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Hermosos jardines

Los jardines que llenan de vida los escenarios de mitos y leyendas, que dejan ver el paso del tiempo, que desbordan los sentidos, son hoy escasos

26 feb 2017 / 12:38 h - Actualizado: 26 feb 2017 / 12:38 h.
"En el jardín"
  • Un jardín, un patio con macetas y plantas y un paisaje campestre con flores salvajes. / Fotos: Marta Puig y Miguel García Ovejero
    Un jardín, un patio con macetas y plantas y un paisaje campestre con flores salvajes. / Fotos: Marta Puig y Miguel García Ovejero
  • Hermosos jardines
  • Hermosos jardines

Un jardín es un gigante de esencia

y un beso de rubia ideal.

Federico Garcia Lorca

Cuando decidí estudiar paisajismo nunca pensé que acabaría escribiendo y filosofando sobre jardines. Comencé esta andadura porque quería que la gente viera los jardines a través de mis ojos y porque, sinceramente, creo que muchos jardines de hoy en día han perdido la esencia de lo que debiera ser un jardín. Disfrutar de un jardín no tiene porqué ser un lujo o un privilegio. Jardines, parques, zonas verdes, patios o terrazas, todos los espacios que tengan de techo el cielo, deberían ser espacios funcionales y hermosos, y en su planteamiento debería primar el disfrute del que los use.

¿Que por qué creo que se ha perdido la esencia del jardín? Empecemos por explicar lo que son –o deben ser– para mi los jardines. «Un jardín es un lugar donde el hombre cultiva árboles, arbustos, flores y verduras para su propio uso y disfrute» (Umberto Pasti). Y sí, ciertamente para mí ésta es probablemente la descripción más elocuente y sencilla que he encontrado a lo largo de los años. Una realidad como un templo. Lo cierto es que existen jardines de muchas clases y muchos gustos pero si algo no deja de sorprenderme de los jardines es cómo siempre han formado parte del imaginario de mitos, fábulas y leyendas, todas rozando la imagen del Paraíso o la promesa de llegar a serlo. Luego no cabe duda de que los jardines son capaces de mucho más.

Un amante del arte que rodea la imagen de los jardines no puede pasar por alto la visión que antiguos griegos y persas tenían sobre el Paraíso. Reyes y reinas, rmperadores y grandes pensadores utilizaban el jardín para sus grandes meditaciones, aquellas que dieron algo de bien y verdad (Federico García Lorca, 1918). O, simple y llanamente para regocijo de sus sentidos y pasiones. Jardines hechos para el tacto, el olfato, la vista, el sabor, el amor...

Los jardines de hoy en día son, en muchos casos, un pésimo reflejo del Paraíso. Se acerca a su imagen los campos de ciruelos, almendros o cerezos en flor –y la lista es mucho más larga– o incluso las hermosas dehesas tapizadas de encinas, los olivares con praderas floridas, bosques de hoja caduca en otoño o un simple campo recién labrado, que muchos jardines de infinidad de casas adosadas, parcelas y urbanizaciones. Esa capacidad para emocionar debería estar en todo jardín.

Pero la realidad es que los jardines mediterráneos se han perdido y han sido relevados por extensas praderas de césped, piscina y un muro a su alrededor. Con suerte, algunos han añadido con cierto esmero un árbol, para refugiarse a su sombra del caluroso verano o tal vez han colocado alguna palmera u olivo para acentuar ese efecto paradisiaco o rústico al seudojardín. El placer empieza cuando hay un huerto que se trabaja, unos rosales a la espera de florecer en verano, un arriate trabajado con ganas para dar delicadas flores y tal vez algo de fragancia a su paso... Pero esa imagen que llena de vida los escenarios de mitos y leyendas, jardines-huerto, jardines que cambian con las estaciones, que dejan ver el paso del tiempo, que inculcan paciencia, que renacen en primavera y desbordan los sentidos de su amo, hoy en día, son escasos.

