia le pudo al prestigio, / y no tuve reparo en decir rabia, / y dije dios no existe, no hay justicia, / ni santos de uniforme verde olivo, / ni arcadias y no hay lugar en el mundo / en el que no sufran siempre los mismos”.

Hay un poema que brilla por sí mismo en todo el libro, que tiene la fuerza lírica de su título y su motivo y toda la narrativa del recuerdo acumulada en sus cuatro partes: el titulado “Cicatriz”, dedicado a su prima Rosa Mari Ramos. El poema sueña por el tiempo –pasado y futuro frente al doloroso presente de su escritura- sobre la contemplación de una pequeña cicatriz en la mano derecha datada en 1977 y producida por la rotura de los cristales de una ventana, cuando él protegió a su prima, ya fallecida, adelantando su mano, cuya vieja cicatriz es capaz de convocarlo todo. “Pensábamos que conocíamos al miedo, pero no, / era un juego más, un cosquilleo, perplejidad / en todo caso. El miedo lo hemos descubierto / con los años. Y es mucho más letal / de lo que podríamos haber imaginado”.

Hay otro poema que también empuja al llanto sin alharacas, el dedicado al cumpleaños de su madre: “Hoy le dije a mi madre que la quiero / lo que debía ser casi costumbre / ha suscitado en ella una emoción / y se la ha puesto un nudo en la garganta, / pidiéndome perdón por esas cosas / que yo había perdonado hace tanto. / Que fue mucho el dolor, poco el reproche / -angustia que ambos hemos compartido-. / Hoy le dije a mi madre que la quiero / y pensé que ojalá no fuera tarde / para que ella aprendiera a perdonarme”.

En “Éramos pocos”, en fin, que titula la última parte, el poeta reúne la potencia del vamos a contar mentiras con las hazañas de las fake news, desde la luna que no pisó jamás el hombre hasta los efectos nocivos de las vacunas contra el Covid, para concluir, tan certero: “El hombre no ha estado nunca en la luna. / El hombre está siempre en la luna”.


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