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Un siglo de Monterroso, el novelista del dinosaurio

En 2021 se celebra el centenario del nacimiento de este escritor hondureño, nacionalizado guatemalteco y que vivió y murió en México, maestro del miniaturismo narrativo y de tantos otros narradores hispanos que admiraron su magia para la síntesis

Álvaro Romero @aromerobernal1 /
10 abr 2021 / 13:02 h - Actualizado: 10 abr 2021 / 13:07 h.
"Cultura"
  • Augusto Monterroso. / Fundación Príncipe de Asturias
    Augusto Monterroso. / Fundación Príncipe de Asturias

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El día que comience el próximo invierno, que en esta era pandémica nunca se sabe cuándo será pero que oficialmente es el 21 de diciembre, el escritor hispano que más rentabilidad le sacó a su brevísima obra, Augusto Monterroso, habría cumplido 100 años, aunque lo cierto es que al menos su cuerpo murió en 2003. Sin embargo, como lo trascendente de un escritor es siempre el reguero de su propia voz, se presenta este año una golosa oportunidad para indagar en una obra tan breve como intensa pero que alcanzó celebridad con un solo cuento, más breve y más intenso aún. El cuento cabe en esta línea perfectamente: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”.

Esas siete palabras, que Tito Monterroso –así era conocido- consideró siempre “una novela” no solo inauguró para la modernidad el reto literario del microrrelato que tantos escritores han practicado después, sino que incluso ha dado para intensas interpretaciones sintácticas capaces de hacer y rehacer su sentido semántico. ¿Quién despertó cuando el dinosaurio estaba allí todavía? ¿O es que era el propio dinosaurio quien despertó? ¿Y qué pasaría si cambiásemos de posición la coma?

El caso es que el cuento parece condensar un planteamiento, un nudo y un desenlace a pesar de su aparente brevedad. Y que se ha gastado muchísima más tinta en glosarlo de la que Monterroso empleó al gestarlo, probablemente en estado de indignación a mediados de los 50, y tras el derrocamiento, en 1954, de Jacobo Árbenz de la presidencia de Guatemala mediante un golpe de estado organizado por la CIA. Para entonces, Monterroso llevaba ya una década indignado contra los dictadores y cambiando de país. Porque fue en 1944 cuando llegó a estar en la cárcel por su activo papel en las revueltas contra el entonces dictador guatemalteco, Jorge Ubico, al que sustituyó por unos meses otro dictador, Federico Ponce Vaides. Monterroso, en todo caso, logró escapar de prisión y pidió asilo en la embajada de México, país en el que escribiría toda su obra, después de pasar también algunos años en Bolivia y Chile.

No fue hasta 1959, y apoyado por la Universidad Nacional de México, cuando Tito decidió empezar a publicar. Su ópera prima, un delgado volumen en el que incluía el microcuento El dinosaurio, no solo llevaba en el título una carga bien amarrada de ironía que se había propuesto para todo lo que le quedaba por escribir, Obras completas (y otros cuentos), sino también la semilla de su condición de escritor multigenérico que se enorgullecía, sobre todo, de cuanto había leído de sus maestros, empezando por Cervantes y terminando por Kafka: sus textos parecían cuentos breves, brevísimos a veces, pero también tenían algo de nota erudita, o de glosa; a veces de testimonio, o de reseña; o de microensayo; de fábula; y, por supuesto, de poesía reconcentrada.

Su primer libro demostraba, además, dos cualidades asociadas a su peculiar perspectiva moral: el humorismo en su amplísima gama de registros y el pesimismo causado por su potentísima capacidad de análisis de la psicología humana en tantas circunstancias. Su esposa, Bárbara Jacobs, recordó en Vida con mi amigo (1994) que una vez le dijo: “Mientras más te acercas al fondo de un tema, más riesgo corres de toparte con la tristeza”. Fue justamente con su mujer con quien hizo aquella Antología del cuento triste en 1992.

