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El reportaje literario

Pablo Neruda: la canción desesperada fue solo el principio

Tal día como mañana, pero de 1904, nacía “el más grande poeta del siglo XX en cualquier idioma”, cuyo Premio Nobel de Literatura hace ahora medio siglo bendecía el paradigma de un escritor comprometido políticamente hasta el final

Álvaro Romero @aromerobernal1 /
11 jul 2021 / 04:00 h - Actualizado: 11 jul 2021 / 04:00 h.
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  • Pablo Neruda.
    Pablo Neruda.

A Pablo Neruda lo conoce todo el mundo por sus Veinte poemas de amor y una canción desesperada, pero aquel segundo libro de sus diecinueve años fue solo el principio, cuando él acababa de inaugurar su nuevo nombre, pues había nacido llamándose Ricardo Neftalí Reyes Basoalto y se lo cambió en plena adolescencia para evitar así que su padre, obrero ferroviario, pasara la vergüenza de tener un hijo poeta. Muchos años después, aquel muchacho poeta capaz de escribir un poemario convertido en clásico desde el principio y vendido por millones de copias fue considerado por Gabriel García Márquez -Nobel 11 años después que él- como “el más grande poeta del siglo XX en cualquier idioma”. El crítico literario Harold Bloom indicó, desde el rigor que lo caracteriza, que “ningún poeta del hemisferio occidental de nuestro siglo admite comparación con él”.

El autor de Odas elementales había nacido el 12 de julio de 1904 en la ciudad chilena de Parral, pero se crio en Temuco después de quedarse huérfano de madre al mes de nacer y de que su padre se volviera a casar con una señora a la que el niño siempre llamó mamadre. Este año, 48 años después de su muerte, se cumplen 50 años de su Premio Nobel de Literatura. La Academia Sueca se lo concedió en 1971 por “ser autor de una poesía que, con la acción de una fuerza elemental, da vida al destino y los sueños un continente”.

No en vano, Neruda encarna el paradigma de un potentísimo poeta de trascendencia internacional que no solo engarza sus versos con el modernismo, las vanguardias y el compromiso social de los tiempos que le toca vivir, sino que encuentra una voz absolutamente propia sin abandonar una incansable carrera como diplomático en todo el mundo, miembro del Comité Central del Partido Comunista y hasta propuesto candidato a la presidencia de su propio país por el PC antes de que él renunciara en favor de Salvador Allende para que el gobierno de este lo designara embajador en Francia, antes de que asesinaran al presidente y de que las bestias de Pinochet saquearan su casa y quemaran sus libros. Lo que no pudieron eliminar, como suele ocurrir, fue su palabra, la que al principio de todo, en clave amorosa, lo había hecho escribir: “En ti se acumularon las guerras y los vuelos. / De ti alzaron las alas los pájaros del canto. / Todo te lo tragaste, como la lejanía. / Como el mar, como el tiempo. Todo en ti fue naufragio”.

Los veinte poemas de amor

Con solo 17 años, Ricardo Reyes, a quien nadie conocía aún como Pablo Neruda, encontró residencia en Santiago y estudió pedagogía en Francés en la Universidad de Chile, donde ganó el primer premio de los Juegos Florales de la Primavera con su poema “La canción de fiesta”. Apenas dos años después, publicó su primer poemario, Crepusculario, que ya vaticinaba algo del libro de 1924 que lo catapultaría a la fama: “Hemos perdido aún este crepúsculo. / Nadie nos vio esta tarde con las manos unidas / mientras la noche azul caía sobre el mundo”.

Pablo Neruda: la canción desesperada fue solo el principio
Pablo Neruda y Salvador Allende.

