La aventura del misterio

Terrible prácticas de la Inquisición en Sevilla

09 ene 2022 / 04:00 h - Actualizado: 09 ene 2022 / 04:00 h.
"La aventura del misterio"
  • Terrible prácticas de la Inquisición en Sevilla

Las armas con las que se valía el Santo Oficio en aquella Casa-Cárcel del Castillo de San Jorge, para hacer confesar a un reo, eran variadas y a cual más cruel. Se jugaba con la psicología, enseñándole primero lo que le esperaba si no confesaba.

Si no lo hacía, se pasaba a la tortura, a la “garrucha” que era un método contundente de dolor, ya que se ataba al acusado por los brazos y estos a la espalda, se elevaba al mismo hasta el techo de las dependencias y se le soltaba desde arriba. El dolor en los miembros era considerable.

Si seguía sin confesar, se ataba y fijaba al acusado sobre una mesa, inmediatamente se le ligaban manos y piernas, comenzándose a tirar de las mismas, provocando el estiramiento de los miembros y un dolor indescriptible, que le obligaba a la confesión, aunque esta fuera falsa, sólo por librarse de aquel suplicio. Era conocido como el “potro” y en no pocas ocasiones se descarnaba un reo. En otras, incluso se le sumaba a esta barbarie, un hierro candente que marcaba al “hereje”...

Se les hacía pasar hambre y sed o incluso, la “cura” o el “tormento del agua” que consistía en introducir un trapo empapado en agua, en la boca del acusado, y verterle más agua sobre el rostro, lo cual provocaba el ahogamiento del mismo.

La “bota española” era otro método, consistente en colocar unas cuñas, que llegaban hasta los tobillos, en las piernas del desdichado. Aquel torturador sólo tenía que golpear aquellas cuñas, para que se clavaran en la carne e hicieran estallar el hueso del acusado..., el dolor era inhumano.

Un método más sofisticado era la “pera” Se introducía por la boca, el ano o la vagina del acusado. Una vez dentro, se abrían unas púas o cuchillas, que lo destrozaban interiormente.

Del “desgarrador de senos” no hablaremos, porque su nombre lo explica por sí sólo. El “cinturón de San Erasmo” era una especia de “pera” externa, se fijaba a la cintura del hereje y se le clavaban unas púas, el dolor volvía a ser extremo...

En otras latitudes de la vieja Europa, las penalidades de un reo acusado de herejía no eran menores. La denominada “doncella de Dusseldorf” pasaría a la Historia como una de las máquinas de tortura más infames, inventadas por la sinrazón del hombre. Dígannos si bajo estas formas de confesión forzada, usted no confesaría la más inverosímil y falsa de las acusaciones. Para uno de aquellos presos que esperaban su tortura en el Castillo de San Jorge, la muerte era la mejor de las salidas, la mejor forma de vida.

Ajusticiadas sin Justicia

Inés de los Ríos, fue una de las mujeres que tiene el dudoso honor, de haber sido la primera condenada inquisitorial que tuvo la ciudad. Corría el año 1524 y su pena fueron cien azotes, como castigo a su herejía y hechicería. Tal vez aquella joven tan sólo pretendía un poco de atención o simplemente, ganar algunas monedas gratis con su verborrea.

Magdalena Hernández sería otra de aquellas sevillanas, acusadas de brujería y condenadas a la hoguera, no por sus hechizos y uniones con el Diablo, sino por practicar abortos. La condenada fue conducida desde el Castillo del Santo Oficio en Triana, vía “brazo secular”, hasta el quemadero de San Diego (Tablada), curiosamente donde se ubicaría “La Horca de Tablada”, lugar común de ejecuciones en Sevilla. Allí su cuerpo fue consumido por las llamas.

Diego López Duro era mercader en Osuna, una localidad en la provincia, a 86 kilómetros de Sevilla. El tribunal inquisitorial lo encontró culpable, de un delito de judaísmo y el 28 de Octubre de 1703, corre la misma suerte que Magdalena Hernández. En la iglesia de la Magdalena, situada en la calle San Pablo, antigua sede del Santo Oficio, se puede ver una pintura de Lucas Valdés, conocida como “El Suplicio de Diego Duro” que recoge ese mismo momento.

Juana Parrado era sirvienta de unas religiosas sevillanas, en concreto del convento del Dulce Nombre de Jesús. Su herejía la “cometió” en 1718 por invocar al Diablo... Purgó igualmente su pecado.

