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La conjura de los listos

Hubo un tiempo, desde finales del XVIII a principios del XIX, en el que a Sevilla la dominaban los cafés. Había cafés para todos en la calle Génova y en la calle Sierpes y, desde allí, conjurados para esto o lo otro lanzaban toda clase de proclamas, soflamas e interdictos contra cualquier cosa que se moviera...

el 15 sep 2009 / 21:14 h.

Hubo un tiempo, desde finales del XVIII a principios del XIX, en el que a Sevilla la dominaban los cafés. Había cafés para todos en la calle Génova y en la calle Sierpes y, desde allí, conjurados para esto o lo otro lanzaban toda clase de proclamas, soflamas e interdictos contra cualquier cosa que se moviera. Ahora parece que corran aires parecidos. En algún lugar una campana ha tocado a rebato y cualquier proyecto que se plantee es inmediatamente contestado por una pléyade de asociaciones, plataformas y coordinadoras que, diciendo representar a los de más acá o más allá, nadie sabe en realidad a quién ni qué representan.

Probablemente no sean más que parroquianos sin café o sociedades anónimas con capital social de calderilla, pero se pasan todo el día asumiendo papeles de consejo de administración de bienes inmateriales, casi de Cuarto Estado en el Juego de la Pelota, permitiendo o prohibiendo, aprobando o rechazando; dicen qué se debe hacer y qué no, ponen las cosas en su sitio en definitiva. José Luis Ortiz de Lanzagorta acuñó un título que les viene al pelo: la Acracia Burguesa.

Aquello ocurría hace 200 años en medio de unas fuerzas municipales desorientadas, sin saber si apoyar a Carlos IV o a Fernando VII, si encumbrar a Godoy o dejarlo caer. Quién sabe si hoy la clave hay que buscarla por ahí. Nunca se hizo tanto ni nunca se innovó como ahora en Sevilla: nunca se lanzaron adelante tantos proyectos pero la imagen que dan el Gobierno municipal y la oposición es confusa, sus voces salen de un ronco y entrecortado altavoz. Entonces aquellos necios sólo lograron que entraran tranquilamente las tropas napoleónicas; éstos, por contra, puede que sean listos que comienzan de motu proprio su campaña electoral para ver si alguien los mete en una lista cuando comience la de verdad.

Antonio Zoido es escritor e historiador.

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