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El reportaje literario

¿Quién lee hoy a Jacinto Benavente? Un siglo de su Premio Nobel

Parece mentira que el autor de ‘Los intereses creados’ haya caído tan en el olvido después de haber escrito 180 obras de teatro; de salir a hombros como los toreros; de ser académico y diputado; y de haber triunfado en Nueva York y Argentina mucho antes de que lo hiciera Lorca

Álvaro Romero @aromerobernal1 /
30 ene 2022 / 11:55 h - Actualizado: 30 ene 2022 / 11:57 h.
"El reportaje literario"
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Jacinto Benavente (1866-1954) lo fue todo en nuestro país. Y no ha pasado demasiado tiempo para tanto olvido. Hace solamente un siglo, en 1922, ganó el segundo Premio Nobel de Literatura que la Academia Sueca concedía a un escritor en nuestra lengua, después de que José Echegaray, también dramaturgo, lo consiguiera en 1904 y fuera apartado de la escena y casi de la memoria del pueblo cuando Benavente ya triunfaba por los cuatro costados. Era tal su éxito, que en más de una ocasión salió a hombros de los teatros madrileños y el propio gentío enfervorecido, que lo adoraba, lo llevó a su casa. Iba, en efecto, tan sobrado de éxito que aquel año de 1922, mientras el joven Federico García Lorca organizaba con Falla el primer Concurso de Cante de Jondo en Granada pero apenas había publicado nada todavía, Benavente –que ya era académico de la RAE y hasta diputado en el Congreso- se enteró de que le concedían el Premio Nobel en Argentina, por donde andaba de director artístico de una compañía de teatro y desde donde habría de regresar a España no sin antes visitar La Habana, como habría de hacer Federico cuando su viaje a Nueva York una década después. Benavente, para más inri, fue nombrado Hijo adoptivo de Nueva York en 1923. Y solo al año siguiente lo hicieron Hijo predilecto del Madrid donde había nacido.

El caso es que, para entonces, en España no cabía duda de que Benavente merecía el Nobel y cualquier otro premio que se terciase en el mundo, porque su éxito y su producción recordaban al de Lope de Vega tres siglos antes en un país que, pese a las apariencias, tampoco había cambiado demasiado. Benavente, por Latinoamérica, ni siquiera acudió a Estocolmo a recibir el galardón. Por supuesto, ni preparó el discurso. Y tampoco recibió el dinero, un cheque que se quedó sin cobrar por valor de 122.482 coronas (al cambio actual, serían hoy unos 12.000 euros) y que se conserva en el Archivo Histórico Nacional junto al diploma y a la medalla que le concedieron y que se trajo el embajador español en Suecia que acudió a la gala, el conde de Torata.

Por todo ello, sorprende tanto hoy que Jacinto Benavente haya envejecido tan rápidamente. Dicen los críticos que el mundo que representaba su teatro –al que se dedicó casi exclusivamente, más allá del verso, la novela o el periodismo- se esfumó con el cambio de sociedad. Y es cierto, porque a su teatro acudía un tipo de burguesía que ya no es la que era. Seguramente por eso él, tan presto al camaleonismo incluso en cuestiones ideológicas, se adaptó tan rápidamente a los gustos del público que pagaba las entradas a comienzos del siglo XX no solo para ver teatro, sino para verse a sí mismo y para que lo vieran. Pero no es menos cierto que muchas de sus obras –y escribió como 180 a lo largo de 60 años de producción- conservan las semillas de universalidad que hicieron que obras como El Quijote fueran consideradas meros entretenimientos cómicos al principio y metáforas de la propia humanidad algunos siglos después. Una de esas obras es, sin duda, Los intereses creados, estrenada el 9 de diciembre de 1907 en el Teatro Lara de Madrid.