Los Veinte poemas de amor y una canción desesperada lo atraparon en la celebridad para no soltarlo jamás, aunque aún no fuera ni siquiera un veinteañero. Manejaba ya los endecasílabos con esa maestría de quien produce la sensación de que lo que escribe lo puede escribir cualquiera: “Para mi corazón basta tu pecho, / para tu libertad bastan mis alas”. Los alejandrinos parecían ya hechos a su boca: “Me gustas cuando callas porque estás como ausente, / y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca”. Y así fue capaz de rematar una obra sin sospechar que tantos enamorados iban a hacerla suya por los siglos de los siglos amén: “Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido. / Porque en noches como esta la tuve entre mis brazos, / mi alma no se contenta con haberla perdido. / Aunque éste sea el último dolor que ella me causa, / y éstos sean los últimos versos que yo le escribo”.

Poeta y diplomático desde el principio

En 1927, el año de la fundación de la mayor generación poética de España, Ricardo Reyes se estrenó como diplomático en Birmania. A continuación tuvo otros destinos dispares como Sri Lanka, Singapur o Buenos Aires, y sería en esta última ciudad donde conoció a Federico García Lorca, cuando este estrenaba con tanto éxito allí sus Bodas de sangre. Pero en todos aquellos años no dejó de escribir (El habitante y su esperanza, Tentativa del hombre infinito...) bajo el prisma de lo que él mismo llamó “poesía impura”, influido como todos por el surrealismo.

Neruda apadrinó, en cierto modo, al poeta Miguel Hernández en aquel prólogo de la guerra civil española que supusieron los últimos compases de la II República. En sus memorias, de envidiable título –Confieso que he vivido-, cuenta que le puso en bandeja al poeta de Orihuela el nombramiento del oficio que él quisiera por intermediación del ministro. Hernández, al parecer, estuvo toda la tarde pensativo, hasta que al caer la noche le espetó a Neruda: “¿No tendría el señor ministro un rebaño de cabras por aquí?”. Fueron los años en que el autor de El rayo que no cesa escribía para la Enciclopedia del Toreo de José María de Cossío, los mismos meses de 1935 en los que Manuel Altolaguirre le entregó a Neruda la dirección de aquella revista literaria en la que escribían todos los del 27: Caballo verde para la poesía. Fue entonces precisamente cuando apareció uno de sus títulos surrealistas más celebrados, Residencia en la Tierra, de una honda resonancia metafísica que extraña en un poeta tan joven aún.

España en el corazón

Es el título de un libro que Neruda comenzó a escribir en Francia pero que publicó ya en Chile, cuando regresa horrorizado por los estragos de la guerra civil española que termina con la vida de su amigo Federico. “Y una mañana todo estaba ardiendo / y una mañana las hogueras / salían de la tierra / devorando seres / (...) venían por el cielo a matar niños, / y por las calles la sangre de los niños / corría simplemente, como sangre de niños...”.

El giro de su poesía hacia cuestiones políticas y sociales no solo no tendrá ya vuelta atrás, sino que refuerza su conversión en un best seller. En 1939 es nombrado cónsul especial para la inmigración española en París, y allí destacó su gestión del proyecto Winnipeg, el barco que llevó a casi 2.000 inmigrantes españoles desde Francia a Chile. Ya en México, donde llegó como cónsul general, escribió aquel gran poemario de Sudamérica que se titula Canto General, la parte central de su poesía, según él mismo, y traducido inmediatamente a diez idiomas. Casi todos sus poemas fueron escritos desesperadamente, cuando Neruda vivía clandestino como miembro del PC en su propio país. El libro aborda la historia de América Latina, con los milagros legendarios de su propia creación, la conquista española y la dureza hacia su independencia, siguiendo los antiguos cantos épicos a través de más de 15.000 versos. Y termina cargado de esperanza: “Y nacerá de nuevo esta palabra, / tal vez en otro tiempo sin dolores, / sin las impuras hebras que adhirieron / negras vegetaciones en mi canto, / y otra vez en la altura estará ardiendo / mi corazón quemante y estrellado. / Así termina este libro, aquí dejo / mi Canto General escrito / en la persecución, cantando bajo / las alas clandestinas de mi patria”.