La última ajusticiada de la Inquisición

En 1781 se recoge la última ejecución por brujería en nuestra ciudad, aquella desdichada, atendía al nombre de María Dolores López y fue un 24 de Agosto del citado año, cuando las llamas ahogarían en el recuerdo de las cenizas su cuerpo. No sabrían justificar los propios inquisidores aquella muerte.

La descarriada veía pasar sus días, entre actos de locura y prostitución. De ella se decía que era capaz de poner huevos, tras beber una pócima o de calentarle la cama a distintos canónigos de moral no acorde con sus predicaciones. Debido a la viruela la joven quedó ciega y se las ingeniaba como podía, para comer y dormir bajo un techo. El dinero fácil llamó a su puerta, bajo la forma de engañar a incautos con sus falsas dotes para la adivinación, la hechicería y las visiones... Visiones que, depende de quién procedieran, podían ser sagradas o demoniacas.

La Inquisición no tardó en hacer caer el peso de su especial “justicia” sobre aquella joven ciega, acusándola de herejía. A la mujer se le concedieron treinta días de gracia para su confesión. Con los cargos de acusación en poder de los inquisidores, la acusada fue obligada a responder a todos los cargos existentes contra ella, bajo juramento.

Pero en el caso de María Dolores López el “Sermo Generalis” o “Auto de Fe” estaba, poco manos que dictado de antemano. El castigo se preveía severo, muy severo, podía ser desde una peregrinación a la hoguera hasta el castigo público. En su caso, se procedió a confiscar todos sus bienes, pocos, y se la excomulgó, lo cual indicaba que se iba a actuar con el máximo de severidad. A lomos de un borrico la trasladaron a la Plaza de San Francisco, junto al Ayuntamiento, que era el lugar elegido para este tipo de juicios en la ciudad. Allí fue encontrada culpable, la joven ciega decidió confesar... acto con el que ganó ser estrangulada y luego quemada, ahorrándose el suplicio de perecer pasto de las llamas. Tras ser estrangulada por un verdugo, su cuerpo se trasladó a la pira inquisitorial en el Prado de San Sebastián, donde los restos de la joven serían devorados por las llamas.

El relevante y polifacético sevillano José María Blanco Crespo, nacido en 1775, escribiría sobre aquella barbarie: “Era una desgraciada ciega. Vi los haces de leña sobre barriles de alquitrán y brea, donde fue convertida en cenizas”. Tal vez fue por aquello y por la época que le tocó vivir al que se conoció como “Blanco White” por lo que dedicó parte de su vida a ser cronista de su tiempo. Y así sucumbió al poder inquisitorial la joven ciega, última ejecutada de la ciudad de Sevilla.

Fueron muchos los sevillanos que perecieron en las llamas de la hoguera de los inquisidores. Pocos casos de ejecuciones por brujería, pero demasiados por otros motivos, que ni la más peregrinas razones podrían explicar.

Víctimas de la Inquisición

Y es que la Inquisición, primero se encargó de encontrar sus “culpables” entre los judíos de la ciudad, luego organizó su particular caza de brujas y posteriormente la de protestantes o masones.

De sus acusaciones no se libraron ni los propios hombres de fe, ya que clérigos o frailes también pasaron por la pira purificadora de almas, incluso de forma póstuma, dándose casos de exhumar cuerpos, de cementerios como el de San Agustín (cercano al convento del mismo nombre, donde se encontraban la Milagrosa y el Santo Crucifijo), la Trinidad (en las inmediaciones del Santuario de María Auxiliadora) o San Bernardo (cercanías de la Diputación de Sevilla) para quemar a los herejes...

