Menú

«L’Orfeo»: El espectáculo total y el otoño

Se estrena «L’Orfeo» en el Teatro Real de Madrid, una producción magnífica que forma parte del eje central de la programación del teatro para este año

22 nov 2022 / 12:39 h - Actualizado: 22 nov 2022 / 12:52 h.
"Ópera","Críticas"
  • Fotos: Javier del Real
    Fotos: Javier del Real

El fresco intenso se ha instalado en las esquinas de la ciudad. Parece estar acechando sin piedad. Las espaldas se encorvan ligeramente y los cuellos de los abrigos se alzan intentando alcanzar las orejas. Es el otoño. Es el aviso de que el mundo sigue girando y el prólogo al invierno, a la primavera...

«L’Órfeo» no fue la primera ópera de la historia, pero decimos que lo es aunque, sin ser conscientes de lo que hacemos, nos llevamos por delante cinco o seis lustros de intentos por conseguir un cambio en el teatro de la época. Son 415 años los que han pasado desde que el compositor Claudio Monteverdi y el libretista Alessandro Striggio ‘el Joven’ vieran cómo se estrenaba la obra en Mantua. Corría el año 1607. Ahora, tanto uno como el otro, estarían encantados de lo que hicieron sin, seguramente, saber la repercusión que tendría. Y es que «L’Órfeo» sigue intacta y representa un gran descubrimiento, un gran cambio, en el mundo de las artes. Esta ópera consta de un prólogo y cinco actos.

Como no podía ser de otra forma, una obra con tanta solera y tan importante llama la atención de muchos artistas. Bailarines, pintores, cantantes o escultores. Y, por supuesto, todos ellos buscan la originalidad y dar una vuelta de tuerca a la obra para convertirla en algo propio y único. Y, como no podía ser de otra forma, los resultados son irregulares yendo de lo ridículo a lo extraordinario y bello. En el Teatro Real de Madrid se está viviendo, desde el pasado día 20 de noviembre, un capítulo de lo extraordinario y lo bello.

«L’Orfeo»: El espectáculo total y el otoño

En esta producción de Sasha Waltz & Guests en colaboración con varios teatros europeos, todo encaja a la perfección y se consigue un conjunto precioso, emotivo, expresivo hasta lo insoportable para los sentidos en tan poco tiempo (dos horas y media de representación en la que se acumula un mensaje poderoso, exacto y casi inasible). El mito de Orfeo se convierte en el centro expresivo de un grupo de artistas que alcanzan un nivel sobresaliente. Todos están bien, todos dan un paso al frente para hacer del espectáculo algo único. Cantantes, bailarines e, incluso, los músicos aunque de forma limitada, se ponen el mono de trabajo y demuestran que en el arte cambian los códigos aunque los fondos son inamovibles.

Leonardo García Alarcón dirige con valentía (la disposición de los músicos en el escenario es original y proporciona un punto de flexibilidad que, a veces, parece faltar en los fosos) y sensibilidad. Por si era poco, se atreve a bailar (poco) y lo hace bien. Hace que los músicos de la Freiburger Barockorchester (descalzos desde el principio para poder moverse por el escenario que termina convertido en una laguna) suenen bien, auténticos y entregados.

Sasha Waltz reúne un grupo de bailarines de enorme calidad. Cada movimiento, cada gesto, se convierte en un trazo de lenguaje universal y ancestral. Si alguna cosa de lo que sucede sobre el escenario no es comprendida por el espectador menos experto da igual porque el espectáculo ha de disfrutarse. Sea como sea, es tal el grado expresivo de los bailarines que no es fácil perder el hilo y entender cada paso.

Los cantantes están maravillosos. Cantan en posturas imposibles, se apuntan al baile sin desmerecer y dejan algunos momentos de gran plasticidad. Destacan Julie Roset (La Música/Eurídice), Georg Nigl (muy, muy, bien) y Konstantin Wolff (Plutón) que con un papel corto se encarga de entregar la zona expositiva más poderosa de toda la producción. ¡Ay, ese Plutón navegando contra las olas en busca de sus pasajeros! Los miembros del Vocalconsort Berlin, espléndidos.

«L’Orfeo»: El espectáculo total y el otoño

El mito de Orfeo lo conoce todo el mundo, la ópera de Monteverdi la conoce cualquier aficionado a la ópera, la danza contemporánea es algo que tenemos al alcance de la mano, pero el espectáculo que supone unir con gracia, talento, inteligencia y profesionalidad, a un grupo de artistas tan heterogéneo como el que vimos en el Teatro Real de Madrid, no es tarea fácil. Este es un espectáculo que reconcilia con lo moderno, con lo innovador y marca diferencias claras con algunas chorradas que nos intentan colar como lo que no son.

La brisa fría que corre por las calles de Madrid se deja pensar y convertir en la que deben sentir los pasajeros de Plutón. Aunque es agradable, especial como siempre lo es después de disfrutar de la ópera en Madrid. El otoño ya huele a primavera.


Revista Escaparate Empleo en Sevilla Más seguros Edictos