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Hable inglés sin esfuerzo

Machaconamente, cada mañana, lo repiten los anuncios de la radio: "Aprenda a hablar inglés sin esfuerzo". Es una letanía que se nos ha metido en el disco duro. Engañosa y peligrosa, no es más que la avanzadilla de esos otros reclamos que aspiran a convencer al consumidor de la bondad de un producto prometiéndole que no tendrá que esforzarse para lograr...

el 15 sep 2009 / 20:10 h.

Machaconamente, cada mañana, lo repiten los anuncios de la radio: "Aprenda a hablar inglés sin esfuerzo". Es una letanía que se nos ha metido en el disco duro. Engañosa y peligrosa, no es más que la avanzadilla de esos otros reclamos que aspiran a convencer al consumidor de la bondad de un producto prometiéndole que no tendrá que esforzarse para lograr el objetivo, sea cual sea: "Pierda kilos sin esfuerzo", "aprenda ruso sin perder el tiempo" o el definitivo y apabullante: "Gane dinero sin esforzarse".

También puede encontrar usted la versión del "aprenda a cocinar sin esfuerzo" u otra invitación que aterroriza: "Gramática sin esfuerzo para docentes". Estos lemas publicitarios apelan directamente a una cultura cada vez más instalada en la sociedad: la falsa creencia de que las cosas se pueden lograr sin sacrificio, que el aprendizaje se puede lograr por ciencia infusa o que un sistema seudocientífico, hijo predilecto de las teletiendas y ese tipo de mercadillos televisivos, puede lograr que usted también pierda peso sin dejar de comer ni hacer ejercicio. Y va a ser que no, que sin esfuerzo ni se aprende inglés ni se pierde peso.

En la actual coyuntura económica nadie sabe con rigor cuánto durará la crecida de la marea, pero todos intuimos que, tarde lo que tarde en volver a su cauce, las cosas no volverán a ser iguales. Es una oportunidad extraordinaria para comenzar a recuperar los valores tradicionales que basaban en el esfuerzo, la dedicación, el estudio y la perseverancia las claves de progreso social y del éxito, aunque para muchas personas la capacidad de no amilanarse ante las dificultades y el valor de superar los obstáculos ya era un reconocimiento en sí mismo y un motivo de satisfacción y ponderado orgullo. Ahí están buena parte de las claves que necesitamos recuperar y cuyo olvido nos ha llevado en parte a esta situación angustiosa, en la que el abuso y las tropelías han formulado el lema mayor: "Hágase rico sin esfuerzo".

Esa invitación al lance supremo del enriquecimiento fácil y rápido recuerda a la máxima que coronaba el discurso y la acción de Jesús Gil: "De la cárcel se sale, de pobre no". Para que una sociedad progrese con bases sólidas se necesita algo más que un milagro económico basado en el precio barato del dinero y la concentración de riqueza temporal en el sector de la construcción.

Menos sacar pecho en las reuniones de los G-20 y menos poner los pies en la mesa del extinto Bush, mucha menos preocupación por superar el PIB italiano y mucha más dedicación y presupuesto para que las escuelas, los institutos y las universidades sean los centros impulsores del esfuerzo y el conocimiento como único camino sólido hacia el progreso real. Para conseguirlo también necesitamos cambiar el concepto de éxito social que ha predominado en los últimos años. Años en los que fuimos ricos, aunque emulando a García Márquez, lo fuimos con un punto de atrevimiento y felicidad indocumentada.

Tenemos una indigestión de derechos", opina Blanca Rodríguez, profesora de Derecho Constitucional y miembro del consejo editorial de El Correo de Andalucía. Su certera metáfora no es más que el enunciado tardío del lento pero imparable balizamiento de la sociedad española hacia los hábitos lúdico-festivos frente a la cultura vieja de sacralizar el trabajo. El tiempo de ocio compite claramente con el tiempo laboral. Las nuevas generaciones de trabajadores lo tienen claro: no ser esclavos del trabajo. Trabajar para vivir, no vivir para trabajar ¿Es intrínsecamente pernicioso ese concepto de la existencia? Por supuesto que no. Quedaron muy atrás las generaciones a las que se les educó con otro lema bestial: "el trabajo es lo único que dignifica al hombre".

Como en todo, es necesario encontrar el término medio. Sea como fuere, hay que poner a funcionar la máquina interna de la sociedad que nos conduzca hacia otros convencimientos, en los que sepamos cambiar el sentido de nuestras preguntas. En vez de interrogarnos sobre qué puede darnos la sociedad, deberíamos preguntarnos qué podemos ofrecerle nosotros. Ése es el punto de partida. Hace falta una nueva conciencia, en la que se prime la responsabilidad sea cual sea el ámbito en el que se produzca, en el que se reconozca a los metódicos que no se rinden, a los que se esfuerzan en servir con su trabajo al colectivo de ciudadanos que habitamos en el mismo suelo, a los que superan dificultades y a los que dedican más tiempo a cumplir sus responsabilidades con rigor que a exhibirse impúdicamente.

A partir de ahí, tocará la reforma a fondo de la administración pública. Es, sin duda, el proyecto más largamente enunciado pero al que todos los responsables políticos de cada ministerio, consejería o ayuntamiento más miedo le tienen. Pero no conviene engañarse: de esta crisis tendrá que salir una administración más ágil y funcional. Los procedimientos administrativos tendrán que simplificarse sí o sí. Y los empleados públicos estarán obligados a duplicar el sentido de su responsabilidad con la sociedad. No hay otra. Ser un país próspero cuesta tiempo y esfuerzo. Salvo que creamos en métodos milagrosos que nos prometen un depurado acento de Oxford en 48 horas.

ahernandez@correoandalucia.es

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