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El reportaje literario

‘Pasos de guerra’: poesía redentora para un teatro apocalíptico

La sevillana Esther Garboni traza en ‘Pasos de guerra’ un escenario universal sin espacio ni tiempo en el que confluyen todas las tragedias humanas llevadas al barranco de la postmodernidad: la migración sin límites, la crueldad sistemática, el amor escanciado en la palabra como último asidero existencial

Álvaro Romero @aromerobernal1 /
21 nov 2021 / 04:00 h - Actualizado: 21 nov 2021 / 04:00 h.
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  • Esther Gaboni.
    Esther Gaboni.

Las pequeñas editoriales, como la nacida en Los Palacios y Villafranca Ediciones Pangea, descubren de vez en cuando una perla especialmente luminosa en el torbellino de tanto papel como se publica. Y eso ha ocurrido con Pasos de guerra, una obra teatral de la poeta y profesora sevillana Esther Garboni en la mejor tradición universalista del Esperando a Godot de Becket, de aquella Escuadra hacia la muerte del recién fallecido Sastre, del siempre cosmopolita Lorca traducido a todas las lenguas del corazón. “Las únicas fronteras son las que marcan los idiomas. Hasta aquí llega mi lengua, hasta ahí la tuya, pero el ser humano es el mismo”, dirá Anna de Elva, la protagonista a su pesar de este drama sin picas temporales ni espaciales pero que nos podemos imaginar en cualquier latitud del mundo porque, de hecho, ya ha ocurrido. “Estamos conformados de amor y miedo en distintas proporciones, pero somos idénticos”. Y precisamente por ese parecido entre un ser humano y otro como dos gotas de agua es por lo que la última obra de Garboni no ha necesitado basarse exactamente en ninguna de las dos guerras mundiales ni en nuestra última guerra española, tan incivil, ni en ninguna de esa treintena de conflictos armados que pululan ignorados en un mundo cada día más ciego. Al fin y al cabo, la oscuridad que se desprende de todas las guerras impide distinguirlas aquí o allá.

No obstante, eso no quita para que las consecuencias que se derivan de cualquiera de ellas no sean contables, narrables, materia de una profundísima reflexión convertida en metáfora de la propia autodestrucción humana en la redondez universal. Pasos de guerra tiene pocos personajes, pero muy intensos. La pareja principal está compuesta por Anna y Jan. La primera es una encarnación de la libertad que bien podría confundirse con la poesía misma. El segundo es un gallardo joven que representa la esperanza en ese hilo de amor que puede quedar colgando de las telarañas de la sinrazón. Ambos se encuentran en una huida inconcreta hacia una frontera sobre la que solo especulan.

‘Pasos de guerra’: poesía redentora para un teatro apocalíptico


El drama del camino es el mismo de todos los exiliados, esperanzados al menos en convertirse en refugiados en tierra extraña, después de la valla, más allá de las mafias enriquecidas en la herida de ese deambular tan solo para seguir respirando. La estampa, tan dolorosamente universal, nos arroja una verdad hirviente: “No esperes que abran sus brazos para recibirte. Dirán cosas malas de ti”, le advierte Jan a Anna cuando esta se muestra segura, al principio, de alcanzar su tierra prometida, donde va a entrar con toda la honestidad de su condición proletaria. “Mis brazos para trabajar”, dirá ella. Y él: “Les llevas la certeza de la muerte, la crueldad de una guerra, el miedo, el hambre, la miseria... Todo lo malo que les pase será consecuencia directa o indirecta nuestra. Siempre es mejor culpar al de fuera”.

Los bandos

Como aquel Capitán Alegría de Los girasoles ciegos -la única novela de Alberto Méndez- Jan ha huido porque no quiere comulgar con ningún bando, con ningún color, con ninguna forma de matar al otro. Pero no se considera “un desertor”. “Mi forma de luchar precisamente es no alimentar el odio”, dirá él, antes de recordar que “pasamos la infancia viendo la guerra en las noticias. Pero era la guerra de otros. Un día se acercó sin que nos diéramos cuenta. Entró sigilosa y se extendió como una mancha de aceite, ensuciándolo todo”. Anna lo puede confirmar -como lo confirman, cada cual a su manera, los demás personajes-, pero se resiste durante un tiempo, y en esa resistencia no solamente encuentra la dicotomía de los bandos lejanamente enfrentados –“Esta guerra no es nuestra. Morimos para otros... Matamos para otros. Entre nosotros no habrá vencedores y, cuando todo acabe, ellos se repartirán las migas de lo que quede”– sino también de los sexos, porque frente a esas mayores “probabilidades de sobrevivir si eres bonita”, tal como le recuerda Jan, alguien “tendría que publicarlo en grandes luminosos. ¡Escuchad bien! Este cuerpo no os pertenece... ¡En mí no aplacaréis vuestra sed”, gritará ella en pleno manifiesto feminista; ella, la poeta, la autora de una obra titulada “Quien vende la leche” que terminará rectificando por “Mujer lobo”. No hay más remedio.

