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El reportaje literario

Manuel Alcántara: el columnista impenitente que en el fondo era poeta

De la mejor estirpe poética de Málaga, se nos fue hace cuatro años el decano del articulismo español después de haber ganado en 1962 el Premio Nacional de Literatura por uno de sus más rotundos poemarios: ‘Ciudad de entonces’

Álvaro Romero @aromerobernal1 /
05 nov 2023 / 12:21 h - Actualizado: 05 nov 2023 / 12:25 h.
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  • Manuel Alcántara, decano de los columnistas españoles.
    Manuel Alcántara, decano de los columnistas españoles.

De la misma brisa malagueña que respiraron poetas fundamentales del siglo XX como Manuel Altolaguirre, Emilio Prados o José María Hinojosa, tomó aire para nacer también allí, tan en el Mediterráneo, Manuel Alcántara, aunque a este poeta, evidentemente, no le diera tiempo a formar parte de la Generación del 27 y tuviera mucha menos fama. Manuel Porras Alcántara, que era en rigor como se llamaba, había nacido, en la calle del Agua del malagueño barrio de La Victoria, en enero de 1928, justo al terminar aquella Navidad que había sellado para siempre la amistad de una generación llamada a consolidarse como la Edad de Plata en nuestro país, de modo que su destino fue desde el principio ser uno más de aquellos niños de la guerra que escribirían de ella desde la bruma infantil que les nubló el corazón tanta violencia. “Tenía ocho años cuando comenzó la guerra”, habría de escribir él tantos años después. “De ahí viene mi agnosticismo vital y, sobre todo, mi eterna duda política. He presenciado desde el hambre hasta la muerte por fusilamiento. Todos mis sentimientos, en buena parte, se labraron en mi infancia”.

Manuel Alcántara escribió mucho más que todos sus paisanos escritores juntos, sobre todo en la prensa, y eso que llegó tarde, ya casi treintañero, a los periódicos de su ciudad natal. Como la vida le iba a conceder 91 años (murió en abril de 2019), lo que ni él mismo sospechaba es que se iba a convertir en el decano de los columnistas españoles. No es retórica; Manuel Alcántara, que incluso viajó como corresponsal deportivo por muchos países de Sudamérica, por Italia y hasta por Japón, se llevó más de 60 años escribiendo todos los días en los periódicos por los que pasó: primero en Juventud y La Hora, luego en el diario nacional Arriba (desde donde logró los máximos galardones del periodismo español, el Mariano de Cavia, el González Ruano y el Luca de Tena), en Pueblo, Ya, Marca y La Hoja del Lunes. Cuando fue definitivamente un columnista al que se rifaban en todas partes, lo fichó el grupo Vocento y, durante 30 años –desde 1989 hasta el año de su muerte, 2019- no faltó ni un solo día –de lunes a domingo- a la cita con su propia columna en la contraportada de periódicos como el diario Sur, El Correo o Las Provincias. Se calcula en casi 30.000 artículos los que salieron de su ingenio. “Era el príncipe del ensayo urgente ametrallado en doscientas palabras”, diría de él Ignacio Camacho al día siguiente de su muerte. “Se llamaba Manuel Alcántara y llevaba tinta en las venas y la pasión de escribir grabada a fuego en el alma”. Nadie –tal vez Umbral- había conseguido tantos lectores que comenzaran a leer el periódico desde atrás. Y, sin embargo, Manuel Alcántara había sido en el fondo, desde el principio y hasta su último suspiro, un grandísimo poeta.

No en vano, él era consciente de que a la poesía se lo debía todo: “Ese intento de síntesis me viene de la poesía, que aspira a que no haya una palabra baldía, a comprimir revelando. El fárrago y la arenga son los peores vicios de la poesía”, habría de escribir quien empezó siendo poeta antes que nada, en los albores de la década de 1950, hace ahora 70 años por lo menos, cuando la poesía española se debatía entre ser sobre todo conocimiento o ser fundamentalmente comunicación. En Alcántara, la poesía española fue, irremediablemente, las dos cosas a la vez, algo así como en el caso de José Hierro. Los poetas de aquel entonces, niños de la guerra como él, venían del existencialismo de la posguerra que buscaba por Europa una espita por donde respirar, y al mismo tiempo andaban construyendo una nueva poética que sirviera para que los versos zamarrearan a la gente cogiéndola directamente del corazón. En este sentido, el ángel fieramente humano de Blas de Otero se fue transmutando en aquella poesía herramienta que predicaba con tanto afán Gabriel Celaya, en aquella poesía desprovista de surrealismo que aplicó como aguafuerte Gil de Biedma... Y ahí estaba Manuel Alcántara, en el Madrid adonde se había ido a los 18 años porque su padre trabajaba en Renfe, con sus primeros poemas bajo el brazo, abandonada la carrera de Derecho, y reconociendo que “lo mejor del recuerdo es el olvido”, como dirá en “Biografia”, un poema primordial de su primer poemario, Maneras de silencio, de 1955... “Málaga naufragaba y emergía... / Manuel, junto al mar, desatendido; / yo era un niño jugando a la alegría. / Ahora juego a todo lo que obliga / la impuesta profesión de ser humano, / y a veces, al final de la fatiga, / enseño a andar palabras de la mano”.

