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El medievo. Pasen y vean

A veces en la ciudad suceden pequeños milagros culturales que pasan desapercibidos para el gran público. Hoy de nuevo -corran, puede que estén todavía a tiempo- el juglar Francisco Orozco comparte la mañana con los fieles que se acerquen a escucharle a la Sala Capitular de Los Estudiantes, en la Universidad de Sevilla. Foto: Javier Díaz.

el 15 sep 2009 / 21:33 h.

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A veces en la ciudad suceden pequeños milagros culturales que pasan desapercibidos para el gran público. Hoy de nuevo -corran, puede que estén todavía a tiempo- el juglar Francisco Orozco comparte la mañana con los fieles que se acerquen a escucharle a la Sala Capitular de Los Estudiantes, en la Universidad de Sevilla.

Allí, entre estandartes y bambalinas, este singular músico colombiano, coronado por el manto de la Virgen de la Angustia, viajará, como ya hizo ayer, en una travesía jalonada por músicas, palabras y poesías por todos los extremos del globo. "El laúd es una llave cultural que jamás me ha fallado", dice refiriéndose a su instrumento rey, el mismo que le ha llevado a tocar en sitios tan dispares como el Sultanato de Omán o el prestigioso Teatro Globe de Shakespeare, en Londres.

Cuando Orozco interpreta la zanfoña o ataca la cítola trotera el músico se transforma en juglar, "o acaso no es músico, sino un maravilloso trovador en pleno siglo XXI", especulaba Gloria, una de sus más fieles y tímidas fans -que los tiene- y que ayer acudió a verle en solitario, acostumbrada como está a disfrutarle en grupos de la ciudad como Artefactum y Música Prima, su principal proyecto.

De Irán al País Vasco, de Marruecos a Sevilla, Orozco transita con una desarmante sencillez por todos los rincones porque en cada resquicio parece encontrar cerraduras que se abren de par en par con sus instrumentos. "Aunque algunos puedan pensar que estoy interpretando, en realidad no lo estoy haciendo. Todo se vuelve natural conmigo", asegura. Quizás porque para el músico "el arte es una cuestión de vida", afirma.

La comunión artística que convive en la figura de este juglar exultantemente solo -no tiene con quien compararse- le llevó, en su propia peripecia vital, a abandonar su Colombia natal para instalarse en París, ciudad en la que asegura llevar "una vida monacal", consagrada al estudio de la música del medievo y el Renacimiento, un modus vivendi que sólo se interrumpe cuando las giras le demandan.

En Sevilla se le ha visto en las Noches del Alcázar, en Olivares, en el Festival de Música Antigua y en tantos y tantos escenarios que pareciera ya, él mismo, un patrimonio de la ciudad. Sin embargo, quien le busque, no le encontrará fácilmente. La red es parca en referencias y en esto, también Orozco prefiere adscribirse a otro tiempo.

"Todos saben que existo, con eso es suficiente", opina con una modestia a prueba de bombas. Su presencia musical es casi tan callada como lo ha sido su preparación; volcado en manuscritos y en tratados, el medievo que hoy volverá a desentrañar en la Hispalense no es más que el reflejo de un trabajo que comenzó hace 30 años y al que el músico se consagra sin afán de reivindicar nada, en todo caso, "la creatividad", la misma que precisa para recrear tantas músicas de tradición oral que se cruzan en su objetivo.

"Me gusta que el público tenga hambre cultural, que sepa disfrutar con un Velázquez y un Miró, que se deleite oyendo a Alfonso X El Sabio a Stockhausen y a Camarón de la Isla", argumenta, siendo ejemplo él mismo de fusión con otros géneros como el flamenco. No en vano el bailaor Antonio Molina El Choro, deslumbrado con la rítmica medieval, acompañó al juglar en una serie de conciertos.

Acostumbrado, como los magos, a engatusar a públicos de toda condición, Francisco Orozco estuvo ayer más de tres horas magnetizando al respetable que acudió a verle, hoy repetirá, y ampliará si cabe, la hazaña. "Detrás de la música hay mucha humanidad, mi tarea consiste en que ésto se perciba", explica convencido a la vez de que uno de sus mayores tesoros, además de su colección de más de 40 instrumentos, es el hecho de que muchos de los jóvenes que le han escuchado sean hoy importantes músicos.

Hace unos días la Sociedad del Laúd Inglés se postró a sus encantos. Hoy lo tienen, como suele se habitual en la ciudad, gratis, en el Rectorado. Es el Medievo, pasen y vean.

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