miércoles, 23 septiembre 2020
02:13
, última actualización
Local

La Bola de Cristal

El oficio de predecir es ya una actividad de riesgo extremo. No voy hablar de los economistas, retirados ante su abrumadora incompetencia, ni de los meteorólogos, dolientes de sus errores invernales y quejosos por no vivir en EEUU donde cierran los nevados aeropuertos un día y otro también...

el 15 sep 2009 / 21:27 h.

El oficio de predecir es ya una actividad de riesgo extremo. No voy hablar de los economistas, retirados ante su abrumadora incompetencia, ni de los meteorólogos, dolientes de sus errores invernales y quejosos por no vivir en EEUU donde cierran los nevados aeropuertos un día y otro también, a ser posible el Día de Acción de Gracias, como sabemos gracias a Antena 3. (Un día le preguntaré al insigne psiquiatra José Cabrera qué puede padecer el que elige las películas de la citada). Hasta hace poco, bastaba una bata de guatiné, un trapajo en la cabeza y poco más, para predecir el futuro, sobre todo en diciembre; el personal se olvidaba en enero y los profesionales conservaban intacta su reputación hasta el año siguiente. Ahora es distinto, los responsables del cacao económico financiero han dejado la predicción en manos de los políticos, y mientras más ingenuos mejor. Que predigan ellos, quizá sea su grito en la intimidad. Si la verdad es provisional hasta que llega otra nueva, según Popper, qué decir de la situación económica.

Hace días Solbes parecía predecir la última, la esperada, la más pesimista; a partir de ahí todo mejoraría, como nos enseña la filosofía de las Bodas de Canaán: sentarse el último voluntariamente sólo puede conducir a un asiento mejor. Pero, mira por donde, Almunia, compañero de partido y ex colega de responsabilidad europea, en un alarde de coordinación y cooperación con el gobierno de España

-para eso son compañeros- lanza datos peores, para regocijo del respetable y cachondeo del no tanto. Uno y otro han predicho a pelo, sin bata de guatiné, con la inocencia de que poniéndose en lo peor, escamparía. Sin embargo, el show está en eso desde hace meses: a ver quien predice peor. La trampa de la irresponsabilidad consiste en sustraer el debate de las soluciones a favor del de las predicciones. A un ministro, o comisario, no hay que exigirle que acierte, sino que se equivoque y tire por el suelo sus propios augurios, esa será la prueba irrefutable de que hace bien su oficio.

Licenciado en Derecho y Antropología

aroca.javier@gmail.com

  • 1