lunes, 21 octubre 2019
13:24
, última actualización

Se abre el telón y no se ve nada

Grupo Homero de teatro aficionado de la ONCE. Bajo la dirección de Araceli de Areba, diez personas, en su mayoría ciegos totales, han aprendido a transformar un problema en arte. Un milagro largamente trabajado

27 ene 2017 / 20:59 h - Actualizado: 27 ene 2017 / 21:07 h.
  • Araceli de Areba, en el centro, con los diez actores que componen el grupo de teatro aficionado sevillano Homero. / Fotos: ONCE
    Araceli de Areba, en el centro, con los diez actores que componen el grupo de teatro aficionado sevillano Homero. / Fotos: ONCE
  • Los actores del grupo, en plena representación de una de sus obras.
    Los actores del grupo, en plena representación de una de sus obras.
  • Se abre el telón y no se ve nada

Juan León Capilla, de 62 años, es ciego de nacimiento. No sabía qué cara se pone cuando uno siente tristeza, ni con qué gesto se expresa el enfado, ni qué caída de ojos acompaña a la decepción. Todo eso tuvo que aprenderlo –lo está aprendiendo aún– en el Grupo Homero de teatro de la ONCE en Sevilla, una veterana formación que dirige Araceli de Areba y para cuyo elenco de diez actores hay lista de espera en la calle Resolana, donde tiene su sede la organización y en la que radica el teatro que les sirve de escenario y de sala de ensayos.

La ceguera de Juan se debe a «una cosa genética, la microftalmia»: los ojos no se terminan de formar durante la gestación. «Como nunca he visto, lo que tienen que enseñarme es la gestualización. No sé los gestos», explica. «Esa enseñanza es lo que estoy recibiendo del teatro como cosa que no sabía. Y es un poquillo difícil. Y luego, el dominio del espacio. En los ensayos tenemos que aprender mucho la escucha para no tropezar unos con otros y no caernos ni chocarnos. Se trata de conseguir un efecto de normalidad, que no se note que somos ciegos usando todos los recursos al alcance. Aprendemos a desarrollar una serie de intuiciones».

Mientras que él se encuentra entre los más veteranos, con 28 años ya en el grupo escénico de aficionados de la ONCE –entró casi cuando comenzaban su andadura–, Teresa González es de las nuevas. Era funcionaria en la Universidad de Sevilla hasta que hace tres años el empeoramiento de su vista la incapacitó para el trabajo. «Entonces me enteré de que había un taller de teatro en la ONCE. A mí siempre me ha gustado mucho el teatro. Fui a conocer aquello y estaban haciendo Bodas de sangre, de García Lorca, y como dio la coincidencia de que se acababa de producir una baja, me dieron un papelito», cuenta. «Se ensaya muchísimo, dos tardes por semana, porque además del papel y la interpretación tenemos que hacernos con los espacios. Ahora estamos trabajando en una obra muy divertida, ¡Ponte el bigote, Manolo!, se titula. Y pese a que somos un grupo muy heterogéneo, donde hay muchas edades y cada cual tiene una formación cultural diferente, el compañerismo es muy bueno y nos llevamos muy bien».

Teresa apenas ve, tiene «solo un resto visual». Para aprenderse los papeles se los tienen que imprimir a cuerpo 24 y con ayuda de una lupa consigue leerlos. No es lo habitual en el Grupo Homero, donde la mayoría son invidentes totales. José María Díaz Durán, Pepe para los amigos, que es de la misma quinta que Juan, utiliza una máquina que le lee los textos. «Soy afiliado de la ONCE. Me he llevado 28 años vendiendo cupones en la Carretera de Carmona», recuerda, con su charla rebosante de entusiasmo. «Tuve mucha suerte, porque eran los mejores años del cupón, aunque yo sabía llevarme a la gente al huerto, je, je. Aunque soy ciego total, sé papiroflexia, y entonces hacía unas cajitas de papel muy curiosas y se las regalaba a la gente. Aquellas cajitas tuvieron un éxito tremendo. A veces les decía: Venga, a quien me traiga la serie que ha salido, aunque el número no sea el premiado, le regalo una. Me gustan mucho las manualidades: hago mimbre, barro, macramé y muñecas de cartón piedra. Hoy he hecho el forro de un libro en cuero».

«Llevo doce años en el Grupo Homero. De chaval tocaba la guitarra. Hace cuarenta años les toqué a Los de la Trocha en el tablao de la Pila del Pato», cuenta él con orgullo. El braille lo aprendió ya de mayor. «Lo leo, pero no voy muy rápido. Defenderme, me defiendo. Pero pongo el texto en el aparato este y como me habla no tengo que leerlo». Con ese procedimiento ha hecho ya seis o siete obras. Una vez, actuando con el grupo en la cárcel de Alcalá, se pegó un jardazo desde lo alto de unas escaleras que él creía que existían. Se podía haber partido la crisma este señor «muy grandote» de 120 kilos y 1,73 de altura. «Me equivoqué. En vez de ir a la izquierda, fui a la derecha. Pero los presos pensaban que veíamos, que ni éramos ciegos ni nada, de lo bien que lo hacíamos. Yo los oía comentarlo».

Se maneja bien. Como los demás. «Por ejemplo, en esta comedia con la que estamos ahora, ¡Ponte el bigote, Manolo!, salgo a escena y son cuatro pasos. Toco el respaldo del sofá y ya estoy bien situado. Otras veces pegamos una tira de velcro en el suelo, que tiene un poco de relieve, y eso nos sirve para tomar el sitio. Porque no te puedes despistar. Como te despistes un poco... o te caes, o no te da el foco... Nos cuesta el doble que a los demás, pero lo hacemos». Y lo hacen por muchas razones que van más allá de lo artístico: «El teatro nos aporta compañerismo, cultura, pertenecer a un grupo, memorizar, esforzarte, viajar...». Los mismos médicos de la ONCE lo recomiendan en muchos casos como terapia.

Eso cuenta la directora, Araceli de Areba, titulada en Arte Dramático, profesora de talleres escénicos, escritora. A su cargo está el Grupo Homero, uno de los 24 que tiene la ONCE por toda España. Se creó en 1989, y desde entonces ha tocado todos los palos, desde los clásicos con Cervantes y El viejo celoso hasta José Sanchís Sinisterra con ¡Ay, Carmela!, pasando por el Miles gloriosus de Plauto, Maribel y la extraña familia de Mihura, Construyendo a Verónica de Cornuelles... Con este equipaje de historias han recorrido casas de juventud, centros cívicos, institutos, y certámenes de teatro amateur en las ciudades de Mallorca, Sevilla, Barcelona, Huelva, Córdoba, Almería y Granada.

«Ensayamos dos horas y media, dos días por semana», explica la directora, que lleva cinco años en el puesto. «En el grupo hay dos personas sin discapacidad con la idea de favorecer la integración, que es uno de los objetivos». No el único. Según cuenta, los especialistas de la organización «animaban a apuntarse al teatro» a los afiliados más tímidos, a los adolescentes, a quienes tras una parálisis tenían problemas de vocalización. «Y nos fuimos adaptando a las necesidades de cada uno. Poco a poco vamos trabajando como una compañía al uso, y yo los trato a ellos como a actores de una compañía normal en el empeño de que la obra salga adelante... aunque sin perder la consciencia de quiénes somos». El trato entre ellos es «como una familia, pero de verdad, absolutamente. Estamos en un grupo óptimo a ese nivel, cada cual con su carácter y su personalidad. Sabemos quién es más perezoso, quién es más gruñón, bromeamos continuamente... Uno que es ciego total me recibe diciendo: ¡Ay, Araceli, qué guapa vienes hoy!, y yo le respondo: Que Dios te conserve la vista. Eso es continuamente».

La práctica escénica les influye una barbaridad. Dice Araceli de Areba que «hay mucha diferencia entre estos ciegos y otros. Es una terapia buenísima. Hay un abismo entre los que hacen teatro y lo que no lo hacen en lo concerniente a la expresión corporal, en casos de parálisis, vocalización...», y en el humor, a lo que se ve. Y eso que aparte de las bromas, por abundantes que sean, lo que hay es trabajo duro. «Yo les pido siempre lo mejor y ellos me dan siempre lo mejor», asegura la directora. «Responden tanto en tragedia como en comedia. En Bodas de sangre la gente salía llorando de la sala y el objetivo se conseguía».

De anécdotas tiene un carro. Las más abundantes son aquellas en las que un actor o una actriz se come una cortina o le pega un cabezazo a una lámpara, en ocasiones con serias dificultades para salir del embrollo y restituir el estado de cosas inicial. Eso, aparte de ser gracioso para ellos y para los demás, «les aporta capacidad para afrontar luego con humor la vida». Pero puesta a quedarse con una, Araceli recuerda lo que sucedió en el Espacio Turina hace tres años. «Aquello es un teatro enorme, como ya sabes. Estábamos representando Bodas de sangre y la escena era con Silvia y con Lola, que hacían de la novia y la criada. En una de esas, la novia tenía que darle una palmada a la otra, un pequeño empujón, pero se ve que por estar muy metida en el papel o por un exceso de entusiasmo le metió una que la mandó diez metros más allá a la pobre. Y fíjate que se levantó, se recompuso con una gran profesionalidad y dijo: ¡Niña!, y entonces la otra, que se dio cuenta, le habló y ahí ya pudo localizar dónde tenía que ponerse de nuevo por la voz».

La próxima gran cita del grupo será en Galicia con ocasión de la bienal de teatro de la ONCE. Allá que irán con esta comedia en tres actos los actores Teresa González, Yves Pérez, Lola Buero, Lola Tejado, José Díaz, Charo Yáñez, Jesús Borrego, Juan León, Loli Jiménez y Concha Rodas, con su directora en cabeza. Un hito más dentro de un periplo artístico que incluye pueblos y ciudades y que enmarca entre telones, con todo el mérito de las cosas bien hechas, una nueva faceta de la labor social y cultural de esta organización única en el mundo. Única para la solidaridad, para la superación, para la integración social... y para aprender gestos necesarios.


Todos los vídeos de Semana Santa 2016