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El reportaje literario

Las ventanas de Odilon Redon, abiertas a la literatura

El pintor simbolista más extraño del surrealismo francés, que adquirió notoriedad cuando él y sus cuadros integraron la novela A contrapelo, resucita ahora para inspirar el primer libro de relatos expresionistas de la sevillana Blanca Carvajal Ayala

Álvaro Romero @aromerobernal1 /
09 oct 2022 / 11:04 h - Actualizado: 09 oct 2022 / 12:19 h.
"El reportaje literario"
  • Las ventanas de Odilon Redon, abiertas a la literatura

La escritora novel de Los Palacios y Villafranca Blanca Carvajal Ayala, que llevaba tantos años leyendo buena literatura, acaba de dar el salto a la publicación con un libro de 14 relatos que autoedita en Ediciones Pangea con el sugerente título de La habitación de Odilon. “Para alguien formado en el ámbito de la Historia del Arte, el nombre de Odilon está unido inevitablemente al apellido Redon”, escribe el prologuista de la obra, Daniel Expósito, antes de que el lector se zambulla en el misterio insondable de estas historias breves, rotundas e inquietantemente abiertas que pueden hacerle plantearse las cuestiones más profundas del ser humano, asomándose a un universo infinito donde lo irracional y lo onírico van de la mano de lo doméstico. Algo así como un realismo mágico pasado por la batidora de Wells y Lovecraft. Porque el hilo conductor que nos lleva desde el pintor simbolista francés Odilon Redon (Burdeos, 1840-París, 1916) hasta estos relatos de Blanca pasa por los propios cuadros surrealistas de quien litografió en 1882, hace ahora 140 años, un globo aerostático dentro de una serie dedicada a Edgar Allan Poe, de quien Odilon Redon fue tan amigo como del poeta maldito Baudelaire o del científico Charles Darwin. Los caminos del Señor son inescrutables y los del arte, mucho más.

Las ventanas de Odilon Redon, abiertas a la literatura

Y no deja de ser significativo que el propio Odilon, como pintor a contracorriente del impresionismo colorista de su época, no diera el salto a la fama hasta que una novela de su paisano Joris-Karl Huysmans lo incluye en la trama porque su protagonista, un aristócrata decadente, colecciona cuadros suyos. La novela, de 1884, se tituló precisamente À rebours, que se ha traducido al español, en distintas ediciones ya durante el siglo XX, como A contrapelo, Al revés o Contra Natura. Es decir, la historia de un pintor real cuyo impulso no es la pintura propia sino la literatura ajena.

Intertextualidad pictórico-literaria, o viceversa. Cultura en contacto a partir de un pintor excéntrico cuyos cuadros reales son coleccionados por un personaje de ficción que es un antihéroe recluido contra el utilitarismo burgués del siglo XIX en un mundo artístico creado por él mismo, en un bucle infinito de relaciones artísticas, porque À rebours será también, para colmo, el libro que Lord Henry Wotton le entregará a Dorian Gray y que finalmente lo lleva a su completa corrupción en la célebre novela de Oscar Wilde.

De la materia de todos esos saltos culturales, en una sociedad distópica que se deshace frente a unos protagonistas a través del terror sutil de unos finales de historia deshilachados para que los termine de atar el lector, están construidos los relatos de Blanca Carvajal Ayala, que como Odilon Redon es capaz de transitar, con la palabra precisa y tantas veces lírica, ese camino del blanco y negro al color, del terror por la anarquía al amor por el mundo de los libros, por ejemplo, o a la nostalgia del primer amor, como se hace patente en el relato “El enamorado”, después de que el protagonista le confesase su estado a su mamá. “Paco, que así se llamaba el enamorado, se fue a su habitación y se tumbó en la cama”, termina contando el breve cuento, con la sintética receta de una literatura tan miscelánea como la de su autora, que no desperdicia noches estrelladas ni nostalgias ni sonrisas: “Se durmió sonriendo, mirando al techo, que esa noche parecía atravesado por las estrellas. Et in Arcadia ego”. Ese mismo amor encadenado es el que hace que su autora dedique su ópera prima “a mi madre, a mi mujer, a mi hija”.