Persona non grata en EEUU

El primero de los cuentos de su primer libro, Mr. Taylor, se adelantaba en su trasfondo a Cien años de soledad, de García Márquez, al ser una sátira sangrante del expolio que la United Fruit Company practicaba en Centroamérica. El relato hizo tanta pupa durante tantos años, que a Monterroso le granjeó la condición de persona non grata en EEUU, donde se le prohibió la entrada en 1972 por ser un dangerous writer. No en vano, el propio Gabo dijo que Monterroso que había que leerlo “con las manos arriba”. “Su peligrosidad se funda en la sabiduría solapada y la belleza mortífera de la falta de seriedad”, escribió el Premio Nobel colombiano.

Coherente con su estilo de escribir poco y bien, a Monterroso pareció tragárselo la tierra hasta que, diez años después, en 1969 volvió a aparecer con La oveja negra y demás fábulas, con animales más humanos que muchos, incluido aquel “Mono que quiso ser escritor satírico” que se aturulla por el incómodo compromiso de que cualquiera de sus sátiras puede ofender a alguno de sus amigos, quienes le aplauden, y por eso desiste y se dedica mejor a “la Mística y el Amor y esas cosas”, por lo que sus amigos dejan de aplaudirle y desperdicia, de paso, su propio genio. Tres años después, en Movimiento perpetuo, el escritor concluye que el aumento de sus relaciones sociales acabó por arruinar lo poco que tenía de escritor, puesto que ahora no puede escribir nada sin ofender o adular a sus amigos y protectores”, como señalaba con tanta lucidez Domigo Ródenas de Moya en el prólogo que para RBA preparó en 2013 sobre su obra completa, reeditada hace ahora dos años.

Monterroso es, sobre todo, un escritor metaliterario, y lo demuestra con sus propios trasuntos animalizados: la Pulga escritora, el Fabulista, el Zorro escritor. La primera imagina que es Joyce, Swift, Goethe o Sor Juana Inés de la Cruz. El propio Monterroso habría de decir alguna vez que, contra el tópico, lo que eleva a un escritor no es tener un estilo inimitable, sino todo lo contrario: conseguir un estilo perfectamente imitable para merecer un adjetivo como kafkiano, borgesiano o cervantino.

Premiado a pesar de todo

En 1970, Monterroso consiguió el Premio Magda Donato, y en 1988 recibió la Condecoración del Águila Azteca por su aporte a la cultura mexicana. En 1977, el Ministerio de Cultura y Deportes de Guatemala le otorgó el Premio Nacional de Literatura Miguel Ángel Asturias. Y en el año 2000, recibió en España el Príncipe de Asturias por toda su trayectoria literaria. Cinco años después de morir, ya en 2008, su esposa donó su legado artístico a la Universidad de Oviedo.

La única novela -si puede entenderse así en términos generalizados- la publicó en 1978 bajo el significativo y hamletiano título de Lo demás es silencio. En ella, protagonizada por Eduardo Torres, aparece el genial Decálogo del escritor con doce mandamientos para que cada cual escoja los diez que mejor le cuadren: “Cuando tengas algo que decir, dilo; cuando no, también. Escribe siempre”, reza el primero. El quinto parece versar sobre su propia poética personal: “Aunque no lo parezca, escribir es un arte; ser escritor es ser un artista, como el artista del trapecio, o el luchador por antonomasia, que es el que lucha con el lenguaje; para esta lucha ejercítate de día y de noche”. El segundo se parecía mucho a un justo epitafio para su propia figura: “No escribas nunca para tus contemporáneos, ni mucho menos, como hacen tantos, para tus antepasados. Hazlo para la posteridad, en la cual sin duda serás famoso, pues es bien sabido que la posteridad siempre hace justicia”.

Un siglo después de su nacimiento, el Aula de la Experiencia de la Universidad de Sevilla en Los Palacios y Villafranca le prepara un homenaje en forma de inteligente lectura colectiva. No se conocen hasta ahora, ni siquiera en Guatemala, muchos más homenajes, que, dicho sea de paso, no le gustaban demasiado. Pero todo se andará. Al fin y al cabo, los escritores nunca mueren del todo. Cuando pareció hacerlo, en 2003, alguien dijo de inmediato: “Tito no puede morir, es otra de sus bromas”.


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