¿Quién lee hoy a Jacinto Benavente? Un siglo de su Premio Nobel

Con Lope en el recuerdo

La gran obra de Benavente tuvo la capacidad de innovar absolutamente sin dejar de integrar la tradición literaria de media Europa. Para empezar, la trama de Los intereses creados recordaba bastante a El caballero de Illescas, de Lope de Vega, en la que un protagonista de vida disoluta se hace pasar en Nápoles por un gran señor, enamora a la hija de un noble y huye con ella hasta que el padre accede al casamiento. Esto mismo ocurre en Los intereses creados, pero de una forma más profunda y retorcida, empezando por el hecho de que Benavente desdobla al personaje de Lope en dos: el guapo y silencioso Leandro y el inteligente y locuaz Crispín. La propia literatura española está llena de desdoblamientos desde aquel tan iniciático de Quijote y Sancho Panza...

En la gran obra de Benavente, estos dos pícaros llegan a una ciudad italiana y Crispín hace creer a todo el mundo, desde la hostería en la que se alojan al principio, que su compañero Leandro es un gran señor, adinerado, generoso y culto. Es capaz de crear tal halo de misterio en torno a su figura, que ni el propio hostelero se resiste a cumplir sus órdenes de agasajar como merecen a un Capitán y a un Arlequín que aparecen por el comedor, también hechizados con el poder de seducción de Leandro no por lo que él calla, sino por lo que es capaz de hilvanar con su labia el presunto criado Crispín, en la mejor tradición celestinesca, emparentado con la fábula del Gato con botas, basado en los prototipos de la Comedia del Arte italiana. La fama de Leandro crece tanto, que incluso la empobrecida señora doña Sirena accede a que acuda a la fiesta que quiere dar, por pura vanidad, confiada en su crédito, aun sabiendo que el objetivo de Leandro es enamorar a Silvia, la única hija del rico Polichinela.

Hipocresía atemporal

La red de intereses va creciendo tanto, que tal vez lo único inesperado es que Silvia termine verdaderamente enamorada de Leandro, a lo que se opone su padre para acentuar más si cabe el enamoramiento de la chica... La resolución de Benavente es realmente admirable, y los parlamentos de Crispín, también, cuando se dirige a la dubitativa doña Sirena: “Cuanto aquí suceda será obra de la casualidad y del amor. Fui yo, el criado, el único que tramó estas cosas indignas. Vos sois siempre la noble dama, mi amo el noble señor, que al encontraros esta noche en la fiesta, hablaréis de mil cosas galantes y delicadas, mientras vuestros convidados pasean y conversan a vuestro alrededor, con admiraciones a la hermosura de las damas, al arte de sus galas, a la esplendidez del agasajo, a la dulzura de la música y a la gracia de los bailarines... ¿No es así la vida, una fiesta en que la música sirve para disimular palabras y las palabras para disimular pensamientos?”.

Cuando la propia trama ha estallado en mil pedazos y todos los personajes han creado sus propios intereses para que Leandro se convierta en rico casándose verdaderamente con la hija del ricachón para poder liquidar tanta deuda colectiva, hasta el doctor en leyes da una clase de sintaxis que demuestra la importancia de una coma en ese mundo henchido de hipocresía que recorre la historia: “Mi previsión se anticipa a todo”, dirá. “Bastará con puntuar debidamente algún concepto... Ved aquí: donde dice ‘Y resultando que si no declaró...”, basta una coma, y dice: ‘Y resultando que sí, no declaró’. Y aquí: ‘Y resultando que no, debe condenársele...’, fuera la coma, y dice: ‘Y resultando que no debe condenársele...”.

A Benavente, sin duda, no se le olvidaron nunca sus estudios de Derecho, carrera que no acabó para dedicarse a la literatura una vez que murió su padre en 1885 y cuya herencia le dio a él para poder viajar por toda Europa, incluida Rusia, y aprender tanto del género humano, pues en la propia vida es en lo que estaban basadas todas sus comedias, dramas y tragedias. En aquellos años de juventud, fue incluso empresario de circo y algún biógrafo ha llegado a escribir que hasta trabajó en él porque estaba enamorado de una trapecista, pero él siempre lo negó, sin llegar a afirmar nunca tampoco su propia homosexualidad. El caso es que por este motivo –pura hipocresía histórica de nuevo- sus obras habían de ser censuradas durante los primeros años de la posguerra, y en algunos lugares se permitía su representación sin decir su nombre, sino “...del autor de La malquerida”, sin más.

