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Las Letanías: Diez años de lucha

Los supervivientes de la explosión de Consuelo de los Afligidos quieren “recordar poco” lo ocurrido aquel 14 de agosto de 2003. Denuncian deficiencias en la edificación del nuevo inmueble

el 13 ago 2013 / 23:30 h.

La Junta invirtió 700.000 euros en la construcción del bloque. Foto: J.M. Paisano (Atese) La Junta invirtió 700.000 euros en la construcción del bloque. Foto: J.M. Paisano (Atese) Si preguntan por el número 4 de la calle Consuelo de los Afligidos, en Las Letanías, quizás no atinen a indicarles dónde queda. Pero si aclaran que buscan el edificio que explotó, ahí ya no hay duda. “Sí, allí. Detrás de esos bloques”, señala sin titubeos un grupo de mujeres. Han pasado diez años pero el barrio no ha olvidado aún la tragedia del 14 de agosto de 2003. A las 3.35 horas de aquel verano de calor sofocante, un bloque saltaba por los aires. Dentro quedaron atrapadas diez familias que lo perdieron prácticamente todo. El balance de la deflagración lo dice todo: cuatro muertos –incluido Matías Martínez, el anciano de 72 años que lo provocó–, 32 heridos y casi un centenar de desalojados que se repartieron entre el Hogar Virgen de los Reyes y el psiquiátrico de Miraflores. Pero los recuerdos aquí no se limitan a los restos de aluminio que han quedado incrustados en el edificio de enfrente. Cada uno de los nuevos pisos contiene una historia personal, aunque, a veces, ésta cuesta expresarla. “Intentamos recordar poco. Lo que rememoramos, lo hacemos con mucha pena y dolor”, confiesa Ángel Sánchez, por entonces presidente de la comunidad de propietarios y uno de los que luchó para que se hiciera el nuevo inmueble desde la asociación de damnificados de Las Letanías. Ángel y su familia vivían en el piso de arriba del anciano. Recuerda los problemas de convivencia que tenía este inquilino del Primero A, al que los servicios sociales habían realojado allí después de cumplir una condena por haber asesinado a su esposa. “Le había dado por los niños del bloque. Decía que les molestaban. Se veía venir que un día nos buscaría la ruina”, aclara Ángel mientras repasa minuciosamente los hechos. Aquella noche sus hijas, Esperanza y Vanesa, de 11 y ocho años, dormían en el salón en un colchón que habían tirado al suelo. “Nos despertaron para decirnos que el perro lo había mojado. Aquello resultó ser gasolina que Matías había introducido por debajo de la puerta de los pisos. Corrimos todos al salón y fue cuando explotó el edificio”. Sólo quedó en pie el salón, donde, por fortuna, estaba toda la familia. Otros, como Amparo Jáuregui, tuvieron que saltar por la ventana para salvar la vida. Por aquello, Amparo estuvo muy grave, aunque ha vuelto a aprender a caminar tras seis años de continuas operaciones. Aun así, dice que nada ha vuelto a ser igual: “Nos ha marcado para toda la vida. A los 26 años me vi con un 65 % de minusvalía, sin trabajo, sin casa, sin nada de nada”, explica esta madre de ahora ya tres niños, que de motus proprio y con una nueva situación familiar, ha vuelto al piso que entonces tenía en el nuevo edificio. Entre los cambios que ha experimentado “a peor”, señala el modelo de alquiler que oferta EPSA, propietaria del inmueble. Este malestar se extiende por los rellanos y es casi generalizado. Tanto que hasta se cuestiona el compromiso que adquirieron las administraciones con los supervivientes: “Prometieron mucho, pero no han hecho tanto; pues nos dieron un piso nuevo vacío y una única ayuda de 3.000 euros. Ya está”. Eso sí, frente a este desgano, agradecen las ayudas desinteresadas del letrado Joaquín Moeckel y del periodista Carlos Herrera “con los festivales y eventos taurinos”. Pero hay secuelas que tienen difícil solución. Amparo, por ejemplo, no puede “ni oler la gasolina”, pues enseguida saltan las alarmas: “Hace unas semanas cogí a mis niños y me fui a la