viernes, 22 noviembre 2019

Una historia de leyenda

Hoy se cumplen 20 años del primer y único ascenso a Segunda División del Écija Balompié. El 25 de junio de 1995, el cuadro de San Pablo igualaba ante el Levante y certificaba su asalto a la categoría de plata.

25 jun 2015 / 14:58 h - Actualizado: 25 jun 2015 / 15:11 h.
  • Los aficionados mantearon a los jugadores al término del partido ante el Levante. / Archivo
    Los aficionados mantearon a los jugadores al término del partido ante el Levante. / Archivo
  • Iñaki López Murga escapa de la presión de un rival del Levante. / Archivo
    Iñaki López Murga escapa de la presión de un rival del Levante. / Archivo
  • Once inicial del día del ascenso. / Archivo
    Once inicial del día del ascenso. / Archivo
  • Japón celebra, eufórico, el 1-0 de López Murga. / Archivo
    Japón celebra, eufórico, el 1-0 de López Murga. / Archivo

El día que España coronaba al Pinturas Lepanto de Zaragoza como campeón de la Liga de fútbol sala y José María Aznar acusaba a Jordi Pujol de traición a la patria por su apoyo al socialista Felipe González, el Écija Balompié ascendía a Segunda División. El calendario, con las hojas húmedas por el calor preveraniego, señalaba el 25 de junio de 1995, el día en el que la tropa que entonces dirigía Manolo Wic retaba al Levante de Juande Ramos por una plaza en la categoría de plata del fútbol español. Los astigitanos habían vencido en el Ciutat de Valencia apenas unos días antes (2-4) y sólo necesitaban un punto para escalar hasta el profesionalismo. Al cierre del encuentro más relevante en la historia de la entidad, los azulinos firmaban un eléctrico 1-1 gracias a un gol del vasco Iñaki López Murga, en aquel tiempo un trotamundos que consumía las últimas páginas de su cuaderno de ruta con 34 años.

La trayectoria del Écija Balompié fue discreta en el primer tramo del torneo, aunque se encaramó a la zona de liguilla desde que en la jornada 21 doblegó al Real Jaén de los Nono, Somavilla, Torres, Puskas o el inigualable Rueda en San Pablo (2-1). Desde entonces fue capaz de discutir la hegemonía de Córdoba y Almería, los principales favoritos, y la pujanza de Cádiz, Real Jaén, Sevilla B y Yeclano. Con el pasaporte para la liguilla tramitado, los hombres de Wic, astigitano de adopción y debutante en la categoría, se conjuraron para obrar la hazaña en un grupo, el D, en el que debían rivalizar con el Pontevedra, el Numancia de Lotina y el Levante de Juande Ramos. «El bombo daba miedo», admite Manolo Wic 20 años después. Tras debutar en Soria con una igualada sin goles, el plantel de la Ciudad del Sol se estrenaba en la Calle José Herrainz ante el Pontevedra, al que doblegó gracias a una diana de Iñaki López Murga, sin duda alguna uno de los héroes de la heroicidad.

La derrota posterior ante el Pontevedra en el mítico Pasarón y la igualada sin goles ante el Numancia concedía una relevancia absoluta al doble enfrentamiento ante el Levante del exsevillista Juande Ramos, en aquel tiempo un joven técnico de apenas 40 años que asumía el mayor reto de su carrera después de brillar en el Ilicitano, filial del Elche, y el Alcoyano. En Valencia, los granotas acumulaban un preciado 2-0 al descanso, un registro que sellaba su ascenso matemático. «Cuando nos íbamos al vestuario la afición del Levante empezó a cantar al unísono campeones, campeones. En la segunda parte salimos enchufadísimos y les metimos cuatro», relata Iñaki López Murga (Orduña, 27-3-1961), en aquella época uno de los referentes del Écija y en la actualidad integrante de la secretaría técnica del Deportivo Alavés. Juan Ramón, bigoleador, Quino y Casado facturaron un 2-4 que dinamitó la eliminatoria.

«Aquel día yo marqué, así que imagínese si me acuerdo», apunta Juan Ramón Martín Pastor (Écija, 27-1-1973), uno de los pilares de aquel bloque y hoy entrenador del primer plantel azulino. Y, apenas cuatro tardes después, el 25 de junio de 1995, los pupilos de Manolo Wic recibían al Levante pletóricos de confianza. «En el cuerpo técnico dijeron de concentrar a los jugadores, pero yo no quise. No iba a cambiar la rutina que nos había permitido llegar con opciones al último partido de la temporada», señala Manuel Wic Moral (La Carlota, 9-12-1958), entonces entrenador del Écija Balompié y hoy profesor de Bachillerato.

Aquel día nadie alteró su rutina habitual antes de cada partido. «Yo comí pasta y puré de patatas y me fui al campo andando como cada domingo», asegura Juan Ramón. «Tomé café donde siempre y cuando llegué al campo pensé que ya era tarde. Había gente con banderas por todos lados», expone con un tono melancólico. Wic, emocionado y con la voz entrecortada, recuerda cómo fue su arenga antes de la finalísima. «Les dije a los chavales que disfrutaran como lo habían hecho hasta ahora», indica antes de enumerar a los seres queridos que se marcharon aquel año que se grabó en los anales de la historia en clave azulina. La película del ascenso se rodó con dosis de intriga y suspense. El Écija necesitaba un punto y, en el minuto 41, López Murga recogía un servicio de Japón para batir a Ramón y propagar el éxtasis por unos graderíos abarrotados por más de 6.000 almas.

«Hace ya mucho, pero sí tengo grabado en la memoria que fue un pase atrás de Japón y yo le pegué cruzado y el balón entró llorando», relata desde su Orduña natal López Murga, el héroe de aquella noche de verano. «La fiesta fue total. Nunca había visto tanta gente en la calle», ilustra con precisión visual un Manolo Wic que considera que el tiempo «ha borrado la importancia de aquello que se consiguió, que fue una auténtica hazaña». «En el equipo los mejor pagados ganaban 1.800.000 pesetas al año y en el grupo había clubes que pagaban hasta 20 kilos», manifiesta. La multitudinaria concentración en El Salón y el recibimiento en el Ayuntamiento abrocharon el final de una leyenda que hoy sólo recuerdan en el vestuario de San Pablo Juan Ramón Martín, entrenador de la primera plantilla, y Antonio Álvarez Villasanta (Écija, 13-6-1942), utillero en aquella época e integrante de la familia de la entidad de la Ciudad del Sol desde la temporada 1977-78. Dos voces que recuerdan una gesta inenarrable y que hoy está más viva que nunca.


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