Un juego de niños

Lo dijo el propio Benavente: “Para mí escribir comedias fue siempre un juego de niño. Pero, ¿hay nada que los niños tomen más en serio que los juegos? Siempre mi juguete ha sido el teatro. Yo hacía obritas teatrales para después tener el placer de representarlas en el teatro de muñecos y esto me divertía tanto como pueda divertir a la juventud de ahora jugar al golf, al tennis, al football... Mi placer no estaba en escribir las obras, sino en representarlas”. No en vano, su primera obra, de 1892, se tituló Teatro fantástico. Su primer estreno teatral, sin embargo, llegaría dos años después, con El nido ajeno, que no tuvo éxito pese a la buena crítica de Azorín y pese a que abría un nuevo concepto dramático en España al plantear un problema de celos entre dos hermanos. También Cartas de mujeres, de 1893, se ocupaba de esa psicología femenina tan fundamental en el resto de su obra. Quizá en 1896 llegó a la cúspide de su crítica con Gente conocida, donde atacaba directamente a las altas clases de la sociedad de la Restauración. Su falta de éxito lo recondujo hacia otras sutilidades. O sea, que Benavente abrió, más de medio siglo antes, el melón del posibilismo y el imposibilismo teatral que Buero Vallejo y Alfonso Sastre protagonizarían luego por culpa de la censura. Las razones de Benavente no fueron políticas, sino comerciales.

Pelea con Valle-Inclán

Jacinto Benavente nació el mismo año que Ramón María del Valle-Inclán, el otro dramaturgo cuyos esperpentos no le darían para comer en vida pero que triunfó mucho más en la pelea final de la Historia. Tan solo unos meses antes de que Valle-Inclán se peleara en la tertulia del Café de la Montaña con el periodista Manuel Bueno, de cuyo bastonazo se le gangrenó un gemelo en la muñeca y hubo de amputársele el brazo, en otro café madrileño también se había peleado con Benavente, pero este se apartó y creó una tertulia propia en la cervecería inglesa de la Carrera de San Jerónimo.

Teatrero hasta el final

¿Quién lee hoy a Jacinto Benavente? Un siglo de su Premio Nobel

Jacinto Benavente pudo también haber firmado aquella sentencia de Groucho Marx: “Estos son mis principios, y, si no le gustan, tengo otros”. Durante la I Guerra Mundial se declaró a favor de Alemania, lo que le produjo ciertas animadversiones. Sin embargo, en 1933 fue uno de los fundadores más activos de la Asociación de Amigos de la Unión Soviética. En plena guerra civil, el Frente Popular le homenajeó varias veces y, en Valencia, llegó incluso a interpretar él mismo el papel de Crispín en Los intereses creados. Cuando terminó la guerra, dijo que los republicanos lo habían amenazado de muerte para congraciarse con el nuevo régimen. Muy comentada fue su presencia en la plaza de Oriente de Madrid en la gran manifestación profranquista de 1947, lo que le valió que la censura lo dejara en paz.

Desde muy pronto, Benavente fue consciente de lo que iba a suponer la llegada del cine para el teatro. En este sentido, en 1911 él mismo había comandado una adaptación de Los intereses creados para el cinematógrafo. Vidas cruzadas la llevaría al cine Luis Marquina en 1942; La malquerida la adaptó a la gran pantalla Emilio Fernández en 1949; La noche del sábado, Rafael Gil en 1950; o Pepa Doncel, Luis Lucia Mingarro en 1969...

Un, dos, tres...

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Fortuna es caprichosa, como han predicado los sabios desde que el mundo ha sido. Durante los últimos años de su vida, Benavente presidió la Asociación de Escritores y Artistas Españoles. Muy amigo de la actriz Mary Carrillo, apadrinó a sus hijas, aquellas hermanas Hurtado que habían de ganar tanta celebridad en el programa de televisión Un, dos, tres, con el sobrenombre de las Tacañonas. En casa de estas cómicas vivió Benavente sus últimos años, en Galapagar, en cuyo cementerio reposan sus restos desde el verano de 1954, cuando ya estaba propuesto Juan Ramón Jiménez para convertirse en el siguiente Premio Nobel de Literatura español y casi nadie recordaba el Benavente...


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