Hace poco leí que la diosa griega Afrodita tenía un jardín de deliciosos manzanos con rosales plantados a sus pies. Ni los manzanos ni las rosas necesitan un especial cuidado. No todo jardín tiene que ser un lujo, plagado de jardineros trabajando con gran esfuerzo.

A su equivalente romana, Venus –la diosa del amor y la fertilidad– la representa Botticelli en su cuadro La Primavera, en un jardín que podría ser un bosque o un huerto de naranjos –otros dicen que se trata de mandarinos o manzanas doradas–. En el centro de la escena la diosa, tiene detrás de ella un mirto –planta tradicionalmente sagrada para ella y que inunda algunos de los más bellos jardines andaluces– y la enmarcan gloriosamente ramos de laurel. Finalmente, a sus pies, una pradera de flores típica de comienzos de la primavera toscana tapiza la escena con plantas que todos vemos en el campo: amapolas, margaritas, acianos, ranúnculos, violetas, pequeños crisantemos, crocus, irises, lirios y nomeolvides entre muchas otras. Una clásica pradera. Y si miramos a Flora vemos su manto lleno de rosas, su corona de violetas, acianos y fresas silvestres, su collar de mirto y la delicadeza con que va dejando caer nomeolvides, jacintos, iris, siemprevivas, clavelinas y anémonas. Todas estas flores son típicas del Mediterráneo y todas están reunidas en un solo cuadro que mágicamente y de manera muy poco ostentosa –he de decir– representa un jardín idílico en el estallido de la primavera.

La maravilla es que este cuadro -este jardín- no es imposible de reproducir, simplificando aquí y allá y ajustando la estructura, añadiendo una alberca y alguna que otra planta realmente cualquiera de nosotros, con planificación y paciencia, podría tener el Paraíso escondido en su jardín. Los jardines como a los hijos se les nutre, se les apremia, se les ama, de vez en cuando te sacan de quicio y muchas veces te sacan los cuartos, pero siempre se disfruta a corazón lleno de sus éxitos y de su belleza. Para esos momentos vivimos. Por eso no hay mayor verdad que la que describe el escritor francés y jardinero Pierre Cuche: «Ningún jardín puede ser bueno y bello sin el jardinero que lo ama tanto que él o ella encuentra el placer en el mismo trabajo que lo hace posible». Y por eso los jardines son tan personales.

Por eso deben diseñarse y crearse pensando en quién lo va a disfrutar y siempre asumiendo que el Paraíso exige un esfuerzo extra de vez en cuando –la naturaleza es sin duda caprichosa–.

La cuenca Mediterránea es una de las zonas con más biodiversidad del mundo. La pena es que ni los parques ni los jardines de hoy en día son una representación de las verdaderas posibilidades de la flora que tenemos a nuestra disposición. Esta grandísima variedad se debe por un lado a la tradición de cultivar y remover la tierra –durante milenios– y, por otro a que estas plantas se han adaptado a algunas de las condiciones más adversas que existen: sequías, incendios, tormentas, inundaciones, olas de calor y de frío... Luego, ya no podemos excusarnos en no tener un jardín por falta de plantas con las que trabajar y tampoco es ya una cuestión de la supervivencia de éstas. Ahora, es una cuestión de imaginar un jardín, dentro de su entorno y su paisaje, siendo conscientes de sus posibilidades y apostando por una idea que sea funcional y hermosa a la vez, así como fiel a la esencia de lo que debe ser un jardín: una promesa. A partir de aquí, es mucho más fácil darle forma y, con tesón y paciencia, transformar una terraza, un patio, una pequeña parcela, o una gran finca en un jardín.

En los próximas artículos escribiré más acerca de los jardines y los paisajes, de las plantas y sus posibles combinaciones, así como de ideas y fuentes de inspiración, pero sobre todo a lo largo de esta serie de publicaciones espero encontrar la mejor manera de crear un Jardín. ~

Marta Puig de la Bellacasa es ingeniera agrónoma y paisajista. Ha trabajado en España y en el Reino Unido. Diseña jardines y proyectos de paisajismo, colabora con estudios de arquitectura y escribe asiduamente en su Blog Domingo en el Jardín


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