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Se miente más de la cuenta

Lejos de intereses particulares y partidistas, la salida de la pandemia requiere voluntad y propósito de conseguirla, unidad, diálogo, esfuerzo, sacrificios, comunicación veraz y mucho sentido común

31 oct 2020 / 15:26 h - Actualizado: 31 oct 2020 / 15:29 h.
"Opinión"
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«Pocos españoles de la actual generación estarán libres de culpa por la infinita desdicha en que han sumido a su patria. De los que hemos actuado en política, ninguno». Son palabras que Indalecio Prieto escribió a Negrín cuando la incivil guerra española había finalizado y que ahora nos recuerda en un reciente artículo –dedicado al propio Prieto y a Largo Caballero– el catedrático de historia de la Complutense Juan Francisco Fuentes. Pero también son palabras que, ochenta años después, parecen escritas para estos tiempos de incertidumbre, pandemia, desolación y crisis económica, política e institucional: para retratar a unos polarizados políticos que, aunque hubieran querido, nunca podrían haberlo hecho peor.

Los ciudadanos, irresponsables o cabales, tenemos la impresión –y lo hemos escrito– de que siempre pudimos o pudieron hacer más para reducir las consecuencias y derivaciones de esta pandemia, sobre todo los mandamases que nos representan y gobiernan en España, en sus Comunidades Autónomas y en todo el mundo –algunos de ellos, además de ineptos, negacionistas y, en todo caso, salvo excepciones muy contadas, inoperantes, incapaces, negligentes, faltos de comunicación veraz y poco preparados para lo que se les ha venido encima–. Todos hemos sufrido y estamos padeciendo mucho, pero si, como escribió Herodoto, los sufrimientos enseñan, la ausencia de líderes nos ha hecho aprender poco. Sobre todo a los políticos y gobernantes que han olvidado desde hace algún tiempo que liderar es, sobre todo, educar, también con el ejemplo.

Razón tenia Emilio Lledó cuando al referirse a la covid19 –todavía en sus inicios– habló con acierto de situación inexperimentada porque nunca tuvimos en el mundo antecedentes de nada parecido a las desgracias que han ocurrido, están sucediendo y vamos a sufrir por la pandemia. Ya llevamos casi nueve meses de rodaje, un curso académico en el que deberíamos habernos aplicado con esfuerzo, trabajo y decencia a solucionar nuestros males y aprender cómo evitarlos minimizando sus consecuencias. No ha sido así y no está siendo así. Los líderes, que nos deberían haber enseñado el camino, han brillado por su ausencia. Ha escrito Daron Acemoglu que si la primera versión de estado de bienestar surgió de la Gran Depresión y de la II Guerra Mundial, ahora estamos cada vez más de acuerdo en que necesitamos instituciones mejoradas y socialmente más responsables, y nuestra obligación es intentar la renovación de un estado de bienestar postpandemia. Para poder conseguirlo y salir adelante necesitaremos desterrar los egos y buscar consensos: precisamos soluciones innovadoras y heterodoxas si fuere preciso, decisión y toda la capacidad moral y el capital ético de cada uno. No tenemos otra posibilidad y ninguna otra opción. Acaso ninguno de nuestros gobernantes y representantes políticos –si de verdad tienen la vocación de servicio público que juran atesorar– tendrá ocasión de servir mejor a su país que en estos instantes. Tampoco nosotros, los ciudadanos y ciudadanas; ni las empresas, las universidades, los periodistas, los intelectuales, las instituciones, la sociedad civil y cuantos contribuyen al desarrollo de una nación conformando su estructura económica, cultural, empresarial y social. Nos toca trabajar de consuno, hombro con hombro.

Lo extraordinariamente grave de esta situación es que el confinamiento y la pandemia nos deberían haber enseñado, siguiendo a Catón, que «nunca está nadie más activo que cuando no hace nada; nunca está menos solo que cuando está consigo mismo». Hemos tenido mucho tiempo para pensar y para ponernos de acuerdo en, precisamente, ponernos de acuerdo porque el futuro pospandemia solo podremos construirlo juntos. Lo sabemos pero no lo hemos hecho, aunque sepamos con certeza que, lejos de intereses particulares y partidistas, la salida de la pandemia requiere voluntad y propósito de conseguirla, unidad, diálogo, esfuerzo, sacrificios, comunicación veraz y mucho sentido común.

El peligro de la actual deriva política española, de su polarización, como nos recuerda Ramón Jáuregui, es que «hemos perdido la capacidad de pactar, de estimar el consenso, de apreciar las ventajas de su conquista. El verdadero peligro de la polarización... es privar al debate publico de la racionalidad y de alternativas y cargarlo de sentimientos, de identidades enfrentadas y de falsas soluciones». También de falsas ilusiones y de mentiras porque muchos de nuestros gobernantes se aprendieron solo la letra –y no la ironía– cuando Antonio Machado escribió que «se miente más de la cuenta por falta de fantasía; también la verdad se inventa». No se trata de inventar la verdad sino de vivirla en democracia: con pandemia o sin ella, con esfuerzo y trabajo siempre, hay que volver a la recuperación de los valores, de la ética limitadora de los descontroles, a la mejor educación, la fuerza espiritual que hace grandes a personas y pueblos, y que debe liderar el cambio huyendo de privilegios, luchando contra la corrupción y ofreciendo verdadera igualdad de oportunidades en libertad.


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