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Hoguera de las vanidades

Tess, mirándolos a todos, segura, partió y ascendió por el oscuro y tortuoso callejón que no estaba pensado para avanzar con rapidez; una calle hecha antes de que tuvieran valor las pulgadas de terreno y cuando los relojes de una sola manecilla dividían el día adecuadamente.

el 15 sep 2009 / 19:51 h.

Tess, mirándolos a todos, segura, partió y ascendió por el oscuro y tortuoso callejón que no estaba pensado para avanzar con rapidez; una calle hecha antes de que tuvieran valor las pulgadas de terreno y cuando los relojes de una sola manecilla dividían el día adecuadamente. Este personaje, de la novela de Thomas Hardy Tess of the d'Urbervilles, encarna la denuncia, la crítica a la sociedad victoriana. Evoca, también, tiempos en los que, a pesar de las urgencias, las horas no se precipitaban. Venían, éstas, marcadas por el espacio que transcurría entre el despertar del día y la penumbra que anunciaba la llegada de la noche. Como entonces, la vida no traza un camino sencillo. Las decisiones difíciles no soportan bien las prisas, tampoco las respuestas simples. Sí, la voluntad decidida de hacerles frente. Distintos elementos episódicos, que aparecen en escena una y otra vez, nos revelan que vivimos momentos complicados. Dan cuenta de un mal trenzado cesto que amenaza con romperse al menor esfuerzo. Las personas somos muy frágiles, extremadamente dúctiles.

El diario El País, hace unos días, transcribía una reflexión del rector de la Universidad de Atenas sobre los conflictos allí existentes. Los jóvenes ya no nos creen, decía. Nos respetan, o nos toleran, pero ya no nos creen. Les hemos hecho perder la esperanza?

Las movilizaciones de los estudiantes en Grecia, que han tenido cierto eco en algunas ciudades europeas, son la expresión de un descontento. La voz de una desesperanza en un presente que deambula sin sentido. Bajo el régimen de un aparato de estado esclerotizado y una población distante.

Aquí, en España, las protestas contra los cambios en la Universidad, para la adaptación al Espacio Europeo de Educación Superior (EEES), bajo el grito de "no a Bolonia", son, también, la manifestación de un desencanto. Indican la lejanía del discurso de una realidad inexorable. Y la mediocridad de quienes actualmente detentan, en sus distintas variantes, el gobierno de lo público.

Hace ya algunos años, algo más de quinientos, fray Jerónimo de Savonarola, quien se inició en la orden de predicadores y mendicantes de los dominicos de Bolonia, decidió poner orden en la ciudad de Florencia que, a su criterio, iba a la deriva. Contó con innumerables apoyos. Consiguió dividir a la población en dos bandos. Unos militaban con dios, el suyo. Otros, con el diablo, sus adversarios. Maquiavelo ilustra así los delirios del fraile, a quien consideró un "profeta desarmado", porque la multitud empezó a no creerle. Pero mientras ejerció la tiranía de su credo, infligió un daño terrible a la población. El 7 de febrero de 1497, coincidiendo con las fiestas del Carnaval, organizó en la Plaza de Signoria una "hoguera de las vanidades" en la que se prendió fuego a todo tipo de objetos, incluidos libros de Boccaccio y Petrarca por su contenido inmoral.

Huérfanos de criterios y carentes de rumbo, esperemos no caer en la tentación de querer hacer arder todo, de iniciar, de nuevo, la ceremonia de la hoguera de las vanidades.

Doctor en Economía

acore@us.es

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