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La semilla del conocimiento

La escritora norteamericana Flannery O'Connor, desvelando Misterios y Maneras, nos regala una noción de relato que posee la virtud de devolver la vida a cualquier escrito que modesta y sinceramente se lo proponga.

el 15 sep 2009 / 19:08 h.

La escritora norteamericana Flannery O'Connor, desvelando Misterios y Maneras, nos regala una noción de relato que posee la virtud de devolver la vida a cualquier escrito que modesta y sinceramente se lo proponga. Ella entiende por relato cualquier texto en el que personajes y eventos específicos se influyen mutuamente para formar una narración dotada de sentido. El relato, es bajo esta perspectiva, una manera de hablar de las cosas de la vida. De esas que conectan con los sentimientos, con lo humanamente percibido.

Toma distancia de lo formal, lo abstracto. Da fe de cuanto acontece cada día. Y en un intento decidido de no quedar atrapado en aquello que tenga un regusto sociológico, busca ser partícipe de esos detalles cotidianos que hacen real el misterio de nuestra posición en la tierra. La educación y el conocimiento forman parte de ese relato, lo alimentan y se nutren de él. Una y otro son imprescindibles para imaginar el mundo en que vivimos, para comprenderlo, para desvelar lo que permanece invisible. Constituyen una poderosa herramienta para cambiar las cosas, para desnudar la realidad. La naturaleza gusta de ocultarse (physys khryptesthai philéi), la realidad también. Función distinta cumple la idea de competencia, que más que imaginar el mundo prescribe un comportamiento que anima a desenvolverse ante él sin comprenderlo. Actuando como analfabetos. Individuos con limitada capacidad -según la definición de alfabetización de George Steiner- para tener participación en lo más desafiante y creativo que hay en nuestras sociedades y responder a ello.

La deriva por la que transita la educación en nuestro país es preocupante. Caminamos, perdidos en una zozobra sin sentido. Obsesionados por el lugar que ocupamos en las estadísticas internacionales. Las operaciones de maquillaje, los atajos, priman en la práctica política. Los resultados, cada vez más lamentables. Y esto es así porque, a decir de Séneca, no existe viento favorable para el que no sabe dónde va. Éste es el punto donde nos encontramos. Estado que se ve reflejado en el desaliento de quienes son conscientes de los escasos resultados de sus esfuerzos, pero que, aún así, animados por un alto sentido de responsabilidad, lo siguen intentando. Qué incentivos pueden tener quienes imparten la docencia, como quienes la reciben, para perseguir el conocimiento cuando se les conmina imperiosamente a que orienten su mirada hacia otro lado, hacia el mundo de la empresa, del negocio, de la ganancia. En una sociedad que confunde la excelencia con el éxito más mundano. Que lejos de 'cultivar la humanidad', la más noble tarea educativa, se contenta con el aprendizaje de una serie de habilidades, que en el mejor de los casos convierte a la enseñanza superior en una prolongación de la formación profesional o, tal vez, en algo peor.

Cuántos esfuerzos más serán necesarios para que la enseñanza, en sus distintos niveles, siga sembrando la semilla del conocimientos, y que ésta, como ha ocurrido hasta ahora (eadem, sed aliter), perdure para siempre.

Doctor en Economía

acore@us.es

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