El capitán que concatena exilios

El período que va de 1943 a 1949 lo pasó Neruda de nuevo en su país, donde después de recibir el Premio Nacional de Literatura se dedicó a fustigar, desde las filas comunistas que le dieron un sitio en el Senado, al presidente González Videla, no solo por el maltrato de los mineros en huelga, sino por vender el país a empresas estadounidenses, hasta el punto de que Neruda se vio obligado a huir, primero Argentina y luego a París, donde regularizó su situación gracias a amigos como Picasso. Desde allí viajó por toda Europa como destacado miembro del Consejo Mundial de la Paz.

En Italia publicó, anónimamente y en una limitadísima edición de 44 ejemplares, Los versos del capitán, cuando ya se rumoreaba que podía volver a Chile. El prólogo de aquel libro sería una carta firmada por una tal Rosalía de la Cerda, escrita en La Habana y donde explicaba al editor, Paolo Ricci, que le enviaba una serie de poemas escritos para ella por un excombatiente del bando republicano en la Guerra Civil española. Al parecer, el presunto soldado y ella se habían conocido al finalizar la guerra y habían vivido una historia de amor cuyo testimonio eran aquellos versos. Evidentemente, el falso prólogo había sido inventado por Neruda –o quizá por su pareja en aquel momento, Matilde Urrutia- porque el poeta tenía una segunda razón para mantener el anonimato: no herir la sensibilidad de Delia del Carril, que era todavía su esposa aunque ya se encontraban en trámites de separación. “Yo te he nombrado reina”, decía uno de aquellos poemas. “Hay más altas que tú, más altas. / Hay más puras que tú, más puras. / Hay más bellas que tú, hay más bellas. / Pero tú eres la reina. / Cuando vas por las calles / nadie te reconoce. / Nadie ve tu corona de cristal, nadie mira / la alfombra de oro rojo / que pisas donde pasas, / la alfombra que no existe”.

En evolución hasta la muerte

Si hay un poemario que marcó su última transición como poeta fue Estravagario, publicado por primera vez en 1958 en Argentina y donde Neruda abandona ya la poesía romántica y surrealista en favor de una fina ironía que buscaba ya la antipoesía. “Quiero versos de tela o pluma”, decía ahora un poeta que se había desprendido de su últimos tonos panfletarios, “que apenas pesen, versos tibios / con la intimidad de las camas / donde la gente amó y soñó. / Quiero poemas mancillados / por las manos y el cada día. / Versos de hojaldre que derritan / leche y azúcar en la boca, / el aire y el agua se beben, / el amor se muerde y se besa, / quiero sonetos comestibles, / poemas de miel y de harina”.

Su última aparición pública tuvo lugar en el estadio nacional de su país, donde el 5 de diciembre de 1972 el pueblo chileno le hizo un gran homenaje. Dos meses después, renuncia a su cargo de embajador en Francia por motivos de salud, que se agrava más aún tras el golpe militar de Augusto Pinochet el 11 de septiembre. Es trasladado entonces desde su casa de Isla Negra, que es saqueada, a Santiago.

Ya para entonces habían asesinado a Salvador Allende, que tres años antes había asumido la presidencia de Chile porque Neruda renunció a esa posibilidad, aunque ambos estuvieron carteándose intensamente desde entonces. Allende había sido el primer político marxista del mundo que había accedido al poder a través de unas elecciones generales. Su último discurso, emitido por radio, lo podría haber firmado igualmente Neruda: “Me dirijo a la juventud, a aquellos que cantaron y entregaron su alegría y espíritu de lucha. Me dirijo al hombre de Chile, al obrero, al campesino, al intelectual, a aquellos que serán perseguidos, porque en nuestro país el fascismo ya estuvo hace muchas horas presente; en los atentados terroristas, volando los puentes, cortando las vías férreas, destruyendo los oleoductos y los gaseoductos, frente al silencio de quienes tenían la obligación de proceder. Estaban comprometidos. La historia los juzgará”. Neruda murió solo 12 días después en una clínica de Santiago, se dijo que por un cáncer de próstata. Ni Allende ni Neruda fueron testigos del infierno que habría de vivir Chile durante los siguientes 17 años. La canción desesperada fue solo principio.


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