Andando hacia el olvido

Alcántara no tuvo más remedio, por la época, que nacer a la poesía desde el existencialismo. En Madrid conoció a quien fue su esposa toda la vida, Paula Sacristán, que murió mucho antes que él, en 2007, y con quien se casó en 1953. Tuvieron solo una hija, Lola, hoy pedagoga y profesora de la Universidad de Málaga y a quien, en su último poemario, Este verano en Málaga, de 1985, le dedica el padre poeta uno de sus magníficos sonetos en forma de “excusa”: “Si yo no te dijera todo esto, / andando el tiempo, alguien te lo diría. / No te puedo mentir a ti, hija mía. / Mira mi corazón: lo llevas puesto. / Siempre tuve un pequeño presupuesto / para el amor. En la melancolía / se me fue lo demás. Si todavía / quedaba algo lo eché a vivir. El resto / más vale que lo sepas por mí. Era / bueno y malo lo mismo que cualquiera / pero sospeché un aire diferente / y ante ti a veces me sentí culpable / de que vivir no fuera navegable / y te pedí perdón desde mi frente”.

Manuel Alcántara: el columnista impenitente que en el fondo era poeta
Manuel Alcántara con su hija Lola.

Ser hombre es ir andando hacia el olvido”, había escrito Alcántara en su primer poemario. “(Dentro de poco se dirá que fuiste, / que alguien llamado así vivió y amaba...) / Ser hombre es una larga historia triste / y un buen día se acaba”. Tenía Alcántara entonces apenas 27 años, y le quedaba mucho para que su historia –no precisamente triste- se acabara, pero los poetas tienen esa lucidez del perspectivismo y esa enmarañada conciencia de la persistente duda desde bien temprano. “Un hombre hecho y deshecho / os habla. Soy distinto cada año. / Tengo un desconocido por el pecho. / Sí. Miradme a los versos. No os engaño”, dirá en aquellos primeros versos publicados, y más aún para confirmar su poética empapada de la duda: “Unas pocas palabras me mantienen: / duda, esperanza, amor... Siempre me pierdo... / Amor, duda, esperanza... Siempre vienen... / La ilusión, si la he visto, no me acuerdo”.

Frente a un Dios sordomudo

Toda la primera poesía de Alcántara participa de ese sentido existencialista del desamparo, y él habrá de especializarse en el soneto –y en sus encabalgamientos- para sintetizar ese inútil intento de diálogo con Dios que también embargó a otros compañeros de generación. “El que yo fui, ¿por dónde se habrá ido? / Quiero saber de mí. Es necesario / conocer a quien trato en este diario / escribir las memorias de mi olvido. / La aventura pequeña de ese barco / que hace su travesía por un charco / sabiendo que a babor nadie contesta. / Bebiendo estoy mi vino y mi pregunta. / Penas y dudas. Todo se me junta. / Y Dios da la callada por respuesta”. Dirá en otro soneto titulado precisamente “Dios”: “Creer en Dios es nieve y se derrite / sobre el hombro cansado de la espera. / Creer en Dios, ¡ay, Dios!, qué fácil era, / pero el eco de Dios no se repite. / Dando traspiés el alma, caes y te / levantas, ¡qué remedio!, y ni siquiera / duele. ¿Dónde está Dios? Si lo supiera... / Y Dios sigue jugando al escondite”.

En su segundo poemario, El embarcadero, de 1958, Alcántara será capaz de resumir la vida (“La Travesía”) así de rotundo: “Vivir: / ir alejándose del niño / que traje / conmigo”. Los sonetos siguen siendo su especialidad, y entre los que escribe para pedir por tantas cosas (por el tiempo, por un amor, por los hombres de España, por sus amigos muertos), destaca uno en el que pide por sus manos: “Andan cerca de mí; sólo un momento / antes que el corazón, casi a mi lado. / Han nacido conmigo, a mi cuidado; / se mueven al sudeste de mi aliento. / Cada vez que hablo os digo que las siento / hablar en mi favor. Acostumbrado / me tienen a su peso, a su cansado / modo de repartirse por el viento. / Yo las quiero. Me sirven bien. Y os juro / que han querido tocar hasta el misterio / y el techo del amor, a todo trance. / Un día llorarán. Estoy seguro. / Cuando se pongan a pensar en serio / en las cosas que estaban a su alcance”.

En este libro aparecen ya canciones en forma de soleares: “Para encontrarme contigo / vuelvo a salir a la calle, / calle del tiempo perdido. / Para encontrarme contigo / estoy buscando en el suelo / las huellas de tu sonido. / Para encontrarme con nadie / me pongo a mirar arriba, / ¡Dios me ampare!”.