Las ventanas de Odilon Redon, abiertas a la literatura

Ventanas abiertas al tiempo

Esa misma noche estrellada, que nos remite incandescentemente a Van Gogh, es probablemente la misma que el protagonista del relato titulado como el propio libro, “La habitación de Odilon”, se encuentra al abrir una de las cuatro ventanas de su desván, convertido en habitación de un mago consejero llamada justamente Odilon, aunque la magia no exista. “Miraba extasiado lo que parecía ser una noche con el fulgor de un millón de estrellas. No podía ni quería moverse del alféizar de la ventana al que se agarraba con todas sus fuerzas. Ni en mil vidas sería capaz de leer con sus ojos cada uno de los colores que se reflejaban ante él, era una galaxia, una galaxia lejana y viva, con multitud de puntos de fuego que parpadeaban, espirales luminosas de un tamaño colosal y un silencio atronador, perpetuo”. La visión de Javier ante la primera ventana abierta de su propio desván –ya habitación de Odilon- puede ser el contrapunto de la que tiene o sufre el doctor Minué, el protagonista del relato titulado “Cucumis71”, que muere de un infarto al viajar al pasado y observar “una especie de plaza en la que una multitud enfurecida rodeaba un cadalso”. “El espanto de aquella visión lo reveló ante las sombras que lo rodeaban; se asemejaban a las pinturas negras de aquel pintor que no había nacido aún y que no era capaz de recordar si era español o francés”.

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La segunda ventana de Javier da directamente a la Capilla Sixtina cuando Miguel Ángel Buonarroti, barbado y exhausto, la estaba pintando sobre un andamio. Por la tercera ventana se asoma a un teatro espléndido cuya orquesta en el foso “parecía obra de Degas”. Sobre el escenario, “María Callas entonaba excelsa un canto a la terribilidad del amor”. Por la cuarta y última ventana, una playa de arena negra que se queda mirando hasta el anochecer, estrellado de nuevo... y el deseo de saltar, aunque la magia no exista.

Pueblo lejano

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La evocación de la marisma inmensa, donde pastaban toros como animales mitológicos que cruzaban a veces en manada, es tan recurrente en Blanca Carvajal Ayala como es prácticamente aprovechable su estampa de paisaje ya imposible. “Para conseguir ser universal, hay que estar muy enamorada de tu pueblo”, dijo este pasado jueves en la presentación del libro, acompañada del periodista Manuel Sollo, y haciendo referencia al relato titulado “Village Lointain”, que fue precisamente el título en francés de la gran obra de prosa poética de su paisano Joaquín Romero Murube, Pueblo lejano (1954). Existió, en efecto, una edición en francés, en 1958, gracias a la traducción que hizo Anne de Grandville, amiga íntima del escritor palaciego. Aquella edición fue la que prologó Gregorio Marañón. Y Blanca imagina a una estudiante de Filología que compatibiliza sus estudios con su trabajo en un restaurante en Ginebra, en una de cuyas librerías queda aún un último ejemplar de la edición francesa del libro de Romero Murube... Lo que ocurre finalmente en el relato forma parte de ese expresionismo irracional tan del gusto de su autora, el mismo que al médico protagonista del relato “El hablante” le hace vomitar en soledad después de haber oído hablar a un bebé de tres semanas mientras lo auscultaba.

Las ventanas de Odilon Redon, abiertas a la literatura

De pueblo y hogar y familia y abuelas que dan “papelillos” contra la fiebre y hasta chiquillos que se caen de la burra, pese a posibles y temibles distopías, tratan muchos de los relatos de La habitación de Odilon, que indagan en lo pequeño, en las raíces de tantos detalles cotidianos como han ido conformando nuestra propia personalidad a lo largo de los años desde nuestro lugar en el mundo. El protagonista de “La luz precisa”, por ejemplo, vuelve a casa tras sufrir un leve accidente de tráfico pero con la angustia de que haya desaparecido el sol. Como Javier en el relato que da título al libro, también sube a lo más alto de la casa para oír, con los vecinos, explosiones lejanas, antes de bajar para estar con su familia por si se avecina el fin del mundo, extremo que la escritora deja en manos de la imaginación del lector, como hacía Redon en aquellos cuadros fantásticos en los que mezclaba mitos paganos con las peores pesadillas del materialismo científico. “Toda mi originalidad”, llegó a decir el pintor francés, “consiste en dar vida, de una manera humana, a seres inverosímiles y hacerlos vivir según las leyes de lo verosímil, poniendo, dentro de lo posible, la lógica de lo visible al servicio de lo invisible”. Blanca Carvajal Ayala lo ha interiorizado bien, hasta el punto de abrirnos ahora, más de un siglo después, las ventanas de Odilon de par en par, para que entremos.


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