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Historia documentada del ‘Indiana Jones’ andaluz

La editorial Almuzara lanza una clarividente biografía del arqueólogo Pelayo Quintero Atauri, obra del investigador sanluqueño Manuel Parodi que arroja luz sobre un personaje del que solo resplandecía la leyenda de haber vivido en Cádiz, presuntamente sin saberlo, sobre el sarcófago fenicio femenino que buscó durante toda su vida

Álvaro Romero @aromerobernal1 /
02 may 2021 / 13:27 h - Actualizado: 02 may 2021 / 22:38 h.
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Cuando Howard Carter descubrió la tumba de Tutankamón en el egipcio Valle de los Reyes, en el otoño de 1922, Pelayo Quintero podría haber descubierto, también por casualidad, el sarcófago fenicio femenino que se encontraba justo bajo la palmera de su propio chalé gaditano, La Quinta, situado en la entonces calle Ruiz de Alda. Sin embargo, después de llevarse media vida buscándolo por todo el entorno de la Bahía de Cádiz, este precedente de la Arqueología española contemporánea habría de morir en la orilla de enfrente, en Tetuán (Marruecos), en 1946, sin sospechar siquiera que tantos años después, en 1980, una excavadora chocaría contra el mármol del valioso sarcófago en el transcurso de una obra para colocar los cimientos de un nuevo edificio. El genial Fernando Quiñones habría de dejar constancia de aquella ironía del destino en su relato Los perdedores, en 1987. Y veinte años más tarde, el también gaditano Felipe Benítez Reyes haría lo propio en su libro Mercado de Espejismos: “Quintero Atauri tuvo, en fin, un sueño, pero nunca supo que dormía sobre ese sueño. Jamás se nos ocurre mirar la tierra que pisamos cada día de nuestra existencia, aunque la mayoría de las veces esa tierra pisoteada es el único tesoro accesible: un lugar insignificante en el universo”.

Y es que, en rigor, la figura de Pelayo Quintero, pese a su importancia rigurosa como uno de los padres de la Arqueología española y marroquí, nos había llegado injustamente envuelta en un halo de leyenda que llevaba mal amarrado el propósito de desvanecerla por nunca se sabe qué motivos envidiosos, según la tesis del investigador Manuel Parodi, nacido en Puerto Real y hecho un hombre en Sanlúcar de Barrameda, doctor en Historia, también arqueólogo, analista y gestor de Patrimonio cultural, amén de incansable divulgador en prensa y en su veintena larga de libros, en cuyo prólogo a Pelayo Quintero. La aventura de un pionero de la Arqueología en España y Marruecos a principios del siglo XX dice el exministro y ya editor Manuel Pimentel: “Parodi, brillante, culto e incisivo, ha escrito, tras años de trabajo, la más profunda biografía de Pelayo Quintero Atauri, una semblanza que ha llegado para quedarse y trascender”.

El piropo es más profundo de lo que aparenta porque el propio Pimentel ha sido un enamorado de la figura de Pelayo Quintero y podría haber sido él mismo quien escribiera el libro, según reconoce el propio Parodi, agradecido ahora del cúmulo de casualidades para que su obra acabe de ver la luz, desde que su padre (fallecido hace dos años) hiciera la mili en Tetuán y le legase “una memoria de sitios que no había visitado aún, desde pequeño” hasta la oportunidad de biografiar de un modo absolutamente serio la figura de quien lo fue todo, culturalmente hablando, en el Cádiz que tantos años lleva también focalizando el sanluqueño Parodi.

Historia documentada del ‘Indiana Jones’ andaluz

Biografía de un humanista

La biografía que acaba de ver la luz en la editorial Almuzara traza una documentada trayectoria por la vida de este manchego nacido en Uclés (Cuenca) en 1867 y muerto en Tetuán, la capital del Protectorado español en Marruecos (en 1946), adonde se aparta tras la victoria franquista como director de su Museo Arqueológico y después de haber trabajado en plena senectud en las importantes excavaciones de Tamuda, el yacimiento de la ciudad púnico-mauritana sobre la que se instala un castellum de época romana que debió de existir desde el siglo III a. C. Para entonces, Quintero ya rondaba los setenta años y se había convertido en un pionero de la Arqueología andaluza a pesar de tantos pesares y deslumbramientos. El primero de ellos se produjo en 1887, cuando el joven Quintero todavía andaba por su Cuenca natal y se descubrió el sarcófago antropoide masculino en la gaditana necrópolis Punta de la Vaca.

Quintero imaginó muy pronto que, muy cerca, debía de encontrarse un sarcófago femenino, y lo buscó incansable, sobre todo entre 1915 y los años de la Guerra Civil, que es el período más fructífero de su labor como director del Museo de Bellas Artes de Cádiz que habría de fundirse con el Museo Arqueológico de la milenaria ciudad, presidente de la Real Academia Hispanoamericana de Ciencias y Artes, de la Comisión Provincial de Monumentos y un larguísimo etcétera que hizo de este hombre -profesor de Dibujo en varias facultades en Málaga y Granada antes de recalar en La Tacita de Plata también como tal- el facto factótum de la Cultura en toda la Bahía de Cádiz durante los últimos años del reinado de Alfonso XIII, la Dictadura de Primo de Rivera y la II República...

Un andaluz de Cuenca

Pelayo Quintero se había fogueado como arqueólogo en su Cuenca natal gracias a que un tío suyo, Román García Soria, había sido el máximo responsable de las excavaciones en el antiguo núcleo prerromano de Segóbriga, en el llamado Cabeza del Griego, en la localidad de Saelices. Allí, donde el Estado financiara por primera vez una investigación, apareció una impresionante ciudad celta y romana sobre cuyos alzados encargaron al joven Quintero la tarea de dibujante.

De su paso por Sevilla, en esa llamada del Sur que tan bien va desgranando Parodi en su libro sobre un joven Quintero que se licencia en Derecho y Dibujo pero que también estudia la carrera de Archivero, Anticuario y Bibliotecario, quedará no solo un exquisito trabajo titulado Sillería de coro de la catedral de Sevilla (1901) –luego ampliado a Sillerías de coro en las iglesias españolas (1928), prologado por José María Pemán-, sino diversos estudios de materiales arqueológicos de la ciudad romana de Itálica, en Santiponce, e incluso diversos textos sobre mosaicos italicenses en poder de adineradas familias sevillanas y una Memoria de los mosaicos de Itálica.

No obstante, serán sus años en Cádiz, casi media vida, los que concentren no solo lo más importante de sus hallazgos arqueológicos y sus publicaciones científicas y divulgativas (Memorias de la Junta Superior de Excavaciones y Antigüedades), sino también del interesante libro de Parodi, que indaga asimismo en los últimos años en Tetuán de un Pelayo Quintero rebelde con muchas causas y buque insignia pese a todas ellas en la inauguración, por ejemplo, del Museo Arqueológico de Tetuán en el verano de 1940, mientras se estaban cociendo las más disparatadas relaciones entre espías internacionales en el fragor de la II Guerra Mundial.


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