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Rocío Molina y Elena Córdoba, puro afán de exploración

Rocío Molina y Elena Córdoba presentan al público del festival de danza de Itálica un work in progress que se queda en los límites de la investigación

07 jul 2019 / 15:22 h - Actualizado: 07 jul 2019 / 15:25 h.
  • Rocío Molina y Elena Córdoba, puro afán de exploración

Poseedora del Premio Nacional de Danza en 2010 en la categoría de interpretación y dos Premios Max (2017 y 2019), Rocío Molina es una de las artistas flamencas de mayor proyección internacional y más reconocidas en nuestro país, tanto por la crítica y las instituciones como por su compañeros y compañeras de profesión. Pudimos comprobarlo el pasado sábado 5 durante la representación de uno de sus 'Impulsos' en el marco del Itálica, Festival internacional de danza, que convocó a una nutrida nómina de artistas y gestores flamencos.

La representación tuvo lugar en el Claustro de los Muertos del Monasterio de S. Jerónimo del Campo, un espacio subyugador donde el tiempo parece haberse detenido. Allí la bailaora malagueña nos invitó a formar parte de su segundo “impulso”, un proceso de indagación corporal y dancística que mide su energía con la de una creadora como Elena Córdoba, quien no sólo se adscribe a una disciplina de baile muy diferente al flamenco, la danza contemporánea, sino que pertenece a otra generación, lo que resulta determinante ya que la coreógrafa y bailarina madrileña, tras una larga trayectoria, se encuentra en estos momentos inmersa en un trabajo de investigación en torno al envejecimiento de los cuerpos.

De esa manera, el espectador asiste a una suerte de diálogo dancístico de corte conceptual que no determina ningún argumento o dramaturgia, aunque si que parte de una idea concreta: un jardinero que mide el tiempo plantando flores que se abren de día en un extremo del jardín y otras que se abren sólo de noche en el otro extremo. Así, Rocío y Elena se sitúan en ambos extremos del escenario de cara al espectador, y al compás de los sonidos que Luz Prado le saca a su violín -que remiten a música contemporánea- poco a poco van abriendo sus cuerpos al movimiento mediante un braceo improvisado y un tenue movimiento ondulante del torso sumamente sutil, aunque cargado de sensualidad.

La propuesta no puede ser definido como un espectáculo sino como lo que en el universo de la danza contemporánea se denomina como un “work in progress”, o lo que es lo mismo, un proceso de investigación previo a la creación de una obra. Así, durante el transcurso de esta suerte de ensayo público Rocío Molina va confrontando su energía desbordante, aunque contenida en algunos momentos, con la danza mucho más introspectiva de Elena Córdoba, mientras Luz Prado colma de inquietud la atmósfera con un espacio sonoro que huye de la armonía, para lo que incluso se sirve de pasar el arco del violín por una cuerda que atravesaba diagonalmente un extremo del escenario.

Cabe destacar los verdiales que Luz Prado interpreta no sólo con el violín, sino también con la voz. Ahí Rocío derrocha la fuerza y el dominio rítmico y técnico que caracteriza su baile, así como su capacidad para re-interpretar el lenguaje del baile flamenco sin renunciar a su carga tradicional. Algo que se hace aún más evidente en la pieza de baile en la que Rocío se pone una especie de tutú formado con corona de plantas que durante el resto del espectáculo conforma el único elemento escenográfico.


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