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El caso Mari Luz sacudió a la opinión pública y reveló los fallos de la Justicia

El rostro pizpireto de una niña gitana de 5 años, Mari Luz Cortés, fue el que durante 54 días llenó páginas de periódicos desde que el fatídico 13 de enero saliera a comprar chucherías a un kiosco del barrio onubense del Torrejón y ya no regresara a casa.

el 15 sep 2009 / 20:27 h.

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Parecía que la Costa del Sol iba a protagonizar un nuevo caso Wanninkhof cuando el primer día del año la familia de la joven irlandesa Amy Fitzpatrick denunció su desaparición pero, aunque el caso está aún sin resolver, los investigadores barajan que se fuera voluntariamente. Sin embargo, fue el rostro pizpireto de una niña gitana de 5 años, Mari Luz Cortés, el que durante 54 días llenó páginas de periódicos desde que el fatídico 13 de enero saliera a comprar chucherías a un kiosco del barrio onubense del Torrejón y ya no regresara a casa.

Su padre, Juan José Cortés, encabezó todo un despliegue de rastreo y poder mediático para encontrarla, para lo cual no dudó en ofrecer recompensas, contratar a detectives privados y hasta viajar a Nápoles tras pistas que resultaron falsas. Todo con una serenidad y fortaleza que lo convirtió en un mito para los seguidores de la Iglesia Evangélica de Filadelfia, de la que es pastor, y provocó los elogios de líderes de opinión y políticos (Chaves lo visitó en campaña electoral y Zapatero lo llamó personalmente).

Pero todo fue en vano. La niña fue asesinada el mismo día de su desaparición, aunque su cuerpo no fue hallado hasta el 7 de marzo flotando en la ría de Huelva.

Sin embargo, el caso Mari Luz no acabó ahí. Tras unos días de luto en la intimidad, Juan José Cortés reunió de nuevo fuerzas para iniciar otra lucha: hallar al culpable. Y la Policía lo encontró el 27 de marzo en una estación de autobuses de Cuenca, Santiago del Valle, un pedófilo reincidente con antecedentes y diagnosticado de esquizofrenia paranoide.

Desde el inicio fue el principal sospechoso para la familia (el padre estuvo en su casa el día de la desaparición) y la Policía, que llegó a interrogarlo en Granada en enero pero no lo detuvo por falta de pruebas. En Cuenca, el testimonio de su mujer y su hermana, detenidos junto a él, resultaron claves para inculparlo.

Su arresto tampoco fue un punto y final para los Cortés ya que conforme se conocía su historial, salieron a la luz fallos judiciales que permitieron que estuviera libre para cometer el crimen pese a tener juicios pendientes y una condena firme no ejecutada por el juez de Sevilla Rafael Tirado por abusar de su hija.

Juan José Cortés emprendió otra batalla: que Tirado recibiera una sanción ejemplar. En lo segundo tuvo de aliado al Gobierno, cuyas presiones al Consejo General del Poder Judicial no sentaron nada bien y desataron una oleada de quejas por falta de medios, más virulenta en Andalucía donde el TSJA criticó la incapacidad de la Junta para dotar de personal los juzgados y varios decanos se rebelaron ante el colapso.

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