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Lluvia sin paraguas

El más popular y quizás más certero de los adagios referidos a los bancos sostiene que un banquero es un señor muy amable que te presta el paraguas cuando brilla el sol y que te lo retira cuando empieza a llover. Puede servir como síntesis de lo que nos sucede: caen chuzos de punta y no tenemos paraguas para protegernos...

el 15 sep 2009 / 22:17 h.

El más popular y quizás más certero de los adagios referidos a los bancos sostiene que un banquero es un señor muy amable que te presta el paraguas cuando brilla el sol y que te lo retira cuando empieza a llover. Puede servir como síntesis de lo que nos sucede: caen chuzos de punta y no tenemos paraguas para protegernos.

Hasta hace unos meses, cualquier entidad financiera prácticamente regalaba paraguas de colores y tamaños variados e incluso te aconsejaban llevarte dos por un poco más de lo que costaba uno. Nosotros, probos y ambiciosos ciudadanos, aceptamos el envite y en muchos casos nos llevamos el par de paraguas y una gabardina por si acaso. Los bancos estaban encantados: fluía el crédito y ganaban mucho dinero con su actividad típica: prestar dinero.

Los consumidores presumíamos de nuestras adquisiciones y los gobiernos contemplaban felices el crecimiento sin fin de la economía española y, jactanciosos, presumían de haber superado el PIB italiano y de haber situado a España como novena economía del mundo. El Banco de España, algo más prudente que el resto de instituciones, fue recomendando a los bancos y cajas que fueran dejando de dar paraguas a gogó e incluso que fueran limpiando las cámaras acorazadas para reducir el riesgo que habría de llegar.

Desafiando nuestras creencias inmutables, el suelo se resquebrajó bajo nuestros pies. Desde Estados Unidos a Europa, comenzaron a quebrar y cerrar bancos de inversión, primero, y bancos de depósitos, después. Los gobiernos empezaron a comprar activos tóxicos. Ya saben: los célebres paraguas prestados a pleno sol, sin mucho miramiento y menos precaución, a clientes de alto riesgo que no podrían devolverlos cuando lloviera más de la cuenta.

Para minimizar el riesgo y sacar esas operaciones de sus balances, los bancos titulizaron la deuda, la empaquetaron fragmentada en participaciones con elevado retorno. ¿Cómo las colocaron? Con nombres creativos: "bono fortaleza", se llamaban los que vendía Lehman Brothers minutos antes de fundirse; "bonos impermeables", los hubiera bautizado algún creativo si hubieran sido paraguas. Recuerden que el armador del Titanic afirmaba como propaganda reclamo que su barco era "insumergible".

¿Qué hicieron los consejos de administración de los bancos y demás instituciones, además de cobrar? La mayoría no comprendió el procedimiento pero aprobó los pingües beneficios que generaba y los que lo comprendían miraron para otro lado. Otros simplemente no preguntaron qué era eso de las subprimes, sin quererlo saber. A la vez, confirmaban la estructura salarial de los ejecutivos de sus bancos con bonos que primaban los resultados a corto plazo, lo que indefectiblemente conducía al lanzamiento de nuevos productos tóxicos que seguían engordando la cuenta al instante.

Y todo funcionó armónicamente y sin cuestionamientos mientras hubo dinero. Cuando se secó la fuente, se acabó la liquidez y en muchos casos la solvencia. Dejaron de cobrarse muchas hipotecas titulizadas y muchos de los titulizadores llevaron la mala nueva a los cinco rincones del mundo, a través de la banca privada de las entidades y de los bancos de inversión. El resto ya lo conoce usted: los gobiernos se echaron las manos a la cabeza y se rascaron nuestro bolsillo para que el sistema no se cayera, los bancos se volvieron de una ortodoxia impresionante y utilizaron el dinero del Estado para tapar sus propios boquetes, las empresas empezaron a ver negadas sus pólizas de créditos y la financiación necesaria para mantener el negocio.

Comienza el cierre de firmas, el paro se dispara, el que tiene dinero se contrae y los gobiernos comienzan a presionar a los bancos para que suelten el parné. Los bancos, no sin parte de razón, dicen que ya no hay dinero en el mercado ni en la caja fuerte y que quienes vienen a solicitarlo son insolventes y exigen que la administración dé más garantías, avales, para abrir levemente la mano. Avales públicos, inyecciones de dinero público y restricción total del crédito: así cualquiera se hace banquero. Se acabó el préstamo de paraguas en pleno chaparrón. Toca mojarse no sabemos por cuánto tiempo.

Recuerden el arranque de la película Trainspotting. La cámara hace un travelling circular alrededor de una mesa de juego. Una voz en off advierte: "En todas las partidas de póker hay un primo. Si después de 10 minutos no has descubierto quién es, ten cuidado: el primo eres tú". Adivine quiénes son los primos de esta coyunda entre bancos, ciudadanos y gobiernos.

Es fácil comprender que los bancos, que son las empresas más endeudadas, estén preocupados por su propia subsistencia, o que haya menos dinero en el mercado -nos hemos gastado nuestro ahorro y el de los países emergentes- y que muchas de las peticiones sean insolventes. Pero igualmente sencillo debe ser para ellos asumir que es precisamente en esta circunstancia cuando la sociedad espera que los bancos y cajas cumplan con la función social que, además de ganar dinero, tienen conferida.

La propia inyección económica pública les aconsejaría asumir algún riesgo, tal y como ha hecho el Estado prestándole nuestro dinero. La paradoja es insoportable: los mismos que les hemos dado dinero vía fondos del Estado les reclamamos, sin éxito, una flexibilidad no suicida. Que nos comprendan: cuesta mucho entender que hayan tenido tantas tragaderas durante años y de repente se hayan vuelto tan estrechos. Si dejan que nos empapemos, una pulmonía colectiva de las que llevan a la UCI no nos la va a quitar nadie.

ahernandez@correoandalucia.es

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