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Cómo enfrentarnos a los malos libros

Cuando visito librerías pienso en los bosques del mundo. Al perderme entre las mesas de novedades, frondosas como copas de árbol, al caminar entre baldas, me acuerdo de las ramas que se tronchan para imprimir y encuadernar. Y es que antes de topar...

el 15 sep 2009 / 22:12 h.

Cuando visito librerías pienso en los bosques del mundo. Al perderme entre las mesas de novedades, frondosas como copas de árbol, al caminar entre baldas, me acuerdo de las ramas que se tronchan para imprimir y encuadernar. Y es que antes de topar con algún título que merezca la pena, he hojeado pilas y pilas de obras sin correcciones, respiros o manos de un editor amigo ?o un amigo sincero?, que no se mantienen inéditas porque algún camino habremos de recorrer hasta el Apocalipsis.

¿Cómo enfrentarnos a un mal libro, cómo despachar el fruto podrido y ajeno de años frente a un teclado? He enlazado la lectura de dos libros que maravillarán a otros, seguro ?porque el libro de los gustos, viene al pelo, está en blanco?, pero que a mí me horripilaron de principio a fin: un poemario no ya escrito por escribir, sino por haber escrito ?que afirmaría Marsé?, que es verso a verso un golpe a golpe, una paliza sin afán por cantar distinto ?o, más bien, desesperación por abrazar la originalidad sin una sola idea?, y una novela que contaba y contaba sin aportar más que el recuerdo de quienes ?con un mismo escenario? habían abordado décadas atrás un tema similar, con mejor prosa y voz más firme.

¿Escribir, entonces, una reseña para avisar a los incautos? Me lo planteaba y encontré, justo, una reflexión de John Updike sobre el reseñismo, traducida por Daniel Gascón para su blog. "Intenta entender el fracaso", recomienda Updike. "¿Seguro que es suyo y no tuyo?". Y se me ocurrió que quizá, en ocasiones, pedimos demasiado a un libro, nos lo tomamos demasiado en serio: deseamos que nos entretenga, sí, pero también que su autor desarrolle un discurso sin facilitarnos el árbol genealógico, que deslumbre párrafo tras párrafo, que guarde sus titubeos para los borradores. ¿Reside el fracaso en el lector, que escoge mal y apresuradamente qué paga en caja, qué saca de la biblioteca? En la estantería, junto a la cama, duermen esos dos libros. Y por si acaso, sea mío ?o no? el error, prefiero no despertarles?

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