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¿Qué piensan los niños?

11 mar 2017 / 07:00 h - Actualizado: 09 mar 2017 / 11:44 h.
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Hace cuarenta años que murió Jacques Prévert. Como recuerda la editorial Libros del Zorro Rojo al conmemorar la efeméride, su nombre rotula muchas calles, plazas y colegios de Francia, donde se le honra como uno de sus referentes literarios. Era un tipo muy curioso: escribía casi de todo: teatro, guiones de cine, canciones, poesía... Y aunque saltaba de una cosa a la otra en su frenesí creador, procuraba que se le notara siempre su forma de pensar libertaria, dando caña a los políticos, mostrándose preocupado por los problemas sociales y saliendo siempre en defensa de los más débiles. En el revoltijo de su producción literaria hay seis libros infantiles. El primero de los que escribió –hace ahora exactamente setenta años, en 1947– se titula Cuentos para niños no tan buenos. Y es el que acaba de editar dicho sello, con las ilustraciones originales de Elsa Henríquez, musa del autor –a la que dedicó un poema, por cierto– además de su dibujante oficial. Son unas imágenes sencillas y misteriosas, casi rudimentarias, con mucha personalidad y que han creado escuela. Sin la menor duda, es un libro para que los chiquillos piensen de lo lindo. Suponiendo que no esté escrito para sus padres, con ese mismo propósito.

Bajo la cobertura de la fábula, el género literario que con más ahínco y eficiencia ha producido toneladas de moralejas y una vocación ácrata que tira de espaldas y que resulta francamente divertida interpretada por animales –divertida o cruel, porque de todo hay–, Prévert le pega fuerte y flojo al sistema por todos sus costados. Tiene tortazos para todos: la explotación, las estructuras sociales, el politiqueo, el poder... Todos los relatos que componen estos Cuentos para niños no tan buenos son extraordinarios; pequeños y entrañables mazazos al mundo, que hacen que el lector le dé una vuelta y media a su pensamiento. Un avestruz que se lleva por ahí a conocer mundo a un niño al que sus padres no echan cuenta; unos antílopes que padecen la crueldad –¿depredación?– de los hombres blancos y negros en África... La historia del dromedario que asiste a una conferencia sobre camellos es antológica, y derriba de un dedazo toda la mentira, la idiotez, la ignorancia y la intransigencia que pululan alrededor del discurso oficial.

Es una de las joyas más interesantes de la mesa de novedades de libros ilustrados para niños. Libros del Zorro Rojo, que no da puntada sin hilo, ha colocado junto a este título de Prévert otro de Jon Arno Lawson con dibujos de Sydney Smith que se titula Un camino de flores. Aquí la huella ideológica es más tenue; se limita a expresar que una ciudad esconde en cualquier esquina una flor, del mismo modo que el desierto de El Principito escondía un pozo en cualquier parte. Saber descubrirlas y saber qué hacer con ellas es la trama de esta historia sin palabras, tierna y abierta a la interpretación y donde lo que importa es tener sensibilidad para observar, descubrir y valorar el mundo y convertirlo en un lugar lo menos inhóspito posible.

Otro libro muy de hacer pensar a la chavalería es Los gansos, con texto de José Antonio Ruiz e ilustraciones de David Pintor, publicado por La Guarida Ediciones. Pese a no ser en absoluto finlandés, el dibujante recoge muy bien el espíritu tosco, desangelado y otoñal de aquellas tierras del norte para esta historia sobre un conductor de tranvía en la ciudad de Hakaniemi. Se llama Kosonen y básicamente lo que hace es maldecir por lo bajini, gruñirle a la vida y a sus integrantes, fumar, tirar cosas al suelo porque para eso está enfadado con el mundo, llevar una vida gris a juego con semejante predisposición y sobrellevar la existencia en una urbe sucia y ventosa. Y llena de gansos, que he aquí la clave del asunto. Gansos por millares, gansos intrépidos y atrevidos, capaces de arrojarse sobre un tranvía, de cubrirlo con el inquietante ìmpetu hitchcockniano de Los pájaros y hasta de hacerlo volar. Gansos, en fin, que coprotagonizan junto a Kosonen un episodio de final no resuelto, concebido, probablemente, para que cada niño le ponga el que más le apetezca.

El mundo de lo políticamente correcto está tan pautado, ha sido tan profusa y meticulosamente definido durante los últimos años, que ver a alguien fumando en un libro infantil se hace un poco sacrílego y, por eso mismo, de agradecer: más allá de la función lúdica, el cometido de un libro, sea para la edad que sea y del tema de que se trate, es propiciar el pensamiento libre y contribuir a crear entes reflexivos que no se traguen necesariamente todo lo que les cuenten, sin pasarlo antes por el filtro del juicio crítico. Estimular la imaginación es una de las herramientas para lograrlo. Sucede con Matilde, firmado por la ecuatoriana Sozapato (Sofía Zapata Ochoa) con el sello de Kalandraka. Vaya si es un libro pequeño y sin palabras: pues más fascinante resulta. Lo es por sus dibujos, todos ellos entre grises y ocres, reservando el color para la fantasía; por su historia, que es la de una niña que le roba un pincel a un pintor y con él pinta en un muro de la calle un dragón que cobra vida y que, como buen dragón, pasa por completo de hacer otra cosa que no sea su santa voluntad. Hasta que aparece de nuevo en escena el pintor. Se formula con todo eso una pequeña tesis sobre el poder de la imaginación, tan intenso e inmenso que tiende a desmandarse y a quedar fuera de control si uno no aprende a dominarlo. El mensaje del libro habla, por lo tanto, de lo crucial que resulta la figura del maestro y aprender a dominar las fuerzas creadoras que pueblan el espíritu, para convertirlas en caballos ganadores en lugar de dejarlos en estado salvaje para perecer pisoteado bajo sus cascos en alguna de sus estampidas. Suponiendo que valiese la metáfora.

