martes, 18 febrero 2020
11:00
, última actualización
Local

Barenboim pone punto y ¿final? a su costoso idilio con Andalucía

el 18 jul 2012 / 22:18 h.

TAGS:

Daniel Barenboim al frente de la Orquesta del Diván, ayer en el Maestranza.

Los engranajes institucionales volvieron a funcionar. Y el Teatro de la Maestranza se llenó anoche de un público -en buena parte protocolario- y con nutrida presencia política en la segunda parte -entre ella, la flamante secretaria del PSOE de Andalucía, Susana Díaz-. En el escenario, la conocida como Orquesta del Diván (o West-Eastern Divan), una formación híbrida -mitad orquesta bolera de verano, mitad prodigio musical- con su unión de judíos y palestinos (también unos poquitos andaluces) en aparente son de paz.

Huérfanos ya de su residencia estival en Pilas -presupuesto obliga- la orquesta juvenil interpretó un nada entusiasmante programa formado por tres de las Sinfonías menos populares de Beethoven. Menos aún si quien se sitúa en el podio es Daniel Barenboim, quien se encargó, como es marca de la casa, de inflar insustancialmente unas partituras a las que no dejó apenas respirar con su denodada pasión por imponar su rotunda personalidad a casi todo lo que dirige.

La exposición del primer tema de la Sinfonía n.1 ya se dijo con un barniz de opulencia innecesario. Y por esos derroteros continuaría. Bien es verdad que la orquesta que ha creado es brillante y posee una personalidad propia que se distingue en unos pocos compases. Ese trampolín mitad filosófico mitad didáctico que crearon Said y Barenboim se ha acabado convirtiendo en una formación que bien podría gozar de una temporada que fuera más allá de unos cuantos conciertos en verano. Así quizás podría oxigenarse con la presencia de otras batutas que pudieran ofrecer nuevas visiones. Porque, retomando el hilo, en la ejecución de la Primera hubo algún momento hermoso -bellísima sonoridad de la cuerda grave en el tercer movimiento- pero casi todo fue brumoso, gratuitamente hondo, emanando una sonoridad pastosa, intensamente germánica, a partir de una partitura que mira a Haydn, aunque algunos no se quieran enterar de ello.

Con la Sinfonía n.2 vino a decir más de lo mismo. Nada de incisividad ni de refinamiento, ausencia de galantería y de ligereza. Vibrato a fondo, rubato generoso, lo de siempre, lo de otra época. Allá donde algunos maestros -Chailly recientemente, también Norrington, Van Immerseel, Herreweghe, Gardiner, Zinmann, Abbado, Krivine- alcanzan soluciones idiomáticas y lecturas vibrantes, Barenboim sumió a la Orquesta del Diván en una versión arrebatada de pathos y de un cansino, envarado, dramatismo. Con el argentino-israelí sucede que casi todo se acaba pareciendo entre sí.

Con la Octava Sinfonía de Beethoven-Barenboim el conjunto dobló el número de efectivos para volver a los parámetros ya conocidos: exposición masiva desde el primer acorde del Allegro vivace, dinámicas muy amplias, tendencia a ralentizar los tiempos, cero rusticidad, nula electricidad. El idilio de Barenboim con Andalucía ha durado más de lo deseado. Y difícilmente se podrán continuar manteniendo argumentos que defiendan estas escapadas estivales del maestro al Sur. Anoche pudo ser el punto y final de la relación del director con esta tierra. Podría volver... sí, por ejemplo a dar ese recital de piano -gratis, en favor de la cultura andaluza- al que se comprometió ante Griñán.

  • 1