‘Pasos de guerra’: poesía redentora para un teatro apocalíptico


Ligeros de equipaje

En un juego temporal magistralmente gestionado, como magistrales, y sucintas, y profundamente poéticas son cada una de las acotaciones, aparece Úrsula, la eterna madre con un niño muerto que hemos sufrido en todas las guerras por su lúcida locura; y la madre de Anna, Brigitta, que representa la maternidad esperanzada a pesar de tanto dolor, advirtiéndole a su niña que no se vaya por el río porque no sabe nadar, que tenga cuidado con los lobos, con los bandoleros... Claro que Jan no solo no es uno de estos, sino que cuando logra hacerse con la confianza de Anna no por amor de ella, sino por lealtad, compartirá, generoso, el plan de salvación. Y en este no cabe más metáfora, más mensaje, más intertextualidad machadiana: “Me han hablado de una cuerda. Un nadador aventajado ha conseguido unir las dos orillas con una soga de barco. La cuerda no puede verse porque está sumergida, pero desde el otro lado, llegada la hora, alguien tirará y la hará subir para que nos agarremos. Hay que cruzar de noche y ligeros de equipaje”. Todo en la obra es material mítico ya transitado, pero reaparece con la fuerza inquietante de la metáfora pura que siempre habla para todos en clave profética.

Lejos del paraíso

El esquema vital de Anna y su madre –y aun de su hermano, un niño grande y dependiente antes de su mal fin- responde a ese doloroso cuento de la lechera de todos los aspirantes a ser refugiados, tan lejos del paraíso. Y en su exilio sin mapa irá deshaciéndose de lo poco que lleva: no solo de sus maletas, sino incluso del peso de los afectos. Y en ese desprendimiento irá descubriendo, para sí misma y para Jan, la utilidad de lo inútil cuando ya no quede nada; de la palabra creadora capaz de redimir incluso a una desgraciada vaquera como ella.

Al otro extremo, se encuentra Víctor, el niño militar cuya presunta candidez ha transformado el canibalismo apocalíptico al que todos, en esa fecha imprecisa del futuro común, parecen abocados. Al niño lo han hecho fiera a la fuerza, a fuerza de odiar y de aprender a palos que “el primer muerto es el que más duele” después de asesinar a una niña y de que le explote en su conciencia su gallinita de los huevos de oro. El miserable estraperlo que se derive en ese mundo en huida necesitará droga perentoriamente: “Sin morfina no tengo nada...”. La frase va a retumbar en un lector consciente hoy de tantos opiáceos sociales.

Y en ese infierno sobre cuyos precipicios se cansan los caminantes protagonistas, habrá algún instante en que la dramaturgia nos evoque al mejor Miguel Mihura, por ejemplo, en aquella obra de aparente absurdo y de profunda lucidez que fue la primera de las suyas, Tres sombreros de copa, con un Dionisio y una Paula descubriendo en otro barranco lo ineluctable del verdadero amor. Aquí se llaman Jan y Anna, y el romanticismo forma parte de la prehistoria. “Te echaré de menos cuando tengamos que separarnos”, le dice él al final del segundo acto. “Yo a ti no. La añoranza es un sentimiento que no nos podemos permitir en tiempos de guerra”, le contesta ella. Y él, ante del telón: “¿Y el amor?”.

Una poeta, ante todo

Esther Garboni no puede disimular a lo largo de esta obra de teatro que es poeta. Ni en los diálogos ni en las acotaciones. Todo está henchido de un lirismo propio de quien se obsesiona siempre con la palabra precisa. Y esa precisión que duele la agradece quien lee. No en vano, esta sevillana volcada en la poesía desde que tiene uso de razón se formó con maestros de la talla de José Luis Alonso de Santos o Antonio Onetti y, nada más aterrizar en la Universidad de Sevilla para licenciase en Filología, ingresa con fuerza en el Taller de Teatro Clásico. Aunque fue galardonada en el V Certamen de Literatura de la Hispalense por su relato Se alquila corazón, su trayectoria ha estado marcada por el verso. En 2009 publicó su poemario Tarjeta de embarque (SIM Libros); en 2014, Sala de espera (Ediciones en Huida); y en 2018, A mano alzada (Libros de la Herida). El año pasado, Garboni recibió el premio internacional Miradas de la Dramaturgia por su obra Como ríen los delfines, que se estrenó este verano nada menos que en el Teatro Pacific de Panamá bajo la producción de Benjamín Cohen con un título distinto: No seas payaso.

Ahora, Pasos de guerra también es un libreto teatral, profundamente poético, en busca de director o directora. Quien se atreva habrá de interiorizar la poesía que rezuman los personajes aunque hablen en prosa, la sabiduría ancestral que concentran, las lecciones de sus vidas extremas: “Te sorprenderá saber muchas cosas de mi vida”, le dice Jan a Anna poco antes del final, sin currículum en la mano pero sí en el corazón. “Nunca te he dicho, por ejemplo, quién era mi padre... ¡Pero los datos no hacen a las personas! Como se comportan en la adversidad, sí”.

La que escribe es Anna, en efecto, pero ella sabrá finalmente que también él es poeta cuando se desborde el tarro de sus conclusiones: “¡Avaricia infinita! Morimos por un pozo que podría darnos de beber a todos. Maldita guerra de agua... Cuando aquí llega el río, ya viene ancho, amargo y lleno de cadáveres”.

La obra, más allá de un final dramático que no desvelaremos, tiene una coda poética que va desde la “Oda de lo lento y lo pequeño”, en la línea de aquella Elegía interrumpida de Octavio Paz –“Mi casa recuerda las voces que se fueron”-, hasta una “Alborada insolente” que no nos deja espacio a la indiferencia: “Abrid los ojos / y despertad del sueño. Nada es gratis. / Si no pagamos con dinero, / lo haremos con la libertad”.


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