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Crónicas dominicales

Egipto: un turismo de codicia y resistencia

Un crucero por el Nilo para contemplar las maravillas del Egipto antiguo es una delicia, pero hay aspectos negativos que las agencias de viajes deberían detallar bien a sus clientes, por el bien de la salud de los turistas

18 sep 2022 / 04:00 h - Actualizado: 18 sep 2022 / 04:00 h.
"Crónicas dominicales"
  • Egipto: un turismo de codicia y resistencia

En 1822, Jean-François Champollion descifró la piedra Rosetta. Hace 200 años, por tanto. Champollion murió con 41 años, tenía varias enfermedades, pero le dio tiempo de prestar este gran servicio a la Humanidad y otros menos célebres. Fundó la egiptología al lograr descifrar los jeroglíficos que contenía aquella piedra con la que se tropezó un soldado francés en 1799 durante la invasión napoleónica de Egipto. Estaban los soldados levantando un pequeño edificio cuando se produjo un milagro: el hallazgo de una considerable piedra negra del siglo II antes de Cristo, época tolemaica, en la que habían grabado un edicto de Ptolomeo V redactado en griego y en egipcio. Como ya sabíamos la lengua griega clásica -que les llegó a los egipcios gracias a las conquistas de Alejandro Magno- pudimos compararla con la escritura egipcia.

Todo un motivo de peso para visitar Egipto, recorrer el Nilo en crucero, contemplar sus zonas clásicas y extasiarnos con tanta grandeza de hace al menos 4.500 años en no pocas ocasiones. Si serían persuasivas que aún hoy nos infunden respeto, empezando por la maldición de Tutankamón que no existe pero haberla, hayla. Todavía no entran los guías turísticos en las dependencias del Museo Egipcio de El Cairo donde está el tesoro de este faraón que murió con 18 años. Dejan que entren sus guiados, pero ellos no, si lo hacen, lo hacen cuando no están ejerciendo su profesión.

Después de dos años de pandemia, en Egipto no te preguntan por el Covid ni por obligación, interesa captar turistas y, por tanto, pecunio. Y en las agencias de viajes españolas venden un crucero por el Nilo que resulta ser tan admirable y necesario como torturador. En verano, sobre todo. El calor y las distancias originan que, para llegar a los lugares clásicos lo antes posible, no te levanten ni un día a la misma hora ni después de las cinco de la madrugada, a veces a las dos para partir a las tres. El bus lleva un aire acondicionado que roza en ocasiones lo glaciar y, cuando llega a sus destinos, sales y te dan una bofetada 44 o 46 grados de calor, a la sombra. Hay mucho sol y mucho desierto. Y mucha polvareda.

Luego, camina o revienta, baja y sube tumbas de éste y del otro, decenas o centenas de personas -o miles en alguna ocasión- apilados en el mismo lugar, bajo tierra o en esos templos tan enormes. Nada de mascarillas, de distancias, que el dios Atón nos coja confesados. Se regresa al barco o al hotel y luego salida verpertina. Un recorrido de al menos quince días se desarrolla en seis o siete.

La consecuencia de este deseo de las empresas de ahorrarte dinero -conscientes de que pocos pueden abonar quince días de estancia a tuti plan- es que vas a muchos sitios pero no estás en ninguno y que, al final, algunos viajeros se resisten a bajar una vez más del bus para ir a ver una simple mastaba que supone quince o veinte minutos de caminata bajo el sol del desierto. Demasiado para el cuerpo.

De la piedra Rosetta al turista chaveta, podría titularse esta historia. Porque el sol, la arena, la tierra, el aire acondicionado, las bullas y la apretadísima y faraónica agenda pueden trastocarte el tarro. A algunos el tarro no, pero la barriga y la presión arterial sí. A otros un enfriamiento evidente por los cambios tan enormemente bruscos de temperatura. Estas cosas deberían informarlas con detalle en las agencias para que tomaran precauciones las personas con ciertas edades y/o con algún padecimiento. Sin esperar a que el cliente pregunte. Parece que interesa más recaudar dinero y vender seguros de viajes que nadie quiere utilizar en ningún lugar y menos en Egipto. El Cairo tiene 22 millones de habitantes y unos servicios públicos de pena, empezando por la sanidad. Por supuesto, no se puede beber agua del grifo en ningún lugar de Egipto. El agua embotellada es un negocio (otro).

Observen el itinerario que se meten los turistas entre pecho y espalda en poco tiempo: Día 1. Avión Madrid-Luxor. Al llegar, al barco. Enorme barco, estilo Titanic, imitando el lujo. Día 2. Luxor-Esna-Edfú. Visitas a los templos de Luxor y Karnak, a la Necrópolis de Tebas con el Valle de los Reyes y allí el templo de la Reina Hatshepsut, los colosos de Memmon y entrada a tres tumbas, una maravilla y un horror, hay que bajar mucho y subir, claro. Todos estos monumentos distan decenas de kilómetros unos de otros. Día 3. Templo del dios Horus, en Edfú, una ciudad tremendamente polvorienta, llena de carruajes turísticos, tipo cabriolas, tirados por un sólo caballo, desnutrido, y edificios ruinosos. Y el calor. Después, a Kom Ombo, a visitar los templos de los dioses Sobek y Haroesis. Día 4. Asuán-Abu Simbel-Asuán. Nos levantamos a las 2 de la mañana para salir a las 3 hacia el templo de Abu Simbel, distante unos cien kilómetros, dedicado a Ramsés II y a su esposa Nefertari. Regreso a Asuán, visita a la Alta Presa y al Obelisco Inacabado. Día 5. Asuán-El Cairo. En avión. Día 6. Pirámides de Guiza, Esfinge, necrópolis de Sakkara en Menfis. Día 7. Museo Egipcio, Ciudadela de Saladino, Mezquita de Alabastro, Gran Bazar de Khan el Khalili. Dia 8. El Cairo-Madrid.

Todo eso es lo que viene en el programa, añadan las actividades optativas: meterse en una pirámide, en más tumbas (la de Tutankamón se paga aparte) visitar Nubia, visitar una mastaba, el hotel Agatha Christie... Y ya tienen ahí una prueba de resistencia y la necesidad de unas vacaciones de las vacaciones cuando regresen a la madre patria. ¡Hombre! Un poquito de por favor...


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