Policía. Había olido a gasolina en el bloque y me recordó a la explosión. Al final era un vecino que estaba arreglando la moto en el salón de su casa. Han pasado diez años, sí, pero el miedo y la psicosis no se han ido”. Otra de las vecinas, Pepi, no quiere ni oír hablar del 14 de agosto. En su lugar, lo hace su esposo, Álvaro, que le pilló a cientos de kilómetros de Sevilla: “Estaba trabajando en Jerez, cuando me llamaron para avisarme. Tardé 25 minutos, tomando las curvas rectas y escoltado por dos motos de la Guardia Civil. No me entró el cuerpo en caja hasta que vi a mi esposa y a mis hijas en la puerta de hospital”. El primer cadáver en aparecer fue el de Matías, totalmente carbonizado y de difícil identificación. Luego, en el piso de abajo, un matrimonio apareció sepultado bajo los escombros. Eran María del Valle Trigueros y Miguel Vizarraga, ambos de 57 años. “Mira si lo tenía todo pensado que esperó que estuviéramos todos en casa, pues Miguel fue dado de alta unas horas antes después tras haber estado en el hospital por un infarto”, insiste Álvaro, quien denuncia que el anciano fuera realojado en este bloque “con el historial que tenía”. Chica, como conocían a Salud Herrera Vargas, fue la cuarta víctima al fallecer días después en el hospital por las quemaduras. De ella hablan Álvaro y Carmen, que llega con la compra. Con una sonrisa forzada y sin entrar en detalles, Carmen se limita a decir que “se ha pasado mucho”, y que “después de aquello, perdió a su marido”, “el López”. Le toca subir cargada por la escalera pues, “para variar”, el ascensor está estropeado. No es el único contratiempo con el que conviven a diario. Las humedades se extienden “por todo el bloque”, y no funcionan las placas solares, pese a que dice que el Comisionado del Polígono Sur se comprometió a repararlas, “y hasta la fecha nada de nada”. En este vecindario que trata de olvidar sus penas, ha llegado hace cuatro años Manoli Hernández, una de las dos nuevas inquilinas. Ella ha hecho suya esta lucha y en la actualidad ocupa el cargo de presidenta de la comunidad: “Yo vivía en Las Vegas, pero se me ponen los pelos de punta con solo hablar de ello... Aquí hay muchos que están traumatizados. Es difícil superarlo”. Quizás, por ello, en un primer momento dudó cuando le ofrecieron una de estas viviendas: “No me quería venir. No me gusta este bloque, pues se ha hecho muy a la ligera y tiene problemas”. Manoli muestra, como ejemplo, el deterioro del cuarto de contadores y de la arqueta que hay bajo la escalera, “minada de cucarachas y suciedad”. A lo que otros vecinos añaden: “Si esto hubiera ocurrido en Los Remedios, ¿se hubiera actuado igual?” Ha pasado una década, pero Las Letanías sigue supurando. Dicen sentirse abandonados por las administraciones Ángel Sánchez, portavoz vecinal de los damnificados de Las Letanías. Foto: J.M. Paisano (Atese) Ángel Sánchez, portavoz vecinal de los damnificados de Las Letanías. Foto: J.M. Paisano (Atese) Desde aquel 14 de agosto de 2003, la vida de las diez familias de Consuelo de los Afligidos no ha sido fácil. “Fue realmente duro perderlo todo. Hay etapas de mi vida de las que no tengo fotos, como mi boda o la comunión de mis hijas”, se sincera Ángel Sánchez. Él perdió su empleo para dedicarse a los realojos y el nuevo bloque. De hecho, el edificio –propiedad de EPSA, de la Junta– ha sido fuente de problemas desde el principio. Durante años ni siquiera figuraba en el registro y la Junta debía numerosas mensualidades de la comunidad de propietarios. Ahora denuncian que su conservación es nula. Los robos y las deficiencias en la construcción han causado que no funcionen las placas solares y que haya manchas de humedades por todos lados. Se lo expusieron a Maeztu cuando estaba en el Comisionado del Polígono Sur: “Dijo que lo repondría, pero han venido técnicos y se han ido”, lamentan.

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