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Hallenberg y la Barroca salvan un programa accidentado

La mezzo Ann Hallenberg sustituye a la inicialmente programada Anna Bonitatitubus, mientras la Barroca supera un cambio integral de programa

19 ene 2020 / 11:05 h - Actualizado: 19 ene 2020 / 11:55 h.
"Orquesta Barroca de Sevilla","Teatro de la Maestranza"
  • Hallenberg y la Barroca salvan un programa accidentado

Cita en Maestranza. Ann Hallenberg, mezzosoprano. Orquesta Barroca de Sevilla. Andoni Mercero, concertino-director. Programa: Arias de ópera de Pietro Torri, Antonio Vivaldi, Giuseppe Maria Orlandini y Georg Friedrich Händel; Concierto para 4 violines Op. 3 n. 10 RV 580, de Vivaldi; Sonata a 5 HWV 288, de Händel. Teatro de la Maestranza, sábado 18 de enero de 2020

Rememorando los conciertos que se celebraron en el solar que hoy ocupa el Teatro de la Maestranza en la década de los ochenta del pasado siglo, el coliseo sevillano ha inaugurado esta temporada un ciclo que recupera aquel mítico título, Cita en Sevilla.

Ahora Cita en Maestranza se convierte en un pretexto para disfrutar de grandes artistas en diversos campos de la música, como la mezzosoprano sueca Ann Hallenberg y el siempre refinado mundo de la ópera barroca que tan bien domina. La de anoche fue sin embargo una cita maldita desde el principio, sometida a incidentes que a punto estuvieron de malograrla íntegramente. La inicialmente programada mezzo italiana Anna Bonitatibus anunció apenas unos días antes su indisposición para acometer el exigente programa diseñado, por lo que tuvo que ser sustituida a última hora por Hallenberg, a quien ya tuvimos ocasión de disfrutar en aquel mítico duelo con Vivica Genaux hace exactamente dos años, y que prepara ahora su debut en el Maestranza en un título operístico, la Agrippina de Haendel que se representará a mediados del mes próximo.

Sin embargo también ésta experimentó un presunto menoscabo de sus facultades apenas un día antes del recital, por un incipiente proceso catarral. Todo apuntaba a la cancelación de este concierto integrado en el programa de abono de la Barroca de Sevilla, pero la profesionalidad y responsabilidad de la mezzo superó la adversidad hasta el punto de que si no se nos hubiese avisado antes del inconveniente, ni nos hubiéramos dado cuenta. Aunque dicen que ostenta récord de cancelaciones por adversidades similares, todavía recordamos cuando un desvanecimiento en el Festival de Santander de 2015 le obligó a retrasar su comparecencia más de una hora, lo que junto a la contingencia de ayer parece desmentir tal récord.

Abanderada de la recuperación de autores hoy olvidados, Hallenberg comenzó su particular itinerario por mujeres sufrientes y despreciadas del repertorio barroco con un aria de bravura de Pietro Torri que entona Fedra en el drama Hipólito de 1731. Un acompañamiento medido del efectivo instrumental integrado por dieciséis maestros y maestras de la Barroca, encargado de potenciar el carácter atormentado de la pieza, sirvió para enaltecer las facultades canoras de la mezzo, de efectivas pero nunca efectistas agilidades y un buen gusto para la modulación que se mantuvo durante toda la velada. La estructura absolutamente simétrica de la primera parte del recital le llevó a entonar como un lamento la conocida Sposa son disprezzata del Bajazet de Vivaldi, un andante que Mercero y la cuerda acompañó con tanta firmeza como ella paladeó sus melancólicas estrofas. Sin embargo empezó a vislumbrase cierta monotonía en el repertorio y el estilo de la vocalista, quizás rutina que rompió un enérgico y vistoso Concierto para cuatro violines RV 580 del prete rosso, más popular por la transcripción para cuatro claves que realizó Bach unos años después, con el que los cuatro solistas, Mercero, Rossi, Gandía y Sánchez, alternaron y combinaron sus agilidades y patente expresividad de forma impecable. Un patético y conmovedor Sonno, che dolcemente de Griselda de Torri, que volvió a demostrar que su música apenas tiene un discreto interés, y que Hallenberg cantó con elegancia, precedió al agitado Alma opressa de La fida ninfa de Vivaldi, un aria de coloratura que sirvió de nuevo para una exhibición virtuosística y perfecto control de la respiración de la cantante, pero sin florituras superfluas ni desmanes expresivos.

En la segunda parte fue una comedida Sonata a 5 en Si bemol mayor de Haendel, servida con dulzura casi pastoral, la que dividió en dos la exhibición de Hallenberg, esta vez centrada en música de mayor enjundia. Empezando por otro aria de coloratura de otro de los compositores que la mezzo ha grabado para la posteridad, Giuseppe Maria Orlandini, Non sempre invendicata, vistosa y combativa, de su ópera Adelaide, y siguiendo con dos arias elegantes del compositor alemán, Sibilando, ululando, de Teseo y un conmovedor Vieni o figlia de Ottone, re di Germania, que Hallenberg defendió con considerable vehemencia y espíritu doliente, hasta finalizar con un espléndido Where shall I fly del oratorio Hércules, acometido siempre desde un control mesurado de la expresión y la agilidad que celebramos por su elegancia tanto como lamentamos por su discreción y monotonía. No faltó en la propina el recurrente Lascia che io pianga, y no hubo más por disculpar le mengua de facultades provocada por la indisposición de la poco diva artista. Quizás la urgencia del cambio de programa propició cierta falta de coordinación que nos pareció atisbar entre orquesta y cantante en algunos pasajes, teniendo en cuenta que el repertorio se adecuó a ella, pero cogió por sorpresa a los músicos, que solo mantuvieron del programa inicial las piezas estrictamente instrumentales.


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