El mismo autor de “El Quijote”, Miguel de Cervantes y Saavedra, tuvo su paso por la ciudad allá por 1589. Tras actuar como comisario real de abastos (recaudador de especies) para la Armada Invencible, trabaja como recaudador de impuestos y en 1597 es recluido en la Cárcel Real de Sevilla (en plena calle Sierpes, casi en la Plaza de San Francisco, donde hoy hay un edificio, propiedad de una entidad bancaria andaluza, asentado en el solar de la antigua cárcel, que fue derribada en 1838), allí tiene constancia de los comentarios que sobre las atrocidades de los inquisidores circulan de boca en boca. Es allí donde nace, ¿o tal vez finaliza? aquel ingenioso hidalgo, que con sus locuras maravilló a la Humanidad literaria de todos los tiempos. Me estoy refiriendo al famosísimo libro “Don Quijote de la Mancha” Y no sólo eso, Cervantes, en su discurrir por tierras andaluzas, también recogió en su obra “El Coloquio de los Perros” el caso de “Las Camachas”, de la cordobesa localidad de Montilla. En aquel lugar, se ejecutaron los “autos de fe” de unas desdichadas que cometieron actos de brujería, tras ser juzgadas en Córdoba el 8 de Diciembre de 1572 por un tribunal que dependía directamente de Sevilla y de sus Inquisidores.

Las brujas de Montilla eran, Leonor Rodríguez, llamada la “Camacha”, maestra de brujas, que ofrecía enseñanza en “hacer el cerco” o invocar al Diablo y Catalina Rodríguez que tenía visiones e invocaba a los demonios, gustaba de profanar cementerios o “hacer cercos” dentro de ellos, aojaba y lanzaba maldiciones. Junto a las dos anteriores y también bajo penas de herejías fueron condenadas: Mayor Díaz, Isabel Martín y María Sánchez “La Coja”, todas ellas serían conocidas como “Las Camachas”. Fueron condenadas a salir del “auto de fe” con simbología de hechicería y a recibir cien azotes en Córdoba y otros cien en Montilla, añadiendo el destierro por diez años de esta última. Sin dudar, corrieron mejor suerte que si hubieran sido trasladadas a la Casa-Cárcel de la Inquisición, en Triana.

Según cuenta la historia de estas brujas, a su casa de la calle Tarasquilla llegó Don Alonso de Aguilar, un hacendado de la familia del marqués de Priego, buscando algún conjuro, hechizo o filtro de amor para enamorar a la bella doña Mayor de Solier. Aquella relación tuvo como consecuencia la maternidad de la joven, al parecer, por obra demoniaca de “Las Camachas” siendo denunciadas a la Inquisición. Como fruto de la unión de Don Alonso y Doña Mayor, nació Don Pedro Ximénez, quién sería conocido bajo el nombre de Gonzalo Fernández de Córdoba y Aguilar, llamado por su excelencia en el arte de la guerra el Gran Capitán.

Otros lugares de interés, por su relevancia con las brujas y actos de brujería, los encontramos en localidades cercanas a Sevilla, como Cantillana, Alcalá del Río o las más lejanas de Aracena o Jabugo, que aunque actualmente forme parte de la provincia de Huelva, desde el año 1255 al 1833 cuando es segregada, perteneció a la de Sevilla. Allí, siendo parte de Sevilla, encontramos el caso de María Sánchez, de quién se decía que caminaba por los tejados de las casas como un gato, en esa íntima relación de amor-odio, mantenida entre las brujas y estos felinos, que invocaba al Diablo Cojuelo o que solía tener como punto de reunión y aquelarre, la cueva de la Notaría.

Es el legado de la brujería en la ciudad, que existió y que lejos de quedar olvidado, quedan los vestigios de una huella inequívoca que une los horrores de la Inquisición, con los oscuros ritos de toda invocación al Diablo, teniendo como incomparable marco, casas incógnitas a los pies de la Giralda. Si paseamos por sus calles, en la cálida noche de Walpurgis, allá a finales de Abril, tal vez al elevar la mirada hacía la bella torre sevillana, podamos ver a una de esas brujas, cuya alucinada imaginación la hace volar en su escoba, junto a su gato, cerca de un cielo al que tantas almas envió la “justicia” del Santo Oficio.

En la tierra trianera quedaría imborrable aquella inscripción que según el historiador Diego Ortiz de Zúñiga decía así: “Sanctum Inquisitionis officium contra hereticorum pravatatem in hispanis regnis initiatum est Hispali, anno MCCCCLXXXI, sedente in trono apostolico Sixto IV, a quo fuit concessum, et regnantibus in Hispania Ferdinando V et Elisabet, a quibus fuit imprecatum. Generalis inquisitor primus fuit frates Thomas de Torquemada, prior conventus Sanctae Crucis segoviensis, ordinis predicatorum. Faxit Deus ut, in fidei tutelam et augmentum, in finem usque saeculi permaneat, etc. –Exurge, Domine, judica causam tuam. – Capite nobis vulpes”.


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