jueves, 17 octubre 2019

60 años no son nada

Los cuartos de la Champions regresan a Nervión seis décadas después

02 abr 2018 / 04:43 h - Actualizado: 02 abr 2018 / 12:08 h.
  • El Sevilla en la Copa de Europa 1957-58. Arriba, de izquierda a derecha: Campanal, Romero, Valero, Ramoní y Busto. Abajo, en el mismo sentido: Antoniet, Arza, Pepillo, Pepín y Pahuet. / El Correo
    El Sevilla en la Copa de Europa 1957-58. Arriba, de izquierda a derecha: Campanal, Romero, Valero, Ramoní y Busto. Abajo, en el mismo sentido: Antoniet, Arza, Pepillo, Pepín y Pahuet. / El Correo

Uno de los días más negros de la extensa historia del Sevilla FC fue el 28 de octubre de 1956, cuando fallecía repentinamente Ramón Sánchez-Pizjuán, ambicioso y carismático presidente que dio nombre posteriormente al estadio sevillista. Se fue sin ver cumplido uno de sus muchos sueños, la terminación de un estadio acorde con la categoría de un club, el Sevilla, que disfrutaba de años de grandeza, al calor de la generación campeona de la Liga y que en los años 50 sumaba su tercer Campeonato de España y rozaba su segundo campeonato liguero. Fue entonces, en la temporada 1956-57, cuando ya sin Sánchez-Pizjuán al mando, el Sevilla logró en una última jornada crucial arrebatarle al Barcelona el segundo lugar en la clasificación final y meterse así en la recién creada Copa de Europa por vez primera. Hablamos de un Sevilla que, ya sin Helenio Herrera, se disponía a debutar en Europa con ilustres como Juan Arza, Campanal, Busto, Ramoní, Valero, Antoniet o Pahuet, entre otros.

En aquella temporada 1957-58 todavía se echaba en falta por Nervión a don Ramón, a la vez que muchos maldecían que no hubiera podido contemplar a su equipo jugando la mejor competición del mundo. El Sevilla eliminó al Benfica, al Aarhus y jugó los cuartos de final frente al todopoderoso Real Madrid, campeón del Viejo Continente y que había permitido precisamente por eso el billete sevillista a la Copa de Europa al haber ganado igualmente la Liga española. Di Stéfano, Gento, Kopa, Rial, Marquitos Alonso y compañía no tuvieron piedad: 8-0 en Madrid y un meritorio 2-2 en Sevilla que maquillaba el honor. Aquel partido de despedida tuvo lugar un 23 de marzo de 1958, pocos meses antes de que se cumpliera otro de los sueños de Sánchez-Pizjuán: ver inaugurado el nuevo estadio.

Este martes, 3 de abril de 2018, habrán pasado casi 60 años justos de la primera y última vez que el Sevilla jugó los cuartos de final de la hoy denominada Champions League. La Liga de los Campeones. Porque aquel Sevilla que vivió e imaginó Sánchez-Pizjuán es hoy de nuevo un grande, pentacampéon de España (en la Copa) y de Europa (en la Europa League). Es más, aquel estadio que imaginó acabado Sánchez-Pizjuán luce hoy radiante, dispuesto a recibir a un gigante como el Bayern de Múnich. Otra amenaza de órdago seis décadas después.

Los ambiciosos anhelos de Sánchez-Pizjuán se basaban en el estado de grandeza adquirido por el Sevilla en la primera mitad del siglo XX, pero perduraron en las generaciones sevillistas que aguantaron estoicamente varias décadas de mediocridad, hasta que la llegada del siglo XXI acabó a lo grande con tanta desesperación. En ese carácter se basa ahora el Sevilla para retar a todo un Bayern. Sin complejos. «El límite lo ponemos nosotros», proclamaba ayer el club de Nervión con un emotivo vídeo para ir calentando el ambiente ante la enésima cita histórica.

La eliminatoria ante el Manchester United y los 88 minutos de este fin de semana ante el imbatible Barcelona enseñan al Sevilla el camino a recorrer: con fe, solidez defensiva y una hinchada entregada puede sobreponerse a sus propios defectos de fábrica y obrar milagros. «Hagamos lo imposible», rezaba la proclama del grupo más animoso dentro del sevillismo, los Biris. De eso va la vida del Sevilla moderno. De eso iba la historia que escribió el Sevilla hace más de medio siglo y que don Ramón quiso llevar aún más lejos antes de que le sorprendiera la muerte. Sesenta años no son nada por Nervión.


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