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¿Un flamenco gitano y otro gaché?

Una discusión sin sentido. Si alguna vez hubo una modalidad de cada clase, acabaron fusionándose gracias a la convivencia de los artistas

Manuel Bohórquez @BohorquezCas /
18 dic 2016 / 21:38 h - Actualizado: 19 dic 2016 / 07:00 h.
"Flamenco","Temas de portada","Sobrevivir a los estereotipos"
  • Antonio Mairena (en la foto) y Ricardo Molina inventaron la etapa ‘hermética’. / El Correo
    Antonio Mairena (en la foto) y Ricardo Molina inventaron la etapa ‘hermética’. / El Correo
  • Camarón, un gitano que marcó una época en el flamenco. / El Correo
    Camarón, un gitano que marcó una época en el flamenco. / El Correo
  • El cantaor Pepe Marchena. / El Correo
    El cantaor Pepe Marchena. / El Correo
  • Una de las grandes referencias fue Manolo Caracol. / El Correo
    Una de las grandes referencias fue Manolo Caracol. / El Correo
  • Paco de Lucía presumía de haberse criado entre gitanos, sin serlo él. / El Correo
    Paco de Lucía presumía de haberse criado entre gitanos, sin serlo él. / El Correo

El flamenco tiene ya casi dos siglos y medio de vida pública y aún hoy sigue la polémica de si es un arte creado por los gitanos andaluces o por los andaluces en general, por no decir payos, que es un término despectivo. Polémica absurda, por cierto, pero ahí sigue y es motivo de acalorados enfrentamientos entre flamencólogos, críticos, artistas y aficionados. Lo cierto es que cuando el arte de lo jondo comenzó a subirse a los tablaos, entre sus primeros profesionales los había gitanos y no gitanos, luego la época hermética inventada por Antonio Mairena y Ricardo Molina carece ya de sentido, sobre todo porque la sitúa en la sexta década del XIX, cuando en la segunda de ese mismo siglo, Antonio Monge El Planeta y su sobrino Lázaro Quintana ya cantaban en los teatros de Cádiz, y veinte años después, un tal Peicker organizaba fiestas en Triana para los turistas, en las que las gitanas del arrabal bailaban los estilos clásicos de la escuela bolera mientras eran jaleadas por sus maridos e hijos.

Los gitanos andaluces se buscaban la vida con los cantes y bailes de la tierra mucho antes de la tan manida época hermética, mezclados con los gachés, en una fusión que fue determinante para la creación del género flamenco. Y fueron las mujeres gitanas las que tuvieron un papel esencial en esa fusión, cuando iban de invitadas a fiestas organizadas en Sevilla por familias adineradas, a las que iban para animar esas fiestas. En ellas, el protagonismo solían tenerlo las boleras y los boleros, artistas del teatro como Manuela Perea La Nena, Petra Cámara, Félix Moreno, Manuel Guerrero, La Campanera y Miguel y Manuel de la Barrera, entre otros. Los diarios sevillanos, cuando hacía alusión a estas señoriales fiestas o Bailes de los ingleses, siempre solían rematar las gacetillas con esta clarificadora coletilla: «Animarán las fiestas unas gitanas de La Cava de Triana».

En las academias boleras de Sevilla, de conocidos boleros como Miguel de la Barrera y Quintana y Manuel de la Barrera y Valladares, los primeros cantaores que contrataron para el cuadro de acompañamiento no eran gitanos. Nos referimos al Isleño Ramón Sartorio, el portuense José Perea y los sevillanos Enrique Prado, Juraco el de Alcalá y José Lorente, destacados cantaores de los años cincuenta y sesenta del citado siglo. Si estos cantaores no tuvieron acceso a las fiestas privadas de los gitanos de Triana, por continuar en Sevilla, y los maestros gitanos no cantaban al público, como se ha señalado alguna vez, ¿dónde aprendieron los cantes? Además, cuando surge el género flamenco y aparecen los primeros intérpretes, el cante era ya un arte gestado y no en período de gestación, y los estilos, los distintos palos de la baraja flamenca, estaban ya bien definidos, con las escuelas gaditanas, sevillanas, jerezanas o malagueñas muy reconocidas.

En la célebre fiesta trianera que relata el escritor malagueño Serafín Estábanez Calderón, Un baile en Triana, en 1842, aunque celebrada cuatro años antes, las figuras centrales eran El Planeta y El Fillo, veterano el primero y bastante más joven el segundo. Gitanos y gaditanos los dos, por cierto, de la Tacita y San Fernando, respectivamente. Pero El Jerezano, Juan de Dios y La Perla no lo eran, luego gitanos y castellanos participaban ya juntos en las fiestas andaluzas antes de la citada época hermética. Y si participaban juntos, está claro que unos ejercerían influencias sobre otros, unos con estilos folclóricos y otros gitanos, siendo fundamental esa fusión de músicas y danzas.

Antonio Machado y Álvarez, Demófilo, padre de los poetas sevillanos, atribuye al célebre Silverio Franconetti, cantaor no gitano, de la Alfalfa, la creación del género flamenco, al fusionar el cante gitano con el andaluz. Destaca su importancia, aunque lo responsabiliza de la pérdida de la pureza, convirtiendo el arte gitano en un producto musical y dancístico que se vendía en los cafés cantantes, que él impulsó, primero en Sevilla y luego en otras ciudades andaluzas como Huelva y Córdoba. Incluso en la ciudad extremeña de Badajoz. Silverio no estuvo solo en esa labor, puesto que es conocida su sociedad con el macareno Manuel Ojeda El Burrero. El célebre cantaor jerezano Juan Junquera y su hermana Tomasa también montaron cafés cantantes en Jerez de la Frontera y otras ciudades, y eran gitanos, pero Demófilo los salvó del varapalo o reprimenda, responsabilizando solo a Silverio de comercializar el arte gitano.