La increíblemente alucinante historia de Marcial, el niño normal, de José Fragoso con la editorial Narval, apunta también a la importancia de la imaginación, que al final es lo único que le da sabor a un plato de acelgas, interés a una tarde de deberes, aventura a un juego del recreo y alma a una existencia que de otro modo se reduciría a una simple repetición mecánica de coartadas, día tras día. Cuando la fascinación entra en escena, casi todo puede volverse comestible, placentero, estimulante, disfrutable, atractivo. Como elemento transformador de la realidad, no hay nada parecido. Conseguir que lo sepan los niños cuanto antes para hacer uso de ese potencial es uno de los objetivos de la literatura infantil, como sucede en este caso, que va dirigido a los más pequeños de la casa. Fragoso es madrileño, pero vive en EEUU. Y no le debe de ir muy mal porque anda dando clases de ilustración en el Instituto Cervantes de Nueva York y en el de Chicago, entre otras ocupaciones.

Sabe Dios si es cierto eso que dicen de que los esquimales saben distinguir cuarenta clases de hielo diferentes. Es muy probable: les va la vida en el empeño. Lo que sí es verdad es que puede que también haya cuarenta –o cien, o miles– de clases de imaginación, y que los autores y editoriales las dominan todas porque también dependen de ello. La imaginación de Matilda –un hielo quebradizo, bajo el que se ve correr el agua fría llena de truchas– no es la misma que la de La increíblemente alucinante historia de Marcial, el niño normal –un hielo duro y contundente, blanco radiante– y desde luego que no tienen nada que ver ninguno de estos títulos con el de una obra de Faktoría K de Libros que se llama Las alas del avecedario. Así, con uve. Porque habla de aves. Aquí, ese hielo metafórico de la imaginación está lleno de matices, texturas y colores; tantos como los que componen la variada naturaleza de los pájaros. Una delicia escrita en forma de poemas por el maestro toledano Antonio Rubio e ilustrada con arrobas de sensibilidad y luminosidad por la platense Rebeca Luciani. Entre ambos subrayan el carácter, la personalidad, los gustos, las cualidades, los cantos de una selección alfabética de aves. Un libro tierno y nutritivo de los que abren apetito por la vida natural y donde aparecen la golondrina, ave alfarera; el búho, cantante oculto; el taimado y pillo cuco; la plaga musical llamada estornino; el frailecillo, que es el Miró de los pingüinos; el herrerillo o trapecista azul; el mirlo, siempre enlutado y pinturero; el quetzal, príncipe de Guatemala.

Y luego están los libros pensados para que los pequeños disfruten de ellos, se asomen a la lectura, intuyan todo lo mágica que puede llegar a ser y se aficionen a ella. De entre todas las novedades, un par de títulos muy recomendables: Dos ratones, de la editorial A buen paso; y ¿Cómo te como?, de La Guarida. El primero de ellos, con texto e ilustraciones de Sergio Ruzzier, es para niños pequeños y juega con ellos a aprender los primeros números gracias a una pareja de ratones que se meten en toda clase de líos. Un primer acercamiento a la lectura en un tono entrañable y divertido por parte de una editorial que tiene el gusto de dirigirse a los niños de siempre, al meollo mismo de la infancia, a sus preciosas cualidades invariables. El segundo, con texto de Rafa Ordóñez e ilustraciones de Rafa Antón y para un público un poco más mayorcito que el anterior, es la comicidad con pelos. Con pelos de ratón, de gato, de perro, de lobo y de oso, que son los sucesivos y coincidentes protagonistas de este suceso desternillante que goza de unas ilustraciones soberbias, originales, llenas de vida, expresión, movimiento y colorido.

Todos estos libros son magníficos, y no podrían ser más diferentes entre sí por su ideología, su estética, sus destinatarios, su imprimación ideológica y las emociones que despiertan. Unos lo pretenden más y otros tal vez menos, pero todos ellos son chispas que pueden prender en la personalidad de un niño. Quizá lo mejor sea leerlos todos –en casa, en la biblioteca, en la escuela– y seguir luego con muchos otros, porque como la historia ha demostrado mil veces y los escritores se han encargado de explicar con bellas palabras, si hay algo más peligroso que una persona que no lee nada es una persona que lee un solo libro. Ese es el verdadero riesgo de la lectura.


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