jueves, 02 diciembre 2021
00:18
, última actualización
El reportaje literario

Imaginemos que Ian Gibson fuera español

El hispanista irlandés, nacionalizado español desde 1984, ha invocado a Lorca este fin de semana desde Trebujena y El Cuervo y ha soñado con esa República Federal Ibérica desde la que España y Portugal podrían mirar a Europa cogidas de las manos

Álvaro Romero @aromerobernal1 /
24 oct 2021 / 10:00 h - Actualizado: 24 oct 2021 / 10:03 h.
"El reportaje literario"
  • Gibson. / Juan Antonio Jiménez
    Gibson. / Juan Antonio Jiménez

El título de este reportaje literario lleva su trampa. Porque el mayor hispanista vivo lleva tanto tiempo siendo español como irlandés. Y esto no es exactamente un reportaje, sino más bien una crónica de su paso estos días por los pueblos más sureños del Bajo Guadalquivir. El viernes estuvo en la Feria del Libro de Trebujena (Cádiz) y ayer sábado accedió a la invitación del Ateneo Arbonaida, en El Cuervo de Sevilla, para impartir una conferencia en el teatro El Molino. Pero es que su último periplo por estas tierras da para imaginar qué hubiera pasado si Ian Gibson, que nació tan solo veinte días después de la victoria de Franco, el 21 de abril de 1939, hubiera sido español de toda la vida, de pura cepa. Él mismo se encargó de contestar a esta eventualidad con esa ironía fina que lo caracteriza cuando dice cosas fundamentales defendido por la retranca: “No se puede ser hispanista siendo español”.

Y lleva razón, porque Eduardo Molina Fajardo, por ejemplo, que era granadino, y falangista para más inri, tuvo que esperar a morir para que se publicara su libro Los últimos días de García Lorca. “Cuando yo presenté mi libro”, recordó ayer Gibson, “Eduardo se sentó a mi lado y reconocía que estaba de acuerdo con mucho de lo que yo contaba, pero que ya vería cuando él sacara el suyo, que tenía documentación inédita”. El libro de Gibson, publicado en París en 1971, se titulaba, abiertamente, La represión nacionalista de Granada en 1936 y la muerte de Federico García Lorca. Demasiada longitud y demasiada verdad para que lo firmara un español. Al año siguiente, incluso ampliado, se tradujo al inglés y se publicó en Londres. “Cuando yo vi por fin el libro de Eduardo, incorporé honestamente información al mío”, señaló Gibson ayer, después de recordar que Molina Fajardo tenía acceso a archivos que no le iban a enseñar a un guiri como él, que llegó por primera vez a España en 1957 sin tener ni idea de que aquí había un dictador llamado Franco. Porque lo de investigar el vil asesinato del autor de Poeta en Nueva York vino después, una vez licenciado en Literaturas francesa y española, una vez hecho profesor en Londres, allá por el año 1965, cuando ya había indagado por el barranco de Víznar Agustín Penón y él, inmensamente curioso con las concomitancias telúricas entre su Irlanda natal y esta Andalucía del llanto, se propuso dejarlo todo para investigar en el fondo de los libros y en el fondo de la tierra qué había pasado exactamente con un poeta español que había sido capaz de construir “una obra absolutamente genial en solo veinte años”.

Gibson se ha paseado estos días por Trebujena y El Cuervo con un librito en la mano sobre el que todo el mundo le ha preguntado: “Es una edición facsímil de la primera edición del Romancero gitano, publicada por la editorial Comares, de Granada”, ha repetido él, bromeando sobre el hecho de que no se lleva ninguna comisión. Con esa edición deliciosa del romancero en que Federico consagró a la luna, a Preciosa, a Soledad Montoya, a Antoñito El Camborio y al Amargo; con un cuadernito de hojas desajustadas y su móvil apagado, Gibson ha sido capaz, por la tarde y por la mañana, de hilvanar unas reflexiones que no se sabe de memoria, como dice él acerca de los versos de la luna luna cuando los recita tan apasionadamente en su español de guiri perpetuo, sino que tiene interiorizadas después de toda una vida obsesionado con ellas, a saber: que nadie pueda conocer a fondo la esencia de este país nuestro y suyo, sobre todo porque para ello haría falta saber “árabe y también hebreo, y griego y latín” y “ni siquiera Américo Castro dominaba todas esas lenguas”, ni siquiera él mismo, que ha recorrido esta piel de toro en todas las direcciones tantas veces, haciendo ese recorrido celta que lo ha llevado de Galicia a Huelva o ese otro recorrido bético que lo trae de su barrio madrileño y heterodoxo de Lavapiés al confín del Bajo Guadalquivir, o esas otras rutas que lo han conducido tras las huellas de Antonio Machado por el Levante hacia los Pirineos, o desde las Alpujarras granadinas hasta Alicante, emocionado con los periplos de Miguel Hernández, o desde allí a Calanda, en el Aragón profundo de Buñuel...