La madurez del poeta hecho y deshecho, en todo caso, se le va notando en poemas como aquel que titula “Hay una mujer en el Sur”, y que termina así: “Hay en el Sur una mujer muy buena / que honradamente espera, honradamente habla, / y cree, honradamente, / que el párroco es un hombre que sabe muchas cosas / y que tiene muchísimo talento. / Una mujer que vive todavía / y que se ha ido haciendo, poco a poco, / agua para geranios si no llueve, / y balcón de geranios para el que está en la calle, / y pan de su pobreza. / Acaso a nadie le importe el nombre”.

Manuel Alcántara: el columnista impenitente que en el fondo era poeta
Manuel Alcántara.

La mar de Málaga

Alcántara se instaló, ya en su madurez, en Rincón de la Victoria, un cuartel general malagueño desde el que se convirtió en el capitán del columnismo español y al que le dedicaría uno de sus mejores sonetos de Plaza Mayor, su poemario de 1961. “Viene a la mar dudando si estaría / donde yo la dejé: junto a la raya / donde la espuma eventual acalla / su antigua discusión con la bahía. / Llegué a la mar. Estaba todavía. / Ella lo mismo y yo distinto. Vaya / una cosa por otra y, por la playa, / vayan las dos en busca de aquel día. / Vine a la mar y me encontré en la arena / -niño llevando cubos a la pena / y palas a la orilla del verano-. / Me hice a la mar, estando hecho al recuerdo / por perderme otra vez como me pierdo / junto al que fui, cogidos de la mano”.

Fue al año siguiente, en 1962 –un año tan de boom por otras latitudes-, cuando Alcántara consiguió el Premio Nacional de Literatura por Ciudad de entonces, el poemario que lo consagra y que arranca con su propio “Carnet de identidad”: “Nadie avisó. Más tarde o más temprano / se supusieron que lo aprendería. / Nadie me dijo: riega a la alegría, / los muertos son terreno de secano”... “Me dijeron vivir a quemarropa: / siglo XX –acordaron-, en Europa, / en Málaga, en enero y en Manolo. / Todo lo dispusieron: hambre y guerra, / España dura, noche y día, tierra / y mares... luego me dejaron solo”.

En este poemario de consagración poética –solo tenía 34 años, un tercio de su vida-, Alcántara continúa, sin embargo, con sus temas de siempre: memoria, tiempo, olvido, desamparo celestial... Tan dado a convertir sus poemas en oraciones (“Si otros no buscan a Dios / yo no tengo más remedio: / me debe una explicación”), le dedica uno a su mujer que reza así: “Creo en Dios Padre, Todopoderoso, / creador del cielo y de la tierra, / inventor de los hombres; / que hizo los pájaros azules, / la nube, la nevada, el río y toda / la familia del agua. (...) / Creo en un cielo grande / -Van Gogh lo está pintando de amarillo- / donde pueden mezclarse suicidas y alfareros. / Creo en la abolición de la pobreza, / en la reunión del mar y en el milagro / del tiempo de los peces. (...) / Creo en la vida perdurable, / en la unión de los llantos, / en el perdón de lo soñado / y en que después de nuestra muerte / empezará la Edad de las Respuestas”.

Un silencio de más de 20 años

El poeta Alcántara girará a babor su palabra, siempre ajustada a la realidad del periódico suyo (y nuestro) de cada día. Y durante 20 años no dirá este verso es mío. Hasta que en 1983 aparece Anochecer privado: “He venido a buscarme. / Hay un niño extraviado / en medio de la calle”, dirá en uno de sus poemas. “(Calle de la Victoria, / Plaza de la Merced. / La mitad de mi historia / ni yo mismo la sé)”. Pero si hay un poemario contundente para ir sellando todo lo que, como poeta, tuvo que decir es Este verano en Málaga, de 1985... “Este verano en Málaga / lo he visto todo claro / a fuerza de distancia”, dirá, rememorando el título aquel del exilio de Salinas, y subido al eco trascendente y marino del mejor Cernuda, del místico Juan Ramón, pero con una gracia personal... “El mar no puede morir. / Se quedará navegando / aunque no haya nadie aquí. (...) / Seguirá que va y que viene, / yendo y volviendo a venir / cualquiera sabe hasta cuándo. / Hasta que encuentre por fin / la playa que está buscando”.

En rigor, quien seguirá buscando hasta el final será él mismo, andaluz comprometido, sosegado, reflexivo, irónico y perspicaz, independiente en sus propios traumas: “Se me perdió la esperanza / y aquí la vine a buscar. / Por mi tierra y por mi agua. (...) / Tampoco puedo engañarme / la conozco desde siempre / y la quiero desde antes. / Yo no culpo a Andalucía, / sé muy bien que a su esperanza / le pasó lo que a la mía”.

En “Niño del 40”, el último poema de aquel reencuentro con su patria chica, el poeta malagueño dejará un último terceto como un testamento inolvidable incluso para quienes hayan tenido la tentación de creerlo solamente un columnista. “No se estaba ya en guerra aquel verano, / mi padre me llevaba de la mano, / yo estudiaba segundo de jazmines”.


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