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Rajoy gana sin una clara mayoría para presidir España

El PP vuelve a ser la fuerza política más votada pero se deja en el camino 63 escaños y más de tres millones y medio de sufragios

21 dic 2015 / 01:42 h - Actualizado: 21 dic 2015 / 01:58 h.
"PP","Elecciones Generales 2015","Mariano Rajoy","Soraya Sáenz de Santamaría"
  • Mariano Rajoy salió al balcón de Génova con su esposa, la secretaria general del PP, María Dolores de Cospedal, y la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría. / Chema Moya (Efe)
    Mariano Rajoy salió al balcón de Génova con su esposa, la secretaria general del PP, María Dolores de Cospedal, y la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría. / Chema Moya (Efe)
  • Mariano Rajoy ejerce su derecho al voto. / Sergio Barrenechea (Efe)
    Mariano Rajoy ejerce su derecho al voto. / Sergio Barrenechea (Efe)

Si nos ceñimos estrictamente a los números, las duodécimas elecciones generales tienen ganadores: Mariano Rajoy y el PP. Pero si arañamos levemente en esta maraña de cifras, es fácil concluir que se trata de una de las victorias más agridulces (e insuficientes) de la democracia reciente. O lo que es lo mismo, Rajoy vence pero sin una clara mayoría para presidir España. Y es que en el camino que va desde el 20 de noviembre de 2011 al 20 de diciembre de 2015 el líder gallego y los populares han perdido 63 escaños –de 186 a 123– y más de 3.665.419 millones de votos –pasando de 10.866.566 a 7.201.147. Una merma tan sumamente relevante como para invitar al partido de la calle Génova –sede central de la formación conservadora– a una profunda reflexión sobre tan violenta hemorragia.

No en vano, el porcentaje de votos con el que el PP se proclama triunfador del 20-D, 28,72 por ciento, es el más bajo de nuestra historia democrática. Hay que remontarse a los comicios de 1977 y 1979 para hallar porcentajes tan pobres y, entonces, en ambos casos se llegó a superar el 34 por ciento. Una circunstancia que deja una primera pregunta en el aire: ¿se puede liderar una legislatura prácticamente constituyente con poco más del 28 por ciento de los votos? Parece una misión complicada que exigiría una ingeniería de acuerdos difícil de encajar... y mantener en el tiempo. Sobre todo para un partido tan poco predispuesto al diálogo. Como muestra un ejemplo: en esta legislatura el Gobierno popular ha aprobado 73 decretos-ley, una fórmula prevista únicamente para casos de «extraordinaria y urgente necesidad» y con una tramitación parlamentaria sumaria, frente a un total de 143 proyectos de ley. Una cifra récord que se ha utilizado en un 34 por ciento de las iniciativas legislativas.

El PP ha logrado ratificar su triunfo en 13 de las 15 comunidades autónomas donde se impuso en las pasadas elecciones, así como en Ceuta y Melilla; aunque con un considerable recorte de los sufragios. E incluso en Cataluña pasa de ser la tercera fuerza a la sexta. Andalucía y Extremadura han sido las únicas regiones donde el PSOE ha conseguido darle la vuelta a los resultados de de hace cuatro años.

No esa no es la única cuestión a responder. Hay otra que quema en la boca: ¿qué han hecho Rajoy y el PP en estos últimos cuatro años para dilapidar el poder absoluto con el que contaba en 2011 cuando ganó con 186 escaños –76 sobre el segundo, PSOE–, gobernaba en casi la mitad de los ayuntamientos (3.811) y presidía 11 de las 17 comunidades autónomas? Hay tres factores claves en esta debacle: la crisis económica y la gestión de la misma, la corrupción y, no menos importante, la irrupción de Podemos y Ciudadanos. Hasta el punto que en el tradicional escenario que ha venido dibujando el bipartidismo desde los primeros comicios democráticos, el porcentaje del 28 por ciento de votos que hoy aúpa al PP como primera fuerza política de España suele acompañar al segundo de la lista. Sin embargo, la diversificación del voto con la aparición de las nuevas formaciones emergentes ha permitido a Rajoy retener la victoria. Ahora solo el diálogo y la capacidad de llegar a acuerdos con otros grupos dirá si además puede mantener el gobierno. Ya que la única suma posible que daría mayoría absoluta en el Congreso de los Diputados sería la de las dos fuerzas tradicionales: PP y PSOE, que juntos obtienen 213 escaños. Muy lejos de los 163 que aúnan populares y Ciudadanos o los 159 de socialistas y Podemos. Un escenario que apunta a una gobernabilidad incierta los próximos cuatro años.

La estrategia

Pero estos datos, pese a todos sus matices, vienen a revalidar una estrategia por la que Rajoy y su equipo más próximo apostaron desde que comenzaron a aplicar los primeros recortes y a incumplir una gran parte del programa con el que concurrieron a las elecciones de 2011: la recuperación económica. El dirigente gallego siempre confió a que una mejoría de las grandes cifras macroeconómicas fuera suficiente para mantenerlo en La Moncloa. No andaba mal encaminado. Por eso desde un principio el propio Rajoy pero también el PP parecieron renunciar a explicar a la ciudadanía su proyecto de futuro a pesar a la magnitud de los tijeretazos en sanidad, educación, dependencia y derechos laborales. A ello se refería Carlos Floriano, hasta este pasado mes de junio vicesecretario de Organización, cuando acuñó la famosa frase de que a los populares les había «faltado piel» a la hora de comunicar sus políticas. Como decimos, Rajoy abogó prácticamente su reelección al crecimiento del Producto Interior Bruto (PIB), la creación de empleo (a costa de la devaluación de los salarios y una importante y preocupante reducción de la población activa) y la tregua de los mercados gracias a la política monetaria del Banco Central Europeo (BCE) y su presidente, Mario Draghi. Y en parte, le ha funcionado. Aunque solo para el electorado más fiel del PP. Buena parte del voto prestado que cosechó en 2011 se ha ido y ha buscado cobijo en otras formaciones, especialmente en las emergentes Podemos y Ciudadanos.

Y al mismo tiempo que renunció a explicar recortes, desigualdades y demás trágicas consecuencias de esta crisis, lo hizo con la corrupción que salpicaba (y aún salpica) a su partido: de la trama Gürtel al caso Bárcenas pasando por Púnica. Con independencia de la gravedad de las acusaciones –financiación ilegal, pagos en B de las obras de renovación de la sede de la calle Génova, la imputación de todos los tesoreros del partido...–, Rajoy siempre actuó tarde, mal y a destiempo. Restando trascendencia a todos estos casos. Un hecho que, con total seguridad, ahora le ha terminado pasando factura.

La reacción del líder

Circunstancias todas que hacen al líder conservador mucho más débil que hace cuatro años. Un hecho que no le impedirá formar gobierno, una legitimidad que le otorga haber sido la fuerza más votada y a ello dedicó sus primeras palabras: «quien gana las elecciones debe intentar formar Gobierno». Desde el balcón de la calle Génova señaló que buscará el apoyo parlamentario para tener «un gobierno estable con el único objetivo de servir a los intereses generales de los españoles». «España necesita estabilidad, seguridad, certidumbre y confianza», apuntó el presidente en funciones del Gobierno, quien admitió que a partir de ahora «será necesario hablar mucho, dialogar más, llegar a entendimientos y acuerdos». «Y yo lo voy a intentar», añadió.

Rajoy salió al balcón instalado en la sede nacional del partido junto a su mujer, Elvira Fernández, la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, y la cúpula del partido, encabezada por la secretaria general, María Dolores de Cospedal. Y allí volvió a repetir que «será necesario hablar mucho, dialogar más, llegar a entendimientos y acuerdos». De dicha capacidad dependerá su futuro político y, por extensión, el del PP.


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