Seguramente si Gibson hubiera nacido español y no se hubiera nacionalizado así en 1984, enamorado de “la profunda cultura soterrada de este país”, no hubiera viajado ni investigado tanto porque, quizás, hubiera considerado que ya sabía muchas cosas. Es la ventaja de ser eternamente extranjero: que a uno le sobreviven esas ansias infantiles de seguir aprendiendo aunque tenga 82 años. “Todos los hispanistas tenemos un interés profundísimo por España y, especialmente por Lorca, hay un interés enorme en Rusia o en China”, recordó.

La Mae Ibéria

Ese interés, en rigor, es por toda la Península Ibérica, reconoció ayer Gibson, horrorizado porque el recorrido ferroviario Madrid-Lisboa hubiera que hacerlo de noche. El hispanista de origen irlandés recordó la primera vez que leyó el concepto de “Mae Ibéria” (Madre Iberia) en un libro de Fernando Pessoa, el más grande de los poetas portugueses. “¿Y por qué no?”, se preguntó Gibson. “¿Por qué no soñar con una República Federal Ibérica en este Europa que nos ha civilizado?”, y añadió: “Pero para eso es necesario primero la República”, y, antes aún, reconocer el “crisol de culturas” que somos, esa superposición histórica de culturas que somos “aunque a la derecha de este país no le guste reconocerlo”.

“A la derecha española le falta Cultura”

Gibson aseguró, refiriéndose a los partidos de la derecha española, que “también se puede involucionar” y que “Aznar debería hacerse ese test de la saliva que te informa de tu procedencia”, porque “a lo mejor ni Aznar sabe que su apellido es un arabismo o que España está llena de topónimos árabes, empezando por Madrid”. “Negar todo eso”, insistió Gibson en referencia a la profunda huella árabe en nuestra cultura y nuestro presente, “es una locura incluso desde el punto de vista cristiano y católico”. “Deberíamos hacer una limpieza léxica y quitar las 5.000 palabras árabes de nuestro idioma”, ironizó ayer en El Cuervo, “quitar toda esa basura lingüística, y a ver con qué nos quedamos”. “Esta derecha”, insistió, “no reconoce toda esa mezcla que somos, esa inmensa riqueza y tiene un problema”. “Deberían leer el Corán también, por qué no, pero si no leen ni la Biblia, ¿qué vamos a esperar?”, apostilló.

Imaginemos que Ian Gibson fuera español
Ian Gibson./ Juan Antonio Jiménez

El polisón de nardos

Aun sin saber español, “pero sí francés”, la primera vez que Gibson leyó el “Romance de la luna” se quedó extasiado con cada una de sus selectas palabras, algunas extrañas en Irlanda, como aquel “nardo” del que estaba hecho el “polisón” de la luna bailaora. “La luna vino a la fragua / con su polisón de nardos”, evocaba Gibson, saboreando cada una de las palabras como solo se puede hacer no habiendo nacido aquí. ¿Qué era una fragua? “Estoy seguro de que muchos españoles no saben lo que es un polisón”, dijo, antes de reflexionar sobre el hecho de que “el nardo no solo servía en el poema para una metáfora sobre la blancura, sino también por ese profundo olor de la flor que no existe en otra parte”. Una metáfora visual y olfativa a la vez.

Sobre la clara conciencia social de Lorca en su poesía y en su teatro, siempre volcado “con los marginados, los perseguidos, los negros, los gitanos y las mujeres”, también insistió mucho Gibson, escandalizado por “esa gente que dice que Federico era apolítico”. “En los años 20”, aseguró el hispanista, “nadie era en España apolítico: los jóvenes o se sentían atraídos por los valores republicanos o se sentían atraídos por el fascismo”, dijo, después de contar cómo José Antonio Primo de Rivera buscó aquel vocablo de “falange” –de origen latino e incluso griego- para no llamar a lo suyo “fascismo”, que era una palabra ya escogida por los italianos de Mussolini.

El silencio sobre Federico

Gibson se mostró absolutamente convencido de que, después de tantas búsquedas del cadáver de García Lorca, “puede que algún día aparezca”, aunque sea sospechoso el silencio que su propia familia ha derramado sobre él. “Tengamos en cuenta que la familia de Lorca nunca criticó abiertamente el franquismo”, dijo, después de recordar que, en 1953, hubo ya un pacto entre el Régimen, la familia y la editorial Aguilar para publicar en España unas obras completas del poeta “a cambio de silencio”.

Por todo lo que ayer contó Gibson por estas tierras que él también conoce gracias a su afición a la ornitología en Doñana, sin pelos en la lengua, con conocimiento que pasión no quita, todos los que lo oímos dejamos de imaginar qué hubiera pasado si Gibson hubiera nacido aquí, porque lo más deseable es lo que ocurrió realmente: que viniera de tan lejos para mirarnos por dentro con la sorpresa que aquí nos faltaba.


Edictos en El Correo de Andalucía Empleo en Sevilla