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Danzas africanas para la diosa que no llevaba medias

el 27 may 2012 / 11:26 h.

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Lady Di y Carlos de Inglaterra en la Expo.

Cuando por fin se partió en dos la comitiva después del almuerzo, él, con su traje beige y esos deditos suyos así como de estar amasando miguitas de pan, hizo lo que haría todo caballero británico que hubiese sido liberado de repente en medio de una exposición universal: ir al Pabellón de la Navegación, valorándolo todo con severos alzados de cejas y mohínes de melancolía y controlando mal que bien su impulso de fletar una goleta y echarse a la mar. Ella tampoco introdujo ninguna sorpresa en las apuestas que se estaban cruzando en ese momento en los pubs del Soho acerca de lo que debe hacer en tal circunstancia una princesa londinense, de modo que enfiló hacia el Pabellón de la Cruz Roja y la Media Luna Roja. Si en vez de ese peinado monjil hubiese tenido una buena melena, Lady Di se la habría soltado en ese momento, estirado los brazos y gritado un buen ¡yupi!, pero como no era el caso ni es exclamación bien vista entre la realeza de las Islas, hizo lo más parecido que le permitía el protocolo: romperlo para irse a saludar a quienes aguardaban su llegada, darse una vuelta por allí en plan relajado y recibir, como despedida y en agradecimiento por tan buen rollo, el regalo de una danza africana de despedida por parte de los azafatos del pabellón. Pero la verdadera revolución, el verdadero divorcio, el auténtico tú por tu lado y yo por el mío, estaba en sus piernas: Lady Di no llevaba medias aquella tarde durante la cual, probablemente, se convirtió en una diosa para los restos. ¿De dónde había sacado ella ese bronceado que traía, para el mes que corría?, se preguntaban sus devotas tras saludarla entre hipidos. Ignoraban que solo los falsos dioses son de mármol.

Todo esto, más o menos, sucedió en la Cartuja el 21 de mayo de 1992 como que existe Curro. La Expo celebraba el día nacional del Reino Unido y esa noche, en el Ayuntamiento, el alcalde Rojas Marcos entregaba a la pareja la llave de la ciudad, sin decirles que Sevilla carecía de puertas como tales desde hacía unos 125 años mal contados, olvido que puede incluirse entre la serie de pequeñas venganzas dispensadas a la corona británica desde lo de Gibraltar. Nada que ver, desde luego, con esa visita que pasó, según El Correo, "serenamente desapercibida": la de los reyes Harald y Sonia, de Noruega, al día siguiente y por idéntica razón: la celebración de su día nacional en la Expo. También se les dieron las llaves. ¿Alguien puede imaginarse lo violento que podría haber sido el que unos y otros se toparan entre sí en la oscuridad de la noche, con sus respectivas llaves, buscando la cerradura? No, porque en la Expo todo fue simbólico.

Todo, menos la tromba que cayó el día 23, a la sazón dedicado a Alemania por no haber uno dedicado a Noé. Esa tuvo de simbólico lo que una morsa del Atlántico. El periódico asistía contrito al hecho (sospechado por pura maldad y confirmado por la realidad) de que las alcantarillas de la Expo no daban abasto y aquello, en el contexto de una mirada al Nuevo Mundo que representaba la Cartuja, empezaba a parecerse al Amazonas a la altura del delta. Exploradores solo se tragó a dos, este nuevo e inmenso río. El Correo lo contaba de tal modo que el lector no sabía si reír o llorar. Resumen de lo publicado: Dos cochecitos eléctricos de los de alquiler iban a todo meter por allí dentro, huyendo de la lluvia en dirección al Pabellón de Alemania, con tan mala fortuna que la conductora del primero de ellos no se dio cuenta de un cable metálico que había por allí y acabó estampándose, con el resultado de que ella salió por el hueco del parabrisas, que se había roto del golpe, y su compañera estaba medio colgando de lado, sin llegar a caer al suelo. Lo cual habría acabado así si el cochecito que venía detrás no se hubiera estrellado contra el primero, como efectivamente sucedió, dejando en el suelo un charco sobre el que chapoteaban las dos mujeres, desmanganilladas de risa. Pero era tanta la sequía de aquel año que a nadie le importó mucho el diluvio. De hecho, en el Pabellón de Aragón, unos danzarines de Benasque se pusieron a bailar el himno de Riego, dando gracias a San Marcial por el agua. Y mientras, en las tiendecitas del recinto, se agotaban los paraguas. Parece ser que fue lo único que se agotó en ellas durante toda la Expo. ¿Sería la lluvia el primer milagro de Lady Di? El Correo de Andalucía, si acaso lo pensaba, no dijo ni una palabra de ello.

Lo que sí contó hasta el hartazgo fue la llegada a bombo y platillo del Castillo de la Bella Durmiente, instalado durante un mes en el Jardín del Guadalquivir más como parte de la promoción de Eurodisney (ya había pasado por dieciséis ciudades de Europa) que como algo expresamente concebido para concelebrar la Era de los Descubrimientos, que se decía entonces. La gracia de este castillo de veinte metros de altura era la siguiente: cada hora, Micky, Minnie, Goofy y Donald se subían a saludar desde lo alto. Fin de la gracia. Bueno, también se exhibía dentro una especie de vídeo promocional del parque parisino, para quien quisiera verlo.

Esta inauguración del día 25 eclipsó un poquito una visita importantísima con motivo de uno de esos días nacionales, no tanto por el país, que no era de los más decisivos del panorama mundial (Bulgaria), como por lo que dijo el presidente de su república, Yelio Yelev, al recordar que su pabellón rendía honores a los santos hermanos Cirilo y Metodio, divulgadores de la escritura entre los pueblos eslavos, símbolos por excelencia de la presencia búlgara en Europa (véase que lo de los símbolos que se decía antes era verdad) y de una trascendencia "confirmada de manera incontestable" por el Papa Juan Pablo II, quien en una de sus visitas a España los proclamó Santos Patronos de Europa. La Expo se acababa de dividir entre los fieles de Lady Di y los de Cirilo y Metodio (que en estos tiempos de ahora serían llamados, tipo dos en uno, Ciridio o Metolo, como lo de Merkollande). Pero para decir tonterías, los propios visitantes de la Expo 92 en opinión de los azafatos españoles, los pupies. Según contaron estos a la prensa el día 26, entre las consultas que les hacía el respetable estaba la de si se comía bien en el aeropuerto, dónde podía una comprarse unas bragas o cómo podía llegar uno desde allí hasta el restaurante Los cuatro muleros de Dos Hermanas. Y esto es solo una muestra ínfima de las maravillas que pasaban allí en siete días. De toda aquella época, quienes más trabajo tienen todavía son Cirilo y Metodio. Y lo que les queda.

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