Promenade Duo y la emoción hecha música

El joven dúo pianístico debuta en el Maestranza con un ecléctico recital en el que lucieron sus habilidades para el virtuosismo y la compenetración

13 abr 2021 / 11:03 h - Actualizado: 13 abr 2021 / 09:50 h.
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Para su esperado debut en el Maestranza de la mano de Juventudes Musicales de Sevilla, la joven pareja integrada por la malagueña Pilar Martín y el toledano Álvaro Saldaña, bajo el nombre de Promenade Piano Duo, optó por piezas de un eclecticismo considerable pero sin traicionar en ningún momento la fuente original. No se echó mano aquí de transcripciones y adaptaciones varias que permitieran desglosar un abanico más amplio de posibilidades que las que brinda el sucinto repertorio concebido para doble teclado. Dos obras maestras absolutas, otra de considerable proyección internacional y otras dos basadas en piezas externas, integraron un hermoso y ecléctico programa en el que incluso la versión para dos pianos de La valse es original de su autor.

Pilar Martín lució además de un refinado y potente pianismo, una notable capacidad para la elocuencia, y demostró tirar del carro e imponerse en un tándem en el que no obstante su compañero también aprovechó la oportunidad para lucir sus notables habilidades al teclado. La exhibición comenzó con puro clasicismo, la Sonata K448 de Mozart, compuesta para acompañar el estreno de su Concierto para dos pianos, cuando el compositor tenía veinticinco años. Muy satisfecho debía estar de esta pieza cuando la mantuvo tanto tiempo en un repertorio que acostumbraba a renovar constantemente, y es que la pieza potencia un aire de interactuación dramática sumamente atractiva, forzando la grandilocuencia unas veces, el lirismo otras. Ellos optaron más por lo primero, dejándonos unos movimientos extremos enérgicos y dinámicos, caracterizados por su claridad y trasparencia, convenciendo en su capacidad de imitación y sumando en general fuerzas, haciendo a menudo que pareciera un muy potente instrumento único, sin traicionar su espíritu galante y profundo sonido. Al andante central le faltó quizás un poco más de poesía, si bien acertaron en su estilo relajado y elegante. Tras la sonata, con intención fuertemente contrastante, interpretaron una Paráfrasis del compositor ruso Nikolai Kapustin, a partir del clásico del jazz afrocubano Manteca, que en realidad se refiere a la marihuana y fue una idea original del percusionista Chano Pozo por indicación del trompetista Dizzy Gillespie, Mofletes, para ser interpretada por su banda con intenciones de lucha antirracista. Una pieza que apenas deconstruye el original y se revela más bien como mera reducción y transcripción del mismo, y que los pianistas desarrollaron con mucha agilidad, fuerza, encomiable sentido del ritmo e irreductible espíritu jazzístico.

En un segundo bloque, Martín y Saldaña cambiaron radicalmente de registro, también con éxito, abordando las Danzas andaluzas del ursaonense Manuel Infante, cuya carrera transcurrió prácticamente en su integridad en París. De cierta proyección internacional gracias a la atención que le dispensó José Iturbi en conciertos y grabaciones, el nacionalismo de Infante se hace evidente en cada nota, que el dúo desgranó con ímpetu y sobresaliente sentido del color, exhibiendo gracia y mucha alegría en su particular Vito final. El todavía joven compositor y pianista americano Greg Anderson pasea su virtuosismo junto a su compañera Elizabeth Joy Roe por toda América, frecuentemente con obras de propio cuño, muchas de ellas en forma de fantasías y variaciones sobre temas ajenos. Carmen Fantasy es una de ellas, pero no el típico trabajo para lucimiento técnico de puro virtuosismo; se trata más bien de una pieza que analiza la partitura de Bizet, profundiza en su espíritu y drama, echando a menudo mano de ideas y acordes originales, y facilita a los intérpretes un sinfín de posibilidades para exhibir tanto dinamismo como recogimiento e intimismo, todo lo cual encontró eco en una perfecta simbiosis y un calculado ejercicio de introspección musical. Hay una singular ruptura en la partitura, justo después de la célebre Habanera, que el respetuosísimo público supo adivinar que no se trataba del final, evitando así el incómodo aplauso a destiempo.

Pero lo mejor sin duda fue La valse, concebida para orquesta, transcrita para piano y arreglada también para doble teclado por el mismo autor, en una versión que potencia todavía más el carácter puntualmente irascible, generalmente dramático y pesimista de una pieza que empezó siendo un homenaje al vals vienés y acabó convirtiéndose en un desgarrado grito por el dolor generado por la Primera Guerra Mundial. Martín y Saldaña matizaron cada nota y detalle, con el único reproche de no invertir suficiente sensualidad en la primera exposición del melódico tema principal. El resto fue pura adrenalina, una poderosa suma de fuerzas y una sintonía extraordinaria para lograr eso que el título del concierto prometía, una experiencia catárquica. Ante el entusiasmo generado, despacharon dos propinas en forma de miniaturas, la Pavana de la bella durmiente de Ravel y El corazón del poeta de Grieg, ya con una estética más relajada.


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