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Ocio durante el coronavirus

Sin Traviata, el cine como alternativa

Wagner buscaba en la ópera el arte total que años después descubriría el cine, con el que el género lírico ha mantenido siempre una estrecha pero desigual relación

28 may 2020 / 13:32 h - Actualizado: 28 may 2020 / 13:50 h.
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Hace más de una década que las salas de cine se han convertido en contenedores de disciplinas artísticas y deportivas de diversa índole, acercando gracias a las bondades de la tecnología digital los grandes eventos internacionales al público local, algo impensable hace tiempo y que hoy celebramos como un milagro hecho realidad. La ópera ha sido una de las grandes beneficiadas, sino la que más, de esta posibilidad ya abrazada por todas las grandes cadenas que se dedican al entretenimiento, pero hubo un tiempo en el que para poder ver ópera en el cine había que realizar una película, y puestos a ello lo más lógico era dar una planificación y tratamiento puramente cinematográfico al resultado. La empresa solía ser arriesgada, pues aunque el musical había gozado de enorme popularidad desde el inicio del cine sonoro – La melodía de Broadway fue la primera película sonora en ganar el Oscar, y El cantor de jazz la primera cinta que incluía fragmentos sonoros, concretamente un par de canciones de Al Jolson – la ópera es otro cantar. Para empezar por su condición de espectáculo elitista, reservado desde hace un par de siglos a públicos elegantes y sofisticados, hoy incluso intelectuales si hablamos de renovación del repertorio, aunque solo sea por pura convención social. Y para continuar por el hecho de contar una historia íntegramente a través de la música, lo que le aleja de la comedia musical, de corte más popular y ligero, relajada además por los diálogos. Por eso pocas veces el cine ha conseguido atraer al público masivamente a través de la ópera, lo que no ha impedido que el matrimonio haya dado considerables buenos frutos.

Esta noche tendría que alzarse el telón del Maestranza para acoger por enésima vez una función de La traviata de Verdi. El virus del que debemos protegernos lo ha impedido. Afortunadamente, dado lo escueta que sigue siendo la programación lírica en la capital de Andalucía, es el único título que no ha sobrevivido a la pandemia, pero nos impide disfrutar de la soprano Nino Machaidze, el reencuentro con el maestro Halffter y la función especial del día 5 de junio que debía estar protagonizada por jóvenes nuevos talentos. La última vez que pudimos disfrutar en Sevilla de una Traviata fue hace exactamente diez años, con un dúo andaluz de excepción por aquel entonces, la granadina Mariola Cantarero y el jerezano Ismael Jordi, bajo la archiconocida y efectiva dirección escénica de Franco Zeffirelli, referente absoluto de la tradición clásica y la puesta en escena realista a la vez que elegante.

La traviata de Zeffirelli

Sin Traviata, el cine como alternativa

En la escenografía de aquella Traviata podían apreciarse los detalles que ya habíamos disfrutado en la versión fílmica que estrenó en 1983, aquí en los cines que regentaba la familia Chiclana, Cristina, Florida y Pathé entre ellos. Era lógico, pues la dirección artística era suya en ambos casos, aunque en el cine con la colaboración de Gianni Quaranta, mientras del vestuario se encargaba en el cine Piero Tosi y en la escena Raimonda Gaetani, aunque las similitudes eran más que apreciables. Ambas disciplinas merecieron Bafta y nominación al Oscar, mientras la película se hizo con el premio británico y el Globo de Oro a la mejor película extranjera. La fotografía de Ennio Guarnieri completó un acabado estético y formal impecable, suntuoso y elegante, bendecido por ese buen gusto que tenía el director florentino, lo que no impedía que su realización estuviera plagada de sus habituales tics y cierta falta de pericia, generalmente plana y a menudo burda, como ya habíamos percibido en títulos anteriores suyos como Romeo y Julieta o Campeón, por no hablar de la patética Amor sin fin. En el apartado interpretativo la cinta cuenta con las inestimables aportaciones de Teresa Stratas como Violetta Valéry y Plácido Domingo como Alfredo Germont, además de la dirección musical de James Levine, director entonces del Metropolitan y muy apreciado en aquel momento en su país natal. De cualquier manera, y a pesar de la proliferación de grabaciones en DVD y BlueRay de montajes escénicos que existen del título verdiano, con una muy recomendable a la cabeza, la de Willy Decker, minimalista y conceptual, en las antípodas de la de Zeffirelli, ésta puede ser una alternativa muy satisfactoria para consolarnos de la caída de cartel de este popularísimo título verdiano que en el cine sirvió también para emocionar a Julia Roberts en Pretty Woman y anticipar a los protagonistas de Match Point la tragedia que se les venía encima.

Una larga lista de película operísticas

Los mismos protagonistas de esa Traviata de Decker, Anna Netrebko y Rolando Villazón, protagonizaron en 2008 una acartonada Bohème de Puccini con dirección musical de Bertrand de Billy, en formato puramente cinematográfico como complemento a la grabación que para Deutsche Grammophon realizaron unos meses antes. También de Puccini, Tosca cuenta con una adaptación del francés Benoît Jacquot protagonizada por Angela Gheorghiu con su entonces marido Roberto Alagna dando vida a Cavaradossi, Ruggero Raimondi, un habitual de las adaptaciones cinematográficas operísticas, como Scarpia, y Antonio Pappano en la dirección musical. La trama de Giacosa e Illica fue motivo de un par de películas no musicales, en 1941 con Imperio Argentina y Rossano Brazzi y en 1973 con Monica Vitti y Vittorio Gassman, mientras la versión más celebrada de la ópera de Puccini está firmada por Carmine Gallone en 1956, con Franco Corelli y la soprano norteamericana Franca Duval. Gallone llegó a filmar películas en torno a Rigoletto, Madame Butterfly y Cavalleria Rusticana, entre otros. Llama la atención que un director de escena tan reputado como Patrice Chéreau, y además interesante director de cine en títulos como La reina Margot, que además residió un tiempo en Sevilla, nunca se atreviera a hacer una adaptación lírica al cine. Un paisano suyo que sí lo hizo fue Abel Gance con Louise en 1939. El título de Charpentier con argumento también ambientado en la vida bohemia parisina, contó con la participación de la soprano estadounidense Grace Moore, muy popular entonces en la comedia musical y el Metropolitan de Nueva York. La película supuso el último trabajo de la actriz antes de fallecer en un accidente aéreo.

Cuatro años después de La traviata, Zeffirelli volvió a adaptar un título verdiano al cine, Otello, contando de nuevo para ello con Plácido Domingo, esta vez acompañado de Katia Ricciarelli como Desdémona, en una insólita producción de Menahem Golan y Yoram Globus, muy populares en los ochenta con películas horrendas como Masters del Universo o Cobra. Lorin Maazel se encargó de la dirección musical de esta película que también fue reconocida por sus logros artísticos. El éxito relativo cosechado por La traviata de Zeffirelli animó a Francesco Rossi a rodar en Carmona y Sevilla una versión muy realista de Carmen de Bizet, de nuevo con Domingo como protagonista, acompañado por Julia Migenes, cuya efímera fama le llevó a protagonizar en 1988 la cinta Berlin Blues de Ricardo Franco. Raimondi daba vida a Escamillo en esta producción que contaba con diálogos, como parece ser pretendió Bizet en su momento y planeaba hacer George Cukor en 1959 con Sophia Loren como la implacable cigarrera. Cinco años antes Otto Preminger realizó una versión basada en el musical de Broadway en el que Oscar Hammerstein II tradujo los temas más relevantes de la ópera de Bizet al inglés. En Carmen Jones Dorothy Dandridge fue doblada por Marilyn Horne y Harry Belafonte por LeVern Hutcherson. El mismo Preminger llevó al cine Porgy and Bess de Gershwin en 1959, de nuevo con Dandridge, esta vez doblada por Adele Addison, y Sidney Poitier cantando con la voz de Robert McFerrin, padre de Bobby Don’t Worry Be Happy. André Previn ganó un Oscar por la adaptación y dirección musical de la película.

Ya antes de que el sonido llegara al cine, Wagner, en cuyos principios se basara gran parte de la música cinematográfica que ilustraron las películas desde los años 30 a los 50, inspiró un gran monumento cinematográfico, Los nibelungos de Fritz Lang, cuyas dos partes de un total de casi cinco horas de duración contaron con música de Gottfried Huppertz según la tetralogía wagneriana, que se interpretaba en directo en ocasiones especiales como era habitual cuando se trataba de producciones épicas y suntuosas. Muy celebrada es la versión que rodó Hans-Jürgen Syberberg de Parsifal, más de cuatro horas regadas con la Filarmónica de Montecarlo y Armin Jordan a la batuta. Wagner fue además objeto de un biopic hollywoodiense en 1956, Magic Fire de William Dieterle, en el que el británico Alan Badel daba vida al genial compositor, mientras la hermosa Yvonne de Carlo incorporaba a la actriz Minna Planer, su primera esposa, aunque los Liszt tenían también una participación considerable. Erich Wolfgang Korngold aceptó encargarse de la adaptación musical, tras una década sin componer para el cine. La música y figura de Wagner tuvo también un protagonismo especial en Ludwig de Lucchino Visconti, con Trevor Howard dando vida al admirado compositor de un Luis II de Baviera acertadamente abordado por el ambiguo Helmut Berger, a quien daba réplica Romy Schneider en el mismo papel que la hizo célebre, Sissi, naturalmente con otro registro. Curisamente, a pesar de haber sido un director escénico de referencia y ser reconocido por su incontestable y aristocrático buen gusto y refinamiento, Visconti nunca adaptó una ópera al cine, aunque títulos como El gatopardo o Senso se alimenten del concepto. Wagner sonó también en Cita con Venus, donde una representación multieuropea de Tannhäuser servía para poner en relieve las debilidades de la Unión Europea. Glenn Close actuaba a las órdenes de István Szabó, mientras Kiri Te Kanawa, René Kollo y Waltrud Meier cantaban a las de Marek Janowski.

Mozart ha disfrutado de muy buenas adaptaciones al cine. Joseph Losey dirigió en 1979 una versión íntegra de Don Giovanni protagonizada por Ruggero Raimondi, Edda Moser, Kiri Te Kanawa, Teresa Berganza y el bajo barítono belga Jose van Dam, que además fue el protagonista de una interesante película de Gérard Corbiau en 1988, El profesor de música. Corbiau se haría más tarde célebre por Farinelli, una producción sobre el famoso castratto para la que se contó con las voces combinadas de la soprano Ewa Malas Godlewska y el contratenor Derek Lee Ragin con el objeto de conseguir un timbre lo más parecido posible al de los afortunadamente irrepetibles fenómenos del Barroco. En 2010 el director danés Kasper Holten trasladaba a la actualidad y en inglés el mito de Don Juan según la ópera de Mozart. Reducida casi a la mitad y ahondando en su perfil psicológico, Juan era el playboy al que daba vida el barítono inglés Christopher Maltman. Elizabeth Frutal era una de las voces que le acompañaban, mientras Plácido Domingo había una aparición fugaz en una fiesta organizada en el loft del protagonista en una más que interesante y entretenida película. También traducida al inglés, Kenneth Branagh presentó en 2006 la producción más cara y ambiciosa basada en una ópera hasta el momento, su particular Flauta mágica, muy colorista y generosa en efectos visuales, para cuya dirección musical contó con James Conlon, mientras entre las voces destacaba la de Lyubov Petrova como Reina de la noche. Treinta años antes Ingmar Bergman se había acercado también a este título mozartiano con una mirada más clásica pero con una considerable carga poética e intelectual. Aunque se rodó para televisión, se estrenó en muchos países en cines e incluso logró una nominación al Oscar al mejor vestuario. Muy sesuda y aparatosa resultó la adaptación que de Moses und Aron de Schoenberg realizaron Danièle Huillet y Jean-Marie Straub en 1975. Terminamos este repaso con una experiencia exquisita y otra insólita. Los cuentos de Hoffman de Michael Powell y Emeric Pressburger amplió la categoría alcanzada por esta pareja en títulos como El ladrón de Bagdad, Narciso Negro y Las zapatillas rojas, con una fantástica y preciosista recreación de la ópera de Offenbach, traducida también al inglés por Thomas Beecham, que se encargó además de dirigir a la Royal Philharmonic para la ocasión. Por su parte diez realizadores, entre los que se encuentran Robert Altman, Bruce Beresford, Jean-Luc Godard, Derek Jarman, Nicolas Roeg y Ken Russell, dirigieron en 1987 Aria, una sucesión de escenas de Pagliacci, Tristán e Isolda, Turandot, Rigoletto, La ciudad muerta o Un ballo in maschera según el sentido de la estética y la narrativa de cada autor.

Sin Traviata, el cine como alternativa

Además de estas adaptaciones, la ópera ha sido inspiración para el cine desde diversos ángulos, ya sean biografías de grandes figuras del canto, como Callas o Pavarotti en interesantes documentales recientes, o El gran Caruso, con Mario Lanza incorporando al mítico cantante. También en clave de comedia, recuperando la figura de la millonaria americana Florence Foster Jenkins que quería ser soprano sin contar con las cualidades adecuadas, en la cinta de Stephen Frears protagonizada por Meryl Streep o la francesa Marguerite con Catherine Frott, o en propuestas de intriga como la fallida Bel Canto con Julianne Moore doblada por Renée Fleming. La recreación de funciones operísticas con mimbres historicistas ha sido también una constante en películas como Amadeus de Milos Forman o Jefferson in Paris, en la que James Ivory recuperaba Dardanus de Antonio Sacchini de la mano de William Christie y Les Arts Florissants. Menos acertado estuvo Coppola en su acartonada puesta en escena de Cavalleria Rusticana de Mascagni en el trágico e inquietante final de El padrino III, con su propio tío, Anton Coppola, llevando la batuta. Mientras en Hechizo de luna se echó mano de una función de repertorio para recrear La bohéme que Nicolas Cage invita a disfrutar a una pomposa Cher en el Metropolitan de Nueva York. Woody Allen nos hizo reír haciendo a Fabio Armiliato cantar solo bajo la ducha, incuso en escena, en A Roma con amor, mientras los Hermanos Marx dedicaron una de sus películas más legendarias a Una noche en la ópera, con Allan Jones entonando Di quella pira de Il trovatore. Hasta que llegó Andrew Lloyd Webber en El fantasma de la ópera sonaba Martha de Flotow o Fausto de Gounod, según la versión. Werner Herzog llevó la ópera de Verdi y Bellini a la selva en Fitzcarraldo, con Klaus Kinski dando vida al visionario empresario. Y Mike Leigh se despachó a gusto recreando con todo lujo las representaciones de El Mikado y otros títulos de Gilbert & Sullivan en Topsy Turvy. Mitchell Leisen en 1953 reunió a una gran cantidad de artistas para ilustrar la vida del empresario operístico y del entretenimiento de principios del siglo XX Sol Hurok en Tonight We Sing. Y Dustin Hoffman dirigió en 2012 Quartet, un bonita historia sobre una residencia para mayores ex artistas de la ópera que planifican una interpretación magistral de Bella figlia dell’amore de Rigoletto.

Sin Traviata, el cine como alternativa

Del cine a la ópera

Últimamente son también muchos los títulos que han sido éxito en el cine que se han adaptado a la ópera. Se trata por supuesto de ópera contemporánea, tan poco accesible a públicos mayoritarios y para la que nadie parece querer trazar una política educativa que permita perder prejuicios frente a lo que no es sino la música de nuestro tiempo, que ayude a quitar el polvo a una manifestación tan anclada en el pasado y a menudo tan rancia. Tras el título que André Previn dedicó a Un tranvía llamado deseo a finales del pasado siglo, la Universidad de Minnesota se ha convertido en un referente a la hora de encargar óperas basadas en películas. La duda de Douglas Cuomo según la película de John Patrick Shanley protagonizada por Meryl Streep, Philip Seymour Hoffman y Amy Adams, El resplandor de Paul Moravec según la novela de Stephen King, o The Manchurian Candidate, aquí conocida como El mensajero del miedo, de Kevin Puts son algunos ejemplos. El Real estrenó hace unos años Brokeback Mountain, un encargo de Gerard Mortier al recientemente fallecido Charles Wuorinen, mientras la Royal Opera House de Londres hizo lo propio con El ángel exterminador de Thomas Adès según el clásico de Buñuel. Jennifer Higdon compuso Cold Mountain para la Ópera de Santa Fe basándose en la película de Anthony Minghella, y Howard Shore adaptó su propia banda sonora para La mosca de David Cronenberg en un montaje estrenado en París. Poul Ruders llevó a la escena danesa Selma Jezková según Dancer in the Dark de Lars von Trier, y Tobias Picker a San Francisco Eclipse total, basada en la novela de Stephen King Dolores Claiborne, llevada al cine por Taylor Hackford en 1995. Entre videos, plataformas, películas y otros artilugios electrónicos y digitales, podremos sobrevivir a la falta de ópera en teatros, y La traviata seguirá subiendo el telón en cualquier hogar que lo desee.


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