Eurovisión: la gran pasión de Antoné

Este diseñador de moda viaja cada año a la ciudad donde se celebra la final de Eurovisión, en la que disfruta desde una semana antes todo el ambiente que se genera en el festival

11 may 2018 / 08:30 h - Actualizado: 11 may 2018 / 17:13 h.
"Festival de Eurovisión"
  • Antoné Ballesteros muestra la bandera de España en el interior del Alice Arena de Lisboa. / El Correo
    Antoné Ballesteros muestra la bandera de España en el interior del Alice Arena de Lisboa. / El Correo
  • Este eurofan lleva varios días disfrutando de la capital portuguesa / El Correo
    Este eurofan lleva varios días disfrutando de la capital portuguesa / El Correo

«Pues ya casi estoy llegando a Lisboa». Con este lacónico mensaje, Antoné Ballesteros, un diseñador de moda de 31 años de edad, avisaba a sus amigos en la mañana del pasado martes de que estaba a punto de entrar en la capital portuguesa. No es un viaje de los normales que haga la gente que le rodea, aunque estos saben perfectamente que cuando llega el mes de mayo se va, contra viento y marea, en busca de su gran pasión: Eurovisión.

Antoné lleva muchos años viviendo entre su Jerez de la Frontera natal y Sevilla, y a golpe de aguja y diseños ha conseguido ganarse la vida, con la vista puesta siempre en que nada más entrar la primavera llega el momento de romper la hucha que le permite asistir en vivo no sólo a la final del concurso eurovisivo, sino a todo lo que se vive en la ciudad que lo acoge durante una semana.

Él mismo admite que lo suyo «es una locura, pero una locura genial», que tuvo su origen en 2001, cuando un grupo de chicos desconocidos hasta ahora comenzaron a salir en Televisión Española protagonizando un desconocido programa llamado Operación Triunfo.

«Fue entonces cuando comenzó mi pasión, porque me hice fan de Rosa López, me enamoré de ella –musicalmente hablando– el día que la escuché cantar Killing me softly, y desde entonces la comencé a seguir allá donde iba». Antoné era un adolescente entonces, pero cuando la granadina protagonizó aquella primera gala en la noche de aquel lunes, comenzó un viaje sin retorno para este diseñador. Acudía a verla a firmas de discos, promociones de televisión y radio y a todos los conciertos que con su corta edad se podía permitir.

De hecho, no se conformaba con cualquier cosa, ya que sus entradas eran siempre las mejores, aunque tuviese que esperar horas y horas para entrar en un concierto. «Pero me daba igual, porque la ilusión y las ganas de verla me pesaba más que el cansancio», señala.

Rosa representó a España en Eurovisión en 2002. Antoné ya pensó entonces en que le habría gustado ir a verla al Saku Suurhall de la capital de Estonia, Tallín, pero no le fue posible. Pero ahí empezó su relación con el festival y todo lo que representa, mientras que, de forma paralela, «seguía mi particular relación con Rosa. Fui delegado provincial de su club de fan durante dos años, y recuerdo esa época con muchísimo cariño».

Desde 2002 comenzó a pensar con toda con tranquilidad en lo que quería hacer. Se acostumbró a ahorrar cada euro que podía, y rompió la hucha en mayo de 2009, cuando cogió un avión que le llevó al estadio Olimpiski de Moscú, donde Soraya Arnelas representó a España con La noche es para mí.

Fue su primer Eurovisión. Desde entonces controla cada día del calendario para que nada falle cuando se acerca mayo, con la premisa de que lo suyo no es acudir a la gala final del sábado en la que se decide el ganador, sino estar en la ciudad en concreto cinco días antes, y llenarse de todo el ambiente que rodea al festival y a la gente que le sigue.

Con todo, asegura que uno de los grandes festivales que ha vivido no ha sido precisamente el oficial, sino el que se organizó en Londres en 2015 por el 60 aniversario de Eurovisión. Allí pudo escuchar a Rosa López cantar en un ambiente eurovisivo su sempiterno Europe living a celebration. Su pasión ya no tenía marcha atrás.

«Este año no podía fallar»

Cuando Salvador Sobral con Amor pelos dois ganó Eurovisión en 2017, un suspiro recorrió la mente –y la hucha– de Antoné. Eurovisión se celebraría al año siguiente –este 2018– en Lisboa, a sólo cinco horas de coche de casa, y tachar una ciudad en su lista eurovisiva iba a ser mucho más fácil. «Este año no podía faltar, celebrándose en el país vecino, era imposible», explica, mientras recuerda, desde el mismo escenario del Altice Arena donde se celebra el festival este año, el proceso que le lleva cada año a culminar su pasión.

«Voy ahorrando por fases. Primero, para el viaje, luego para las entradas y los gastos, hasta que todo está ultimado para viajar», relata, citando que este año comparte cita con un amigo de Córdoba y una de Salamanca, mientras que en Lisboa se ha topado con más amigos españoles con los que planea cada año el viaje.

Con todo, desde su llegada a Lisboa enarbola una bandera de España que compró justo antes de salir, aunque su pasión musical no le ciega a la hora de explicar que «aunque ojalá sea España, las expectativas de triunfos son pocas ya que la favorita aquí, en el Altice Arena y el resto de Europa es Israel».

Por eso, aprovechará el viaje «para pasarlo bien, disfrutar de la compañía de personas de todo el mundo y a pasarlo de lujo cantando y bailando». Lo dice, gráficamente, desde «un brutal macroescenario que han montado para el festival de este año. Es algo increíble vivirlo en persona». Eso sí, teniendo en cuenta que no se puede repetir sede y que la economía manda, espera que, como mucho, sea Francia la ganadora si no gana España, y pensar ya en la primavera de 2019 para coger carretera y manta y tachar una nueva cruz en un mapa de Europa que va rellenando de marcas gracias a su pasión eurovisiva.


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