La aventura del misterio

Experiencias paranormales en Sevilla que jamás podrás olvidar

«Mirando al cielo en este día gris recuerdo ese día como si fuese ayer mismo», así comienza su relato José, hombre de unos 40 años, piel blanca y pelo cano, marcado por lo que sería una experiencia que jamás podrá olvidar

27 mar 2022 / 05:05 h - Actualizado: 27 mar 2022 / 04:05 h.
"La aventura del misterio"
  • Experiencias paranormales en Sevilla que jamás podrás olvidar

«Recuerdo el día que enterramos a mi padre, no era mucho de tecnologías, pero era mayor y queríamos tenerlo vigilado por sus continuos problemas de salud. Ese día, primeros de diciembre, y con olor a leña veíamos pasar ante nosotros a todos nuestros familiares, dándonos el consiguiente pésame, ya se sabe en los pueblos». Y es que en pequeñas sociedades, núcleos poblaciones rurales casi todo el mundo se conoce. Ante la familia de nuestro testigo la iglesia se alzaba como una gran catedral llena de lágrimas negras y las palomas inmóviles en los dinteles de las diferentes ventanas. Un día gris para morir.

El testigo sigue recordando su experiencia: «Al ir hacia el cementerio no paraban de llamarme al móvil, no le eche cuenta alguna. Y una vez llegamos al nicho donde íbamos a enterrarlo, mi madre casi desmayándose en su féretro, dio un grito desgarrador llamando a mi padre. Todos asistimos a una imagen que nos llenó de angustia y con el nudo en la garganta», y mientras tanto el teléfono móvil de José no dejaba de vibrar en su bolsillo comenzando a convertirse en una molestia.

Su hermano se acercó, sentía el sonido del zumbador, y se acercó diciéndole: «¿Quién te llama?», entonces José se vio obligado a echar mano del bolsillo, coger el móvil y mirar quién llamaba «¡Era mi padre!», alterado, nervioso, revivía «¡¿Cómo era posible?!, mi padre estaba muerto y lo estábamos enterrando. Le colgué. Peto insistió. Lo cogí y...»

Reproduzco aquella 'conversación' entre José y su difunto padre, a decir del testigo:
- ¿Si? ¿Dígame?

- José, sácame de aquí.

José recuerda emocionado que «era la voz de mi padre. Al principio no reaccione y pensé que era una broma pesada» entonces la voz reincidió:
-Sácame de aquí.

El testigo se volvió hacia el ataúd y pidió que lo abrieran ante el estupor de mi madre y familiares, pensando que le había dado un ataque de locura, cuando abrieron vieron la triste realidad: allí estaba el cadáver de su padre aunque un detalle no pasó por alto de José: «en sus manos tenía algo, con disimulo lo tapé y cogí, era su móvil. Desde entonces no me separo de él».

¿Qué sucedió aquel día? ¿Fue una llamada del más allá? ¿Quién sabe? La tecnología da esta sorpresas y aún se mantienen en el recuerdo aquellas psicofonías que decían «Furcia, furcia, furcia» o «Ayer que me levanté y cuando me levanté...» grabadas en un contestador, ¿quién sabe? Igual estamos más cerca del contacto de lo que creemos.

La habitación 213

En un día de muchísimo frío, gris, con el crudo invierno atenazando, un caso viene a sembrar de inquietud y esperanza al mundo del misterio, lo inexplicable, de lo ignoto.

Nuestra protagonista se llamaba Dolores, madre de cinco hijos, que de forma repentina debe ingresar -por un aparente ataque de apendicitis- y cuyas molestias estuvo aguantando hasta que no pudo más acudiendo de urgencias a un conocido centro hospitalario sevillano. Pero lo que parecía una simple apendicitis se complicó y Dolores jamás sobrevivió a aquel difícil trance médico.

Durante el tiempo que estuvo ingresada hizo amistad con los pacientes de su planta y se ganó la simpatía de muchos de ellos, su muerte apenó a todos.

Y comienza una extraña historia: su hija mayor, Eva, cuenta cómo su madre siempre iba «muy bien arreglada y perfumada, siempre con su moño recogido y con sus labios pintados de un rojo intenso. Era una mujer presumida». Y un detalle que no le pasó desapercibido fue que el día de su ingreso «se olvidó de echarse su perfume de azahar favorito».

Eva tomó el perfumador del tocador de su madre y lo metió en su bolso antes de salir; Dolores se paseaba por las camas de los otros pacientes, pese a la prohibición de levantarse que tenía por parte de los médicos que la atendían, e iba perfumando sus camas con un poco de aquella fragancia de azahar. En sus últimos momentos de vida cogió a su hija de la mano y susurrándole al oído le dijo: «perfúmame antes de morir». Así lo hizo y jamás su madre volvió a ver la luz del día.

A los días de su fallecimiento Eva regresó al hospital a recoger unas cosas que dejó olvidadas con las prisas lógicas del óbito. Y se llevó una sorpresa pues varios pacientes ingresados en su misma planta coincidieron al decirle que su madre a la vez que le echaba las gotitas de perfume les decía: «Hola soy Dolores, hoy es mi último día en la tierra y quiero irme dejando mi esencia y decirte que, para que estés tranquilo, mi habitación, la 213, siempre olerá a azahar. Así sabrás que la vida no se acaba aquí«.

La sorpresa que le comunicaron las enfermeras es que en la 213, desde que su madre estuvo allí, siempre olía a azahar. Fue su gran regalo: la esperanza.


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