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Encantador, ambicioso y nada frívolo: Màxim Huerta de cerca

La gran sorpresa del gabinete de Sánchez no es muy valorado como escritor, pero quienes lo han tratado lo ven preparado para el cargo

07 jun 2018 / 18:40 h - Actualizado: 07 jun 2018 / 21:46 h.
  • Màxim Huerta, con la reproducción del Giraldillo de Cajasol a la espalda, en una de sus últimas visitas a Sevilla. / Luis Serrano
    Màxim Huerta, con la reproducción del Giraldillo de Cajasol a la espalda, en una de sus últimas visitas a Sevilla. / Luis Serrano

Lo dice una veterana trabajadora del sector editorial que conoce bien a Màxim Huerta, apenas unas horas después del nombramiento del escritor como nuevo Ministro de Cultura: «Solo puedo decirte que es encantador, una persona maravillosa. Muy colaborador y con las ideas clarísimas, y lo que es más importante para el puesto que va a ocupar: un luchador por los derechos de la cultura. Quienes lo critican porque salga aquí o allá no lo conocen: no es para nada frívolo. Sí divertido, que es otra cosa. Pero se pegó seis años llevando los informativos en Valencia, y eso solo lo puede hacer alguien muy serio trabajando».

El anuncio de que Huerta detentaría la cartera de Cultura en el nuevo gobierno socialista, lleno de expertos, pilló con el pie cambiado a la intelectualidad española, que no aprecia demasiado al autor de novelas como No me dejes, La noche soñada o Una tienda en París. Tampoco ayudó mucho que este valenciano de 1971 sea un rostro popular gracias a su participación en el programa de Ana Rosa Quintana.

«Conocí a Màxim Huerta en un encuentro con clubes de lectura en Málaga, hace unos meses», comenta el reputado periodista malagueño Pablo Bujalance. «Lo primero que me llamó la atención es su amor apasionado por la literatura. En aquel encuentro contó emocionado el día en que, por ejemplo, recibió en su casa una felicitación de Juan Marsé por una de sus últimas novelas. Nos habló de su relación Ana María Matute –es un enamorado de aquella Barcelona, sí–, de su querencia por Jaime Gil de Biedma. También contó que es uno de los pocos escritores españoles, como Pérez-Reverte, que van a la imprenta el día que se van a imprimir sus libros para ver cómo nacen»

Bujalance recuerda que «después, en petit-comité, hablamos mucho del París literario y de las vanguardias, que conoce muy a fondo –tiene una casa en París y vive allí algunas temporadas–, y sus gustos literarios –y cinéfilos–, que son muchos y muy variados. En el trato es amable, atento, cuida los detalles. Dedica a cada lector su tiempo y no tiene prisa. No es un vendedor de humo, en absoluto, pero sabe hacerse querer. Es decir, yo ya sabía que Huerta es un escritor más allá de su pasado televisivo, pero pude comprobar hasta qué punto ha hecho de la literatura su primera referencia vital. Es consciente de que la gente lo conoce más por Ana Rosa Quintana y todo aquello, pero tampoco parece importarle mucho. Tiene muchos lectores y se siente muy agradecido», agrega.

«Creo, personalmente, que Huerta pudo haber tomado muchos atajos para convertirse en un best-seller inmediato. Lo tenía muy fácil. Pero escogió otro camino menos directo, y por eso merece mi respeto. Su literatura no es la que más me gusta, pero sí me parece que es muy buen escritor. No sé cómo le irá como ministro. No diría que tiene un perfil muy político, pero sí que es tajante en sus afirmaciones, que llama blanco a lo blanco y negro a lo negro. No lo veo inclinado a la corrección política. Pero, si se trata de hacer una valoración de él como escritor, diría que no he visto a muchos autores que exhalen un amor tan evidente por la literatura».

Los libreros refrendan esta opinión. En la sede de la Casa del Libro recuerdan cómo «en la presentación de su anterior libro se mostró extremadamente cercano con sus lectores, parecía conocer muchos detalles personales, de haber cuidado bastante los lazos por redes sociales. En plan ‘Maxim, te traigo a mi chiquillo para que te conozca’. Se entregó en cuerpo y alma, tres horas sin levantarse hablando con todos sin mesura. Aún después de esa maratón, tuvo paciencia para esperar al cierre y fotografiarse con los compañeros de la librería», evoca una librera.

«Correcto y entregado, pero no dicharachero ni meloso. Por otro lado, llegó con diez minutos de antelación y los usó para tomar un café en la esquina, pero sin pasarse ni un minuto de su hora, como un oficinista fiel, con control absoluto. No tuvo ninguna extravagancia, es más bien austero», añaden.

Cristóbal Cervantes, otro de los periodistas que lo presentó en una de sus giras promocionales, se considera «el primer sorprendido» con la noticia. «Le he presentado-entrevistado en un par de ocasiones y no me pareció que en su futuro pudiera estar la política. Destacaría su naturalidad. Quizás para algunos, excesiva o muy estudiada. Creo que es un hombre ambicioso, algo que me parece legítimo. Es alguien que te cae bien –muy bien– o que resulta insoportable».

España ha tenido al frente del Ministerio de Cultura (con sus distintas adiciones: Educación, Deporte...) a un historiador franquista como Ricardo de la Cierva (1980), a un futuro secretario general de la OTAN como Solana (1982-1988), a un escritor de unánime prestigio como Jorge Semprún (1988-1991), pero también a políticos profesionales como Esperanza Aguirre o Mariano Rajoy. Incluso un sevillano presidió dicha cartera, Manuel Clavero Arévalo, –con la Unión de Centro Democrático (UCD) de 1979 a 1980–, y una sevillana de adopción, Soledad Becerril (1981-1982, también con la UCD). Màxim Huerta viene a sumarse a esta heterogénea nómina envuelto en una polémica multiplicada por las redes, pero siendo saludado ya por unos versos del alcalareño Juan Álvarez, que lo comparan favorablemente con su antecesor y su costumbre de cantar Soy el novio de la muerte en los desfiles: «Pues no sé tú, compañero/ pero, ya puestos, te digo/ que pa’ Cultura prefiero/ un ministro novelero/ a un legionario De Vigo».


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