Quizá Demófilo, amigo de Silverio, no supo valorar en su justa medida la labor del gran cantaor sevillano, pero vivió lo suficiente para comprobar cómo el género flamenco sirvió para vertebrar a Andalucía y convertir en verdaderos profesionales de la música y el baile de la tierra a gitanos y castellanos que fueron abandonando sus oficios y dedicándose a actuar en teatros y cafés. Gitanos y no gitanos seguían trabajando juntos en cafés y teatros, artistas como el Cuervo Sanluqueño, El Raspao de Cádiz, Paquirri el Guantér, los Ortega, los Marruros, el Loco Mateao, María Borrico, Dolores la Parrala, La Cuenca, Miguel Macaca, La Sarneta, Ramón el Ollero, Juan Breva, el Canario de Álora, Fosforito el de Cádiz o las Coquineras del Puerto, las célebres hermanas bailaoras. Unos eran gitanos y otros no, y entonces no parecía un problema, sino más bien un prodigio de convivencia social e intercambio cultural.

Ya en el siglo XX, con el flamenco muy profesionalizado, los cafés cantantes cerrados y el teatro abierto al género, la llegada de la discografía y las compañías de artistas por el mundo, destacaron figuras gitanas y no gitanas como Antonio Chacón y Manuel Torres, ambos jerezanos, el primero gaché y el segundo gitano, aunque interpretando los mismos palos y, en ocasiones, las mismas letras. No rivalizaron en los escenarios por ser uno gitano y el otro no, sino porque eran distintos, con voces diferentes. Chacón tuvo que cantar malagueñas para agradar al público del teatro y los cafés, y Manuel Torres, farrucas, palos no tenidos por andaluces, gitanos o jondos. Entonces, como ahora, los estilos más de la tierra, como las seguiriyas, las soleares, los cantes de fragua y los romances gitanos, eran palos para una minoría selecta.

Cada época de la historia del flamenco ha estado marcada siempre por determinados artistas gitanos y no gitanos. Tras Chacón y Torres, llegaron la Niña de los Peines y Manuel Vallejo, Pepe Marchena y Manolo Caracol, Antonio Mairena y Juan Valderrama, Antonio Fosforito y Juan el Lebrijano, El Chocolate y José Menese, Enrique Morente y Camarón de la Isla. Por poner algunos ejemplos claros de artistas fundamentales que han rivalizado en los escenarios, cada uno con su propio estilo, dándole a cada palo su impronta, pero haciendo un mismo flamenco. Si alguna vez lo hubo, si hubo un flamenco gitano y otro payo o gaché, acabaron fusionándose gracias a la convivencia de los artistas, esa a la que nos hemos referido que viene desde la época de Silverio e incluso de épocas anteriores, por mucho que se haya hablado sobre la etapa hermética de mediados del XIX, que no fue sino un cuento chino de Mairena y Molina que se creyeron candorosamente algunos flamencólogos e intelectuales y que utilizaron para crear el gitanismo y considerar al artista flamenco no gitano poco menos que un intruso.

No deja de ser sorprendente que aún haya que andar explicando estas cosas, y que todavía haya artistas flamencos no gitanos que tengan que justificar el don que tienen diciendo que, «aunque no soy gitano, lo llevo dentro», entre otras lindezas. En Sevilla hay tablaos donde han obligado a algunas bailaoras a teñirse el pelo de negro y broncearse para parecer gitanas, porque el que viene de fuera y visita estos locales piensa que el flamenco es un arte de los gitanos. Es lo que les dicen en los dípticos que suele haber en los hoteles y las agencias de viajes y lo que solían escribir los viajeros románticos del XIX, de ahí que muchos artistas gachés se hicieran pasar por gitanos porque así eran mejor aceptados por los doctores de la iglesia jonda. José Menese, por poner un ejemplo, solía decir que era gitano por dentro. Era un claro caso de gitanista intransigente, siendo castellano. Y Paco de Lucía, que no era gitano, presumía de haberse criado entre ellos, lo que recuerda una vieja soleá que viene al caso:

No soy gitanito, no.

Me he criado entre ellos,

me tira la inclinación.

El que no tuvo nunca complejos fue Manuel Vallejo, quien una vez que cantó por bulerías en Jerez, alguien le gritó: «Vallejo, para cantar por bulerías en Jerez hay que beber agua del Tempul». A lo que el genio sevillano le contestó: «En el Tempul me lavo yo los pies», para luego cantar por ese palo y levantar al público. Era un genio del compás, como lo fueron Chano Lobato o lo es Fosforito.

A estas alturas del siglo XXI, con el mundo entero enamorado de este arte tan viejo y a la vez tan nuevo, no tiene ningún sentido discutir sobre quién parió a la criatura, y dónde. Lo suyo es refregárselo por la piel hasta hacerse sangre, disfrutar de él y emocionarse con el que tenga el don de hacerlo, sea gitano, gaché o japonés.


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