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La poética muerte de Granados

Crítica del concierto de Lina Tur Bonet y Álex Ramírez en los Jardines del Real Alcázar. ****

20 jul 2016 / 17:03 h - Actualizado: 20 jul 2016 / 17:06 h.
"Música","Críticas"

17º Edición Noches en los Jardines del Real Alcázar. Lina Tur Bonet, violín; Álex Ramírez, piano. Programa: Recordando a Granados (obras de Granados, Saint-Saëns, Albéniz y Schumann). Martes 19 de julio de 2016


Puede que éste fuera uno de los carteles más atractivos e imponentes de la temporada, con dos artistas consolidados y comprometidos sobre el escenario levantado en el jardín del Cenador de la Alcoba. Ellos se encargaron del primero de los muchos conciertos programados para recordar a Enrique Granados cuando se cumplen cien años de su trágica y a la vez hermosa desaparición, tal como apuntó Bonet haciendo gala de un indiscutible talento para la locución, respaldada por una sedosa y estimulante voz. Una vez más han sido los responsables de estas citas veraniegas quienes han hecho justicia a una efemérides sobre la que otras instituciones han pasado de largo. En esta ocasión el programa parecía articulado alrededor de la emocionante historia de amor que subyace tras la muerte de Granados y su esposa en el hundimiento del Sussex, consecuencia de un desafortunado cambio de planes de viaje por la invitación que les hizo el presidente Wilson a la Casa Blanca tras el éxito cosechado en el Metropolitan con el estreno de su ópera Goyescas. Una historia que siempre me ha conmovido y que pareció plegarse como un guante a la música seleccionada por Bonet y Ramírez.

Ella es capaz de extraer de su violín un sonido nítido y homogéneo, libre de estridencias, aunque en el camino evidencie más de un desajuste técnico, alguno apreciable a la hora de apianar. Pero lo importante y más meritorio es su capacidad indiscutible para adentrarse en la pieza, su sensibilidad y su exquisitez, atrapando nuestra atención sin paliativos, en última instancia, hipnotizándonos. Así ocurrió especialmente en las dos sonatas elegidas, la inacabada de Granados, cuyo exacerbado romanticismo y sus muy calculados cambios de ritmo y registro, paradigma de la disimulada libertad formal que la caracteriza, encontraron en Bonet el vehículo idóneo de encanto y expresividad ; y la de Saint-Saëns, de la que sólo ofrecieron su dos primeros movimientos, los más líricos y apasionados, destacando su complicidad con el pianista, potenciada en sus acentos cruzados. Pero también en miniaturas como La góndola Bonet hizo gala de su capacidad melódica y poética, tanto como en otras piezas más populares, como la Andaluza de las Danzas españolas.

Él nos deleitó con su pianismo paladeado y matizado, fuera como fiel y acoplado acompañante o como solista en un Albéniz del que extrajo sonoridades y detalles insólitos en El Puerto de la Suite Iberia y en su popular Tango. Se mostró delicadísimo, muy atento a acentos y colores, en una de las Danzas de la Cofradía de David de Schumann, inspirador junto a Chopin y Liszt de la estética imperante durante mucho tiempo en la música del homenajeado, como demostró la Mazurka de las Escenas Románticas que Ramírez deshojó con delectación extrema. Como punto final el Intermezzo de la ópera que llevó a Granados a su desaparición, sonó también en manos del dúo tan refrescante como la brisa que alivió el calor imperante y puso a los intérpretes en algún apuro puntualmente solventado por la despierta joven encargada de pasar las partituras.


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