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El reportaje literario

Los ‘tres sombreros de copa’ de Mihura, 90 años después

Miguel Mihura escribió esta obra de teatro absolutamente rompedora en 1932, cuando la vanguardia española estaba en otras manos y la europea necesitaba esperar a la II Guerra Mundial para creer haber inaugurado el absurdo que él ya había interiorizado

Álvaro Romero @aromerobernal1 /
12 jun 2022 / 09:54 h - Actualizado: 12 jun 2022 / 09:58 h.
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En 1952, en plena efervescencia de un franquismo sin vuelta atrás, Miguel Mihura escribió los mejores diálogos para la mejor película de Berlanga, la titulada Bienvenido Mr. Marshall, que se estrenaría un año después, saltándose a piola a los torpes censores solo porque consideraron que la cinta versaba sobre la folklórica Lolita Sevilla y no sobre el ridículo de un país incapaz de mirarse al espejo. Solo entonces, tal vez envalentonado por el éxito previo de aquel filme que combinaba con maestría el sentido del humor más profundo y la crítica más ácida, Mihura se atrevió a desempolvar una obra de teatro, la primera suya, que había escrito veinte años atrás, en 1932, con apenas 27 años y la sensación cierta de haber escrito una obra de vanguardia que incluso se adelantaba en atrevimiento a la primera ley del divorcio en una II República que estaba llamada a durar lo que una pompa de jabón. La obra se titulaba Tres sombreros de copa y, en efecto, nadie en España estaba preparado para soportarla.

Los ‘tres sombreros de copa’ de Mihura, 90 años después

Ni siquiera en Europa se hablaba aún del teatro del absurdo que iba a llevar a Samuel Becket, por ejemplo, a escribir, en 1940, aquella tragicomedia en dos actos titulada Esperando a Godot, que por cierto iba a publicarse también, por primera vez, en 1952. En 1950 publicó Ionesco La cantante calva, seguramente la más destacada obra de ese teatro del absurdo que intentaba reflejar la imposibilidad de que el arte tuviera que tener más lógica que la propia realidad mundial, destrozada ante la incomprensible capacidad del ser humano por aniquilare a sí mismo. Pero es que en 1932 no había ocurrido ninguna de las barbaridades que estaban pendientes en la Historia. Valle-Inclán, con su esperpento, y acaso García Lorca, que estaba terminando Bodas de Sangre, estaban dispuestos en nuestro país a renovar el anquilosado teatro que había llevado al mismísimo Benavente a exprimir al máximo su talento conservador.

Pero es que Mihura, en 1932, iba a cumplir 27 años y, de súbito, “sin proponérmelo y sin la menor dificultad, había escrito una obra rarísima que no solo desconcertaba a la gente sino que sembraba el terror en los que la leían”, como había de reconocer él mismo muchos años después, cuando ya a partir de finales de los 50 empezó a escribir asiduamente comedias que poco a poco iban perdiendo la acidez corrosiva de los primeros tiempos, como le pudo pasar a un compañero que le influyó tanto, Enrique Jardiel Poncela, que triunfó absolutamente con obras como Eloísa está debajo de un almendro, y luego hubo de morir prematuramente –justamente en 1952- dejando como epitafio una frase suya muy repetida: “Si buscáis los máximos elogios, moríos”.

En 1932, los empresarios de teatro como su propio padre y los actores a los que Mihura les había dado a conocer el texto de Tres sombreros de copa no lo entendieron. En 1952, el Teatro Español Universitario (TEU) la estrenó en una única sesión de cámara, dirigida por Gustavo Pérez Puig en el Teatro Español de Madrid. Aquel público joven y culto acogió la obra con mucho entusiasmo, pero para el público general supuso luego un rotundo fracaso.

Los ‘tres sombreros de copa’ de Mihura, 90 años después

Prolijo y paradójico

Nada de lo raro, de lo absurdo, de lo genialmente disparatado de la obra Tres sombreros de copa puede extrañarnos viniendo de un tipo como Mihura, que había de confesar que escribía solo cuando le hacía falta dinero y que, durante la guerra civil, se hizo falangista sin que eso le impidiese más tarde dirigir La Codorniz, el estandarte paródico de todas las convenciones sociales de la época, incluida la de ser franquista. No puede extrañarnos del autor del significativo título Ni pobre ni rico, sino todo lo contrario.

Años después, en su etapa más productiva cercana ya a los años 60, Mihura escribiría El caso de la señora estupenda; ¡Sublime decisión!, sobre la emancipación de la mujer a finales del XIX; Mi adorado Juan, que invita al espectador a vivir al margen de las estrictas y convencionales normales sociales; o La bella Dorotea, que refleja el enfrentamiento de la protagonista con una mezquina sociedad. De 1964 sería ya Ninette y un señor de Murcia (que tendría su continuación dos años después con Ninette, modas de París), una comedia digerible por el público de la época que trataba el tema de la emigración envolviendo en humor el trasfondo de su propia tristeza, del ombliguismo interesado del españolito de a pie, su ridícula incapacidad globalizadora. Su última obra sería de 1968, Solo el amor y la luna traen fortuna. Pero ya había quedado muy atrás aquella chispa originalísima que permitía a Mihura hacer reír sin ahorrar un ápice de crítica a un mundo en el que él mismo se sentía tan inadaptado, como Dionisio o como Paula, cada cual en las circunstancias que les había tocado.

El matrimonio convencional

La primera y gran obra de Mihura fue una macrocrítica a todos los valores convencionales que habían ido esculpiendo, en la sociedad burguesa de comienzos del siglo XX, a seres inconscientes de su propia infelicidad. No le hizo falta más que una anécdota para construir una comedia que, sin salirse siquiera de la regla de las tres unidades, rompiera con todo. El protagonista, Dionisio, se hospeda durante una noche en un hotel de segunda en una capital de provincia de segundo orden de algún lugar de Europa. Espera que amanezca para salir vestido para su boda con Margarita, a quien solo conoce como se conocía a las novias burguesas de entonces, por haber quedado para pasear algún domingo cogidos de la mano...

La llegada de Dionisio a la pensión es de lo más hilarante por la presencia del dueño del establecimiento, don Rosario, que trata a su clientela como si fuera su prole, que le sirve a Mihura para practicar el absurdo con el cambio de uso de algunos objetos cotidianos y que, cegato como es, supone el primer personaje que repite como un papagayo lo que le han enseñado sin haberse planteado jamás que las cosas pudieran ser otro modo, como le va a ocurrir a la postre al propio protagonista. “No. No puede ser roja. Llevo quince años enseñándoles a todos los huéspedes, desde este balcón, las lucecitas de las farolas del puerto, y nadie me ha dicho nunca que hubiese ninguna roja”, le reprocha don Rosario a Dionisio cuando este le discute que las tres lucecitas que se ven desde el balcón no son blancas. “Pero, ¿usted no las ve?”, le preguntará Dionisio. “No. Yo no las veo. Yo a causa de mi vista débil, no las he visto nunca”, contestará tan simbólicamente el dueño de la pensión. “Esto me lo dejó dicho mi papá. Al morir mi papá me dijo: ‘Oye, niño, ven. Desde el balcón de la alcoba rosa se ven tres lucecitas blancas del puerto lejano. Enséñaselas a los huéspedes y se pondrán todos muy contentos’. Y yo siempre se las enseño”. La velada crítica que encierra la disparatada conversación vaticina todo lo demás.

La prostitución

Enseguida aparecerán por la habitación el resto de personajes de la obra, empezando por la otra gran protagonista, Paula, una chica del Music Hall que viene huyendo de un negro, Buby, que aparece como su novio pero que, en realidad, es el gestor de esta y otras cuatro chicas más que se cuelan en las pensiones de la época para sonsacarles a los clientes bien posicionados cuanto puedan con el anzuelo de un sexo patéticamente administrado. Paula se encierra con Dionisio en el cuarto y este teme que Buby se enfade, pero la escena se resuelve con los tres sentados en la cama, después de verse Dionisio en la trampa de decir que es también un artista porque lo habían sorprendido probándose tres sombreros de copa para la boda del día siguiente, aunque, significativamente, ninguno de los tres le quedaba bien. No tardará en aparecer el resto de chicas –Fanny, Trudy, Sagra, Carmela-, alborotadas porque, en la sala de abajo, unos cuantos señores que representan el poder establecido las habían invitado a champán y otros manjares y la fiesta nocturna parecía prometer...

Es entonces cuando la comedia se hace más disparatada e hilarante, rozando el absurdo por las muchas situaciones surrealistas que protagonizan las prostitutas con los señorones. Una de ellas le va pidiendo al Anciano Militar –el nombre no puede ser más elocuente- cada una de las cruces que lleva colgadas como condecoraciones en el pecho, y el viejo se las va entregando, a su pesar, a cambio de la promesa de un beso que no termina de llegar. Otra se empareja con el Astuto Cazador, que lleva una ristra de conejos al cinto. “Yo no consigo pescar nunca plátanos. Yo solo consigo pescar conejos”, dirá. Y la chica: “Pero, ¿los conejos se cazan o se pescan?”. Y el Cazador Astuto: “Eso depende de la borrachera que tenga uno, señorita”. Por otro lado, el Odioso Señor, mientras ofrece a las chicas todo tipo de regalos que va sacando increíblemente de sus bolsillos, presume constantemente de sus campos de trigo por ser el señor más rico de toda la provincia, y de marcharse en verano a Niza. “¿Y se lleva usted el trigo o lo deja aquí?”, le pregunta Paula, en una conversación que se va haciendo crecientemente disparatada por las muchas riquezas del odioso señor... Todos pretenderán finalmente cobrarse sus regalos en carne, pero Paula se ha ido, mientras tanto, enamorando de un Dionisio achispado que no sabe cómo huir de todo aquel jaleo, de las cursis llamadas de su novia durante la madrugada, de su propio descubrimiento de un mundo nuevo con mujeres libres, simpáticas, conversadoras y soñadoras como Paula.

La madrugada se hace corta para un cambio tan sustancial en la percepción del mundo por parte del pobre Dionisio, a quien visita finalmente, antes del amanecer, su futuro suegro, que lleva el pomposo nombre de Don Sacramento, y le reprocha, en una divertida intertextualidad con los célebres poemas de Rubén Darío (la Sonatina, por ejemplo), que no haya respondido a las llamadas telefónicas de su niña, la pobre Margarita, para quien no termina de estar tan linda la mar... “¡Caballero! ¡Mi niña está triste! Mi niña, cien veces llamó por teléfono, sin que usted contestase a sus llamadas. La niña está triste y la niña llora. La niña pensó que usted se había muerto. La niña está pálida... ¿Por qué martiriza usted a mi pobre niña?”. Don Sacramento advierte a Dionisio de la vida ordenada (y triste, decente, honrada) que le espera de casado, mientras él intenta disimular a Paula debajo de las sábanas, que ha terminado allí con la conciencia perdida por un golpe del bruto Buby...

Los ‘tres sombreros de copa’ de Mihura, 90 años después

La dura realidad

Cuando el suegro se va, Paula le pregunta por qué le había ocultado el inminente casamiento. Y Dionisio hace uno de los más interesantes monólogos de la comedia, que ya no lo parece tanto: “Yo me casaba porque yo me he pasado la vida metido en un pueblo pequeñito y triste y pensaba que para estar alegre había que casarse con la primera muchacha que, al mirarnos, le palpitara el pecho de ternura... Yo adoraba a mi novia... Pero ahora veo que en mi novia no está la alegría que yo buscaba... A mi novia tampoco le gusta ir a comer cangrejos frente al mar, ni ella se divierte haciendo volcanes en la arena... Y ella no sabe nadar... Ella, en el agua, da gritos ridículos... Hace así: ‘¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!”. Por eso Dionisio propone a Paula escaparse juntos, a Londres por ejemplo. “¿Tú sabes hablar inglés?”, le pregunta ella. “No. Pero nos iremos a un pueblo de Londres. La gente de Londres habla inglés porque todos son riquísimos y tienen mucho dinero para aprender esas tonterías. Pero la gente de los pueblos de Londres, como son más pobres y no tienen dinero para aprender esas cosas, hablan como tú y como yo... ¡Hablan como en todos los pueblos del mundo!... ¡Y son felices!”, contestará Dionisio... Y, sin embargo, en toda esa conversación soñadora de ambos, verán juntos el amanecer, o sea, la pérdida de todos los sueños nocturnos que finiquita la luz del nuevo día, que impone su orden: el coche que lo espera para la boda, las cosas como Dios manda... De modo que será Paula quien lo ayude a vestirse y le coloca un sombrero de copa de artista mientras ella, frente al público, trata de hacer el último malabarismo imposible que se había inventado él cuando la noche le había permitido soñar un rato. Los sombreros se caen, evidentemente, porque las cosas son como son, y ella le sonríe al público antes de que el telón de la sociedad biempensante termine cayendo con el peso